En una situación perfectamente extrapolable a países como Chile, la Alianza por el Cambio impuso en Panamá a un magnate con arrestos populistas, que supo capitalizar la desigualdad que un bien evaluado Presidente “progresista” no pudo combatir, pese a su eficacia administrativa y logros macroeconómicos.
La elección de un Presidente derechista en Panamá rompe la tendencia en América Latina de colocar democráticamente en el mando político a líderes de izquierda y centroizquierda. Desde el dudoso triunfo -hace tres años- de Felipe Calderón en México sobre Manuel López Obrador que no se registraba una victoria en las urnas de la derecha.
El domingo último eso ocurrió con Ricardo Martinelli, un próspero empresario de 57 años de edad educado en EEUU y dueño de la principal cadena de supermercados de este país de 3 millones 310 mil habitantes, el que políticamente viene a sumarse ahora a al gigante hispano de Norteamérica y a la Colombia de Uribe.
El que perdió la elección en Panamá fue el Partido Revolucionario Democrático del Presidente Martín Torrijos. Con su candidata, la ex ministra de Vivienda Balbina Herrera, alcanzó apenas el 36 por ciento de los votos, contra el casi 61 % de su contrincante derechista. Peor aún, el PRD sufrió la pérdida de la mitad de sus escaños en la Asamblea Legislativa, cediendo la hegemonía allí a la Alianza por el Cambio de Martinelli. Lo mismo pasó con la alcaldía capitalina -que la abanderada Herrera había ejercido anteriormente-, a manos de un showman y promotor inmobiliario, Bosco Ricardo Vallarino, cuya nacionalidad estadounidense no le asegura que pueda asumir el cargo.
Lo sucedido puede proyectarse con más o menos facilidad a otros países de la región con gobiernos de inspiración social demócrata, y diríamos que la situación es particularmente extrapolable a Chile.
El magnate derechista dinamizó una potente campaña que tocó políticamente a los casi 2,2 millones de ciudadanos habilitados para sufragar. De éstos, los más politizados votaron por la candidata oficialista –quien generaba rechazo por sus pasados vínculos con el dictador Noriega- y también por el ex presidente derechista Guillermo Endara, de la Vanguardia Moral de la Patria y quien alcanzó apenas el 2,5 %.
La mayoría independiente se sintió atraída por el extravertido “Loco” Martinelli, como le dicen sus adversarios, comparándolo con el magnate italiano y Primer Ministro Silvio Berlusconi. Su enorme fortuna le permitió producir y emitir spots televisivos donde se mostraba trabajando en una procesadora de plátanos y arrojando basura en un camión recolector. En términos chilenos, populismo a la Lavín e ideología del hombre emprendedor a la Piñera.
Otro punto remarcable es que la derrota de la sucesora de Torrijos se produce en medio de una alta popularidad del actual gobernante, que se refleja en las encuestas en el respaldo del 54 % de los panameños, que alaban su gestión de los trabajos de ampliación del canal y el crecimiento promedio anual del 8,7%. Lo que demuestra, una vez más, que los índices macroeconómicos y el prestigio administrativo no bastan en países como Panamá, que arrastra un índice de pobreza del 28 % y profundas desigualdades.
El descontento social se expresó en la coyuntura por las alzas del costo de la vida y de la criminalidad, que han conformado un ambiente de precaria sobrevivencia y de inseguridad, marcado por la violencia de los grupos narcos que operan en el territorio.
Todo esto lo supo capitalizar Martinelli con su carisma italiano (su apellido es el de una sexy actriz de los años `60) y con la perspicacia para sugerir que si de administrar el libre mercado se trata, es mejor que lo haga un empresario, en vez de social demócratas neo liberales siempre susceptibles de convertirse en nuevos ricos a través de la corrupción.
hugomery@terra.cl
El domingo último eso ocurrió con Ricardo Martinelli, un próspero empresario de 57 años de edad educado en EEUU y dueño de la principal cadena de supermercados de este país de 3 millones 310 mil habitantes, el que políticamente viene a sumarse ahora a al gigante hispano de Norteamérica y a la Colombia de Uribe.
El que perdió la elección en Panamá fue el Partido Revolucionario Democrático del Presidente Martín Torrijos. Con su candidata, la ex ministra de Vivienda Balbina Herrera, alcanzó apenas el 36 por ciento de los votos, contra el casi 61 % de su contrincante derechista. Peor aún, el PRD sufrió la pérdida de la mitad de sus escaños en la Asamblea Legislativa, cediendo la hegemonía allí a la Alianza por el Cambio de Martinelli. Lo mismo pasó con la alcaldía capitalina -que la abanderada Herrera había ejercido anteriormente-, a manos de un showman y promotor inmobiliario, Bosco Ricardo Vallarino, cuya nacionalidad estadounidense no le asegura que pueda asumir el cargo.
Lo sucedido puede proyectarse con más o menos facilidad a otros países de la región con gobiernos de inspiración social demócrata, y diríamos que la situación es particularmente extrapolable a Chile.
El magnate derechista dinamizó una potente campaña que tocó políticamente a los casi 2,2 millones de ciudadanos habilitados para sufragar. De éstos, los más politizados votaron por la candidata oficialista –quien generaba rechazo por sus pasados vínculos con el dictador Noriega- y también por el ex presidente derechista Guillermo Endara, de la Vanguardia Moral de la Patria y quien alcanzó apenas el 2,5 %.
La mayoría independiente se sintió atraída por el extravertido “Loco” Martinelli, como le dicen sus adversarios, comparándolo con el magnate italiano y Primer Ministro Silvio Berlusconi. Su enorme fortuna le permitió producir y emitir spots televisivos donde se mostraba trabajando en una procesadora de plátanos y arrojando basura en un camión recolector. En términos chilenos, populismo a la Lavín e ideología del hombre emprendedor a la Piñera.
Otro punto remarcable es que la derrota de la sucesora de Torrijos se produce en medio de una alta popularidad del actual gobernante, que se refleja en las encuestas en el respaldo del 54 % de los panameños, que alaban su gestión de los trabajos de ampliación del canal y el crecimiento promedio anual del 8,7%. Lo que demuestra, una vez más, que los índices macroeconómicos y el prestigio administrativo no bastan en países como Panamá, que arrastra un índice de pobreza del 28 % y profundas desigualdades.
El descontento social se expresó en la coyuntura por las alzas del costo de la vida y de la criminalidad, que han conformado un ambiente de precaria sobrevivencia y de inseguridad, marcado por la violencia de los grupos narcos que operan en el territorio.
Todo esto lo supo capitalizar Martinelli con su carisma italiano (su apellido es el de una sexy actriz de los años `60) y con la perspicacia para sugerir que si de administrar el libre mercado se trata, es mejor que lo haga un empresario, en vez de social demócratas neo liberales siempre susceptibles de convertirse en nuevos ricos a través de la corrupción.
hugomery@terra.cl
