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Agosto 18, 2026

El extraño caso de Alexander Rybak en Eurovisión

 Moscú.- Por sobre el marketing, el culto al glamour y la homogeneización de identidades concentrados en el festival de música Eurovisión, el triunfo del artista noruego-belaruso Alexander Rybak constituye hoy un extraño caso. Con la canción Cuento de hadas, de su propia creación, este Músico (con mayúscula) logró en el escenario del complejo deportivo Olimpiiski, de Moscú, la mayor calificación en las 54 ediciones de esta fiesta de las lentejuelas.

Nunca antes un ganador había llegado a 300 puntos otorgados por las llamadas telefónicas y los mensajes SMS de los cerca de 100 millones de espectadores que intervienen en la decisión de ese certamen.

En la variante de este año en la cual el público aportaba un 50 por ciento a la otra mitad de la puntuación que tributaban jurados profesionales de los 42 países involucrados, Rybak acumuló 387 unidades.

La diferencia de más de 100 puntos respecto a la más joven contendiente, la islandesa Yohanna, ocupante del segundo lugar con la canción Es verdad?, y el dúo azerbaiyano Avser y Arash, con Always (Siempre), terceros, retrata el carácter apabullante del triunfo.

Vestido de manera sencilla con una camisa blanca de mangas al aire bajo un chaleco oscuro, y armado de un violín con el que demostró virtuosismo en solos que remedan pasajes del folklore celta, Rybak recordó que Eurovisión es, ante todo, un concurso musical.

El jurado, la prensa especializada y los millones de televidentes quedaron cautivados desde la primera aparición en el escenario de este joven de nacionalidad noruega, quien el 13 de mayo, en medio del certamen, celebró el aniversario 23 de su natalicio en Minsk, Belarús.

Autor del texto, la música y la orquestación de Cuento de hadas, en ella con afinada voz de tenor narra en inglés con acento eslavo sufrimientos de amor con una emoción que contagia, a la cual se une una bella melodía.

Como el resto de los participantes, realizó su ejecución en medio del mayor despliegue tecnológico desde el punto de vista escenográfico y coreográfico de la historia de Eurovisión, por el cual Rusia pagó 40 millones de dólares en medio de la crisis financiera.

Empero, la autenticidad desde el punto de vista del canto y la ejecución de los solos de violín centraron la atención del auditorio por sobre toda la realidad virtual del Olimpiiski, que incluyó un espectáculo acuático interactivo sobre la cabeza del público.

El resultado se evidenció en las votaciones, en las cuales la mayoría de los países valoraron su actuación con el otorgamiento de no menos de ocho puntos de un total de 12, en la que 15 naciones -incluida Rusia- le confirieron la máxima calificación.

Una sólida base cultural explica el triunfo de este artista de apellido ruso nacido en Bielorrusia de una pianista y el reconocido violinista Igor Rybak, quienes le educaron en el folklore y la música clásica. El padre fue su primer maestro.

Desde pequeño interpretaba el género conocido como Kupalinka (del ritual de Iván Kupala, género tradicional ruso que se interpreta durante el solsticio de verano).

Alexander escribió su primer tema a los tres años durante un paseo con los padres por el bosque, y a los cinco ya componía canciones y se acompañaba con el piano y el violín.

En medio de la crisis que caracterizó el derrumbe de la Unión Soviética, los padres lo llevaron a Noruega, donde su progenitor obtuvo un contrato.

El niño estudió en la Academia Estatal de Música de Belarús y posteriormente egresó del conservatorio de Oslo, donde colaboró como violinista con su primer maestro en el Music Hall Mortem Jaket.

Con este proyecto realizó giras por Europa, Estados Unidos y China, hasta que en 2006 ganó el Concurso Nacional de Talentos Jóvenes con una canción de su propia inspiración intitulada Foolin.

La obra de raíz folklórica Cuento de hadas le permitió conquistar 700 mil votos de los televidentes noruegos y el derecho a competir en la edición 54 del certamen en el que acaba de conquistar el premio Micrófono de Cristal.

Este resultado ratifica un triunfo del arte de raíz auténtica por sobre otras propuestas en las que por lo general primaron clichés de una música que de tan “ligera” e “internacional” pasa inadvertida para un público hastiado de tantas ofertas carentes de alma.