El Instituto Igualdad –Think tank de los socialistas chilenos– acaba de publicar una sentida y severa reflexión realizada por el sociólogo Alfredo Joignant en torno a la salud actual de la Concertación, “profundamente amenazada por la derecha pero también por algunos senadores concertacionistas”, según él, y sobre su incierto futuro, pasando por el consabido mea culpa terminal, a través del cual el sociólogo cuestiona la controversia interna y exige asumir liderazgos más preparados y modernos, capaces de “reinventar” la coalición oficialista.
El trabajo, titulado “La reinvención”, plantea unas “Bases institucionales y estrategias generales para salir del antiguo ciclo”, un radier de doble capa –una procedimental y otra programática–, un auténtico manual de procedimiento moral para instalar la casa de los próximos años; toda una receta para superar el marasmo de estos días.
Desde ya cabría preguntarle a Joignant qué es la Concertación. Si su deseo es reinventarla, ello supone que alguna fue vez ésta fue “inventada”, ergo, la Concertación es (ha sido) una “invención”, una entelequia, algo tan efímero y precario como una suma de ideas y afinidades políticas particulares –personales– que van reacomodándose cada vez que alguno de sus “inventores” aporta la novedad del momento (Justicia en la medida de lo posible, crecimiento con igualdad, gobierno ciudadano, etc.), u otros dan un portazo para emprender proyectos aparte (Chile Primero, PRI, MAS, aventuras presidenciales paralelas), y otros más solapados dejan la puerta entreabierta en caso de temblor; por el contrario, en modo alguno la Concertación es la pretendida adición de ciertas institucionalidades ya existentes y conocidas en el ámbito público, a las que solíamos llamar “partidos políticos”.
Una asociación lícita. El propio Joignant, luego de insistir en la supremacía de los partidos políticos –sin llegar a nombrarlos siquiera– los saca de la baraja asegurando que “la Concertación es una alianza de centro-izquierda plural, formada por liberales, socialdemócratas y socialcristianos, reguladores y liberales políticos, católicos y laicos”, es decir, un tutifruti noventero conformado por “ex de todos los colores”, “futuros algo”, creyentes, laicos y agnósticos; en consecuencia, no nos deja claro qué y quiénes constituyen sus fundaciones, su ADN; no sabemos si son los principios fundacionales de cada partido –sus filosofías–, o las sensibilidades unipersonales de sus respectivos líderes, sus biografías. En una segunda acepción, el autor sostiene que la Concertación es una “coalición electoral y de gobierno entre cuatro partidos localizados en regiones amplias del centro y la izquierda (…) tan amplia como para abarcar a sectores de la derecha republicana”, esto último referido a los inicios de ella. En rigor, el “invento”, este contrato administrativo para gobernar, al que hace veinte años venimos llamando Concertación, no es sino una entelequia, un constructo a secas, no una materialidad asible formada por “partidos políticos” sino por unos “liberales, socialdemócratas y socialcristianos, reguladores y liberales políticos, católicos y laicos” que dan forma a una “alianza (una asociación) de centro-izquierda plural” y que se ubican en territorios amorfos que van del centro a la izquierda… ¿desde qué parte precisa del centro?, ¿qué tan izquierdista podría ser la coalición?, que por cierto, excluye al Partido Comunista. Al fin y al cabo, la Concertación es menos de lo que pretende ser. Aquello de realizar “una profunda reinvención programática de la Concertación, probablemente en clave de refundación” concuerda de principio a fin con la endémica lucha caudillista implícita en su historia: la repartición del botín (el poder), en especial, cuando a la luz de la actual campaña presidencial del sector, es posible verificar la nula capacidad de sus liderazgos para leer la realidad: los chilenos nos estamos para inventos ni pruebas de ensayo-error, lo que hoy requiere el país es un gobierno capaz de pulsar ON en la palanca del desarrollo, cuestión disonante con el loco afán de conservar el poder por conservarlo.

Una asociación lícita. El propio Joignant, luego de insistir en la supremacía de los partidos políticos –sin llegar a nombrarlos siquiera– los saca de la baraja asegurando que “la Concertación es una alianza de centro-izquierda plural, formada por liberales, socialdemócratas y socialcristianos, reguladores y liberales políticos, católicos y laicos”, es decir, un tutifruti noventero conformado por “ex de todos los colores”, “futuros algo”, creyentes, laicos y agnósticos; en consecuencia, no nos deja claro qué y quiénes constituyen sus fundaciones, su ADN; no sabemos si son los principios fundacionales de cada partido –sus filosofías–, o las sensibilidades unipersonales de sus respectivos líderes, sus biografías. En una segunda acepción, el autor sostiene que la Concertación es una “coalición electoral y de gobierno entre cuatro partidos localizados en regiones amplias del centro y la izquierda (…) tan amplia como para abarcar a sectores de la derecha republicana”, esto último referido a los inicios de ella. En rigor, el “invento”, este contrato administrativo para gobernar, al que hace veinte años venimos llamando Concertación, no es sino una entelequia, un constructo a secas, no una materialidad asible formada por “partidos políticos” sino por unos “liberales, socialdemócratas y socialcristianos, reguladores y liberales políticos, católicos y laicos” que dan forma a una “alianza (una asociación) de centro-izquierda plural” y que se ubican en territorios amorfos que van del centro a la izquierda… ¿desde qué parte precisa del centro?, ¿qué tan izquierdista podría ser la coalición?, que por cierto, excluye al Partido Comunista. Al fin y al cabo, la Concertación es menos de lo que pretende ser. Aquello de realizar “una profunda reinvención programática de la Concertación, probablemente en clave de refundación” concuerda de principio a fin con la endémica lucha caudillista implícita en su historia: la repartición del botín (el poder), en especial, cuando a la luz de la actual campaña presidencial del sector, es posible verificar la nula capacidad de sus liderazgos para leer la realidad: los chilenos nos estamos para inventos ni pruebas de ensayo-error, lo que hoy requiere el país es un gobierno capaz de pulsar ON en la palanca del desarrollo, cuestión disonante con el loco afán de conservar el poder por conservarlo.
