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Agosto 18, 2026

La eterna paradoja del capricho

 Dicen que la indecisión es mala consejera. A mi me gusta, en ciertos casos. Cuando la convicción es tan feble como hueca se pueden enmendar rumbos. Y justo se me ocurre un par de ejemplos…

Mientras salía hace dos semanas del Arena Santiago meditaba sobre si fue esa la última vez que vi a Oasis en vivo. Tengo una remota sensación de venia respecto al pálpito. Y en ningún caso quiero creer que la fórmula de Noel Gallagher se agotó. Es una simple corazonada.

Los rumores de separación se contraponen a lo que presentan hoy por los diversos rincones del mundo y que dejó su marca en noche de ese martes. Un sonido potente, mucho más riguroso en comparación a las anteriores visitas –San Carlos de Apoquindo en 1998 y Pista Atlética en 2006- y que regala un enorme fiato arriba de la tarima. El vaivén relacional de los británicos obedece más al capricho. Apelo a él para que desvanezca tal lío de convivencia.

Ese mismo concepto, tan idéntico afán de quiebre pretencioso, injustificado y hasta absurdo nos golpeaba por segunda vez en menos de siete días. Así como con la supervivencia de los héroes del brit rock manchesteriano, me pasó que percibí a regañadientes la decepcionante porfía que, de partida nos privaría por a lo menos un año de variados shows de primer orden en escenarios locales. Un autogol de proporciones hizo que Chiledeportes vetara el Estadio Nacional para espectáculos de alta convocatoria. Una iniciativa que iba muy en serio y tenía un mentor responsable, uno que es necesario desenmascarar: Harold Mayne-Nicholls, Presidente de la ANFP.

Discutir sobre la eventualidad acá parece inútil. Mientras la institucionalidad se alió con el fútbol para proteger un supuesto daño permanente en el césped –inusitada predilección por la pelotita que arroja signos de interrogación en color fosforescente-, hay acá una conclusión mayúscula. Con semejante medida pierden todos. Y a alguien parece que –menos mal- “le cayó la teja” en la testera, eso de acuerdo a la vuelta de carnero que Jaime Pizarro se dio hoy a petición expresa de “la mano que aprieta” desde la oficina más alta…

Mire no más. Con tal medida no sólo pierde el Fisco –medio millón de dólares por sólo arrendar el coloso ñuñoino a shows como U2, The Police, Mc Cartney o Madonna-, sino también pierde la empresa privada –que mueve toneladas de dinero y merchandising con apenas un megaconcierto- y sobretodo perdía el país, pues de golpe se rompe con el hegemónico circuito ABC –Argentina, Brasil. Chile- que asegura a Santiago como plaza obligatoria de los mejores espectáculos en tour. Para peor, se sumaba la amenaza que Perú despertó del letargo y comenzó a producir, fomentar y surtir a su gente del soberano derecho a visitas ilustres. El riesgo era inminente.

Alguien atinó y por eso apelaba a la flexibilidad de la autoridad regente. Si para algo sirve esta actitud blandengue, permeable, antojadiza, a ratos ciega y ciertamente “al lote” en lo comunicacional que viene luciendo el ente gubernamental –algo más perceptible en época de elecciones donde aglomerar es norma estandar- es precisamente para revertir determinaciones tan descabelladamente pobres, discriminatorias y hasta torpes.

La pregunta que todos se hacen. ¿Son compatibles el fútbol de primer nivel con los espectáculos musicales altamente masivos? Sí, es cosa de pegarse una vuelta por River, por Wembley, por Nou Camp, por Maracaná, por el mismo Nacional de Lima y se entenderá que convivir ambos frentes es hoy más bien una necesidad de mercado.

Mayne-Nicholls tiene tres problemas. Cree que su proyecto Selección Chilena rumbo a Sudáfrica lo es todo y está por sobre todo, piensa además que el fútbol chileno es un producto de primera venta –se contradice sólo al cobrar precios escandalosos por partidos de “La Roja” alejando al clásico segmento popular del tablón- y peor aún, cuenta con un importante respaldo a nivel de cúpulas dirigenciales, mediáticos y de estado para avalar ideas descabelladas como esta.

Podría refregarle en la cara lo tercermundista que es el balompié chileno, lo turístico y nulamente competitivo que significa tener un plantel de segundo orden en una copa del mundo o lo cómodo de su campaña pro-futbolera pero sería bajar el nivel de la discusión. Lo claro es poner ideas irrefutables en la mesa, despedazar la tesis que el mítico recinto es netamente cuna de actividad deportiva, lo que por cierto roza lo patético. Sólo se necesita visión retrospectiva y sopesar cuáles fueron los diez hitos en la memoria popular de nuestro Estadio Nacional.

Cuento la detención de presos políticos en 1973, la visita de Juan Pablo II en 1987, el discurso de Patricio Aylwin 1990, la Teletón tantas veces, el 14 de febrero de 1998 en que Bono subió a las viudas de detenidos desaparecidos a exigir justicia, el primer mega evento chileno con Rod Stewart en 1989… Tan transversal es la historia que sólo abraza una teoría. Cerrarle la puerta del gigante ñuñoino a la música es faltarle el respeto al pueblo.

¿Tanto cuesta racionalizar? Yo entiendo que no. Quizás estando otra vez frente a la mágica muralla de guitarras incombustibles que da el sello a los Oasis, cuando vea las gradas de rojo gritando goles de clasificación o escuche de nuevo a alguna súper estrella tocando para 80 mil personas en el principal reducto capitalino el tiempo me devolverá la razón.

Escúchanos, señora cordura, te rogamos…