google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

Sí, se puede saber lo que ocurre en Irán

En los años ´60 intelectuales como Jean Paul Sartre decían que no se podía analizar la revolución cultural de Mao porque no se sabía qué pasaba realmente en China. Hoy se relativiza la situación iraní en función de situaciones exógenas a las estructuras de poder imperantes en el régimen teocrático de los ayatolas. Lo que ocurre hoy con el pueblo persa debe examinarse en su propio mérito y no por los enfrentamientos de Teherán con EEUU e Israel ni por las alianzas de gobernantes oscurantistas con regímenes progresistas de América Latina.

La actual situación en Irán es objeto de un examen cauteloso por sectores de la izquierda y el progresismo internacional, que ven en el régimen que impera allí desde hace 30 años un escudo contra el imperialismo occidental y el expansionismo israelí.

Varios son los signos por los que despierta simpatías en esa parte de la opinión mundial: desde luego, que él haya surgido de una revolución en contra de la oprobiosa tiranía del shah Reza Pavlevi, firmemente apoyada por los EEUU y otras potencias occidentales; el carácter inequívocamente popular del movimiento liderado por los mulás y los ayatolas; el hecho de que haya sido sistemáticamente demonizado por la propaganda digitada desde Washington, al punto que el detestable George Bush hijo marcara a Teherán como integrante del “eje del mal”, una expresión de la doctrina de la guerra preventiva prohijada por la derecha republicana.

Que el régimen persa haya asumido la forma de una República Islámica tiene una explicación incluso para algunos militantes o pensadores no religiosos de la izquierda. En la estructura diseñada, el líder supremo espiritual y político de Irán es un ayatolá que tiene la última palabra en todos los asuntos, a menos, claro, que sea depuesto por la Asamblea de Expertos, cuyos 86 clérigos integrantes son mediatizados por el Consejo de Guardianes de la Revolución, en el cual el líder tiene injerencia designando a la mitad de sus miembros, que invisten la calidad de teólogos. A los otros seis, que son juristas, los nomina el Parlamento a propuesta del Poder Judicial. El Gran Ayatolá designa también a los seis integrantes del Consejo de Conveniencia, que zanja las disputas entre el Legislativo y los Guardianes de la Revolución.

Esto arranca del crucial protagonismo ejercido en el movimiento contra el shah por el ya fallecido ayatolá Jomeini, del cual hoy es heredero Seyed Alí Jamenei. Tal liderato quiere justificarse históricamente porque los religiosos constituían la parte más ilustrada de la población y los campesinos la retaguardia de una sociedad feudal y empobrecida.

Pero han pasado 30 años y algunos cambios sociales en este país rico en petróleo no parecen conmover a la casta que pervive en el centro del poder. A estos dos factores podría reducirse -simplificadamente, con fines descriptivos-, lo que acontece en el país persa.

En la trastienda política, hay una lucha entre facciones más conservadoras y otras reformistas pora dirigir los destinos de un régimen fundamentalista, al que casi nadie parece muy dispuesto a desafiar, entendiendo que el Islam es profesado por la inmensa mayoría de la población.

Aunque así sea, la teocracia se ejerce ahora sobre una población de 71millones, en la cual el 75 por ciento tiene menos de 30 años de edad y la mitad no llega a los 20 años, en tanto que las mujeres constituyen hoy el 65 por ciento de los estudiantes universitarios. Se trata de jóvenes no sólo globalizados -como lo demuestra el uso diestro de las modernas tecnologías en las recientes protestas-, sino de dínamos de una sociedad crecientemente creativa, como sostiene la experta en Medio Oriente Claire Spencer, aludiendo a lo que se hace hoy, por ejemplo, en materia de arte, cine y música experimental: “Los jóvenes –dice- no quieren una uniformidad impuesta y desean una evolución en la revolución”.
  
No es seguro que esto signifique una occidentalización, como sostienen algunos antiglobalizadores a los que, por añadidura, les basta ver al conservador presidente Ahmadinejad alineado en América Latina con Hugo Chávez y Evo Morales para verlo como víctima de insurrecciones de la burguesía similares a los que éstos sufren en sus respectivos países.

Juzgar la situación iraní en su mérito es lo racional, tanto como descartar una occidentalización al visualizar una salida. Otros países islámicos –incluyendo a aliados de EEUU- tienen régimen de partido único y en Irán se permitió la presentación de tres postulantes alternativos al actual Mandatario, aunque se vetara en 2005 a unos cien aspirantes reformistas y se bloquease a todas las mujeres que buscaron ser candidatas.

Ningún país puede entregar a los demás sus recetas propias. Pero eso es muy distinto a la posición asumida en los años ´60 por intelectuales como Jean Paul Sartre que sostenían que no se podía analizar la revolución cultural de Mao porque no se sabía qué pasaba realmente en China. Pero se pudo saber, y también lo que pasó en Checoslovaquia en 1968 y todo lo ocurrido en Vietnam y Cambodia.

Hoy no se puede ignorar que en Irán fuerzas oscurantistas reprimen a decenas de centenares de inconformistas, por mucho que sean sectores acomodados los que lideren un movimiento que –al igual que otros en el mundo- se identifica “sospechosamente” con algún color, el verde en este caso. Ningún color es un anatema y si existe un guión preconcebido en el extranjero, ninguno produce por sí mismo una película ni menos una realidad.

hugomery@terra.cl
            (Comentario transmitido por Universidad de Chile Noticias, radio 102.5 FM)