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Agosto 18, 2026

MEO desnudo

 {mxc}¿Es posible que la cultura de un país moderno pueda prescindir de la política como uno de sus vástagos fundamentales, como el deporte, el arte, la ciencia? Está claro que la política es un pilar de la sociedad, filosófico, pensante, inmaterial, resolutivo; muchas veces silente o invisible, cuyo rol esencial es administrar la convivencia entre el Estado y la población, entre éste y el mundo.

En una analogía surrealista entre política y deporte, los partidos políticos vendrían siendo las federaciones, y los políticos “profesionales”, sus deportistas. Existen países donde deportes como el beisbol o el fútbol, no tienen ni la importancia ni la masividad que en otros, como Estados Unidos o Brasil, sin embargo, ambos se las han arreglado de lo más bien para sobrevivir sin uno u otro, por masivos que sean, o por los millonarios ingresos que reportan a sus respectivas economías.
 
Es decir, el árbol cultural de un país no soporta la amputación de una rama como el deporte o la política, pero sí puede sobrevivir sin alguna de sus expresiones. Los norteamericanos pueden vivir sin fútbol y los brasileños sin beisbol. Y no pasa nada, sus economías tampoco se desploman. Nadie se muere por ello. Tal vez la renuncia de MEO al Partido Socialista no sólo sirva para resolver la duda inicial, sino también como hito entre un antes y un después en el papel que los partidos políticos y los políticos desempeñan en la sociedad chilena.

La salida del diputado y pre candidato presidencial, debería ser leída por muchos como la gran y tan anhelada oportunidad para deshacerse de una vez por todas de los partidos políticos como instituciones, y de los políticos como “profesionales” de la política; de los primeros, por anacrónicos e inadaptados; de los segundos, por tragarse entero el discurso anacrónico y por hacerse parte del inmovilismo. Lo que hoy Chile necesita es una expresión nueva de la política, un nuevo “deporte”, diferente, una suerte de “fútbol calle”, con reglas consensuadas, democráticas y respetadas por todos, pero que se instale en el ámbito que le corresponde por su género, esto es, en la la alta política, en la filosófica e inmaterial, recuperando para ella el respeto social y la dignidad propia.

Quizás no alcancemos a percibir que en estos momentos la historia ha puesto a MEO en medio de la hiedra, no como un espantapájaros desnudo con los brazos abiertos para asustar a unos ancianos apernados y cobardes, sino como un ícono que señala dos direcciones opuestas: el pasado y el futuro. Tal vez ése, y no otro, (hoy) sea su único papel: el de explicarnos que es posible la independencia partidaria, pero no la despolitización. Alguien tiene que ser el maestro de ceremonia de la democracia.

Las personas solemos movernos en un mundo de contrastes fundamentales, y nos explicamos todo desde la bipolaridad, los matices no cuentan mucho; bueno o malo, blanco o negro… democracia o dictadura. Nos han enseñado que, o vivimos con total apego al estado de derecho, o nos rendimos ante lo fáctico; sin embargo, no nos damos cuenta que nuestra actual democracia también ha convivido con algunos enclaves autoritarios explícitos (amenazas de regresión autoritarias; parlamentarios, intendentes, consejeros regionales designados) y algunas otras aberraciones tanto o más explícitas que aquéllas (poder cupular partidario, candidatos designados, cupos, cuoteo), y aunque ha trastabillado, no ha perecido.


Esto debería ser suficiente para demostrar que la política seria también admite y necesita de ciertos matices, como por ejemplo, modificar la función que se han auto impuesto todos los partidos políticos en relación al poder, en términos de su consecución y tenencia, connotándolo como su tierra prometida, como el botín de la jornada. Por el contrario, ellos deberían buscar a las mejores personas disponibles, que sean capaces de superar estándares mínimos de competencia y patrimonio, y cuya misión sea dotar al país de buenas leyes y de fiscalizar los actos del gobierno. Éste, por su parte, también debe ocuparse de colegislar, pero sobre todo, de seleccionar a buenos funcionarios públicos. Para ello, cuenta con herramientas procedimentales ya existentes, como la Alta Dirección Pública (Servicio Civil), un órgano que requiere mayor perfeccionamiento y despolitización, aspectos que hasta hoy le han impedido validarse como instrumento de la transparencia que requiere la función gubernamental, cualquiera sea el inquilino palaciego. El gran desafío de la política chilena del siglo XXI es honrar a Montesquieu, es decir, conseguir que los poderes del Estado no se entrecrucen, que no haya más enroques Tohá-Harboe.

Chile no es la Argentina de Maradona, una selección devastada por el amiguismo y las lealtades mal entendidas que la han llevado al riesgo límite. Los chilenos deberíamos leer la lección de Bielsa: en su equipo no cuentan los clanes, sólo la calidad. MEO está en el camino correcto cuando se desprende de la camiseta socialista, cuando se desnuda de la política partidaria, de los clanes, de la Camorra. Si su idea es ser el anfitrión de la democracia moderna, sólo tiene que “afiliarse” al Servicio País y desde allí extraer a los mejores, y si los políticos “profesionales” quieren “trabajar” en el Estado, que manden el CV (y algún título).