Con un estilo fustigante, Rafael Correa preparó, en sus dos años de gobierno, las bases para una nueva institucionalidad en Ecuador, que le permita llevar adelante su “revolución ciudadana”, con un programa socialista que excluye la concertación con las fuerzas oligárquicas y populistas.
La quinta victoria electoral consecutiva de Rafael Correa en Ecuador viene a agregarse a la serie de triunfos del llamado socialismo del siglo 21 en América Latina. Con un mapa coloreado también con gobiernos centroizquierdistas, una nueva era parece afincarse en la región, coincidiendo con una crisis del capitalismo global y la irrupción de un Presidente estadounidense que quiere hacer las cosas de manera algo distinta a sus antecesores.
Ese es el contexto internacional de lo ocurrido el domingo en el territorio del país sudamericano y en los numerosos locales de votación en EEUU y España: un voto masivo de un total de diez millones de electores, entre residentes y emigrantes. El número total de habitantes de Ecuador estimado para este año es de 14 millones y la concurrencia a las urnas se reforzó con la autorización a los jóvenes de 16 y 17 años para votar en forma opcional, aunque, en definitiva, este segmento no estuvo muy presente en los comicios.
Este último dato no está conteste con la alta efervescencia política y social vivida en Ecuador en los últimos años, desde que venciera en segunda vuelta el economista Rafael Correa, hoy de 46 años de edad. A partir de 2007, el Mandatario se dio a la tarea de preparar las bases institucionales para construir una verdadera revolución ciudadana. Estimó que ello era imposible con un sistema heredado de las oligarquías tradicionales y del cual profitaron -una vez recuperada la democracia hace 30 años- políticos populistas y/o corruptos.
Con un estilo fustigador –“altisonante”, dicen sus adversarios- consiguió el asentimiento de los electores para convocar a una asamblea constituyente y luego aprobar una nueva Constitución. Por eso que el del domingo es su quinto triunfo electoral consecutivo.
Se ha dicho que Correa se dedicó hasta ahora sólo a la agitación política y él de algún modo dio esa impresión, al decir el domingo que “ahora viene la verdadera y profunda revolución socialista”. Pero lo hecho no ha sido poco y eso explica sus últimos triunfos: fortaleció el Estado y recuperó su rol protagónico en la dirección económica del país, reorientó las prioridades presupuestarias a educación, salud, vivienda y vialidad y adoptó una serie de medidas asistencialistas y de protección social. Esto coincidió con la bonanza del petróleo y, al caer sus precios, el gobierno deberá tomar una serie de medidas para afrontar el cambio de escenario fiscal.
Con un 51% de los sufragios en primera vuelta –algo que no ocurría desde los años ’70-, Correa está a un tris de obtener la mayoría absoluta de la Asamblea Legislativa, sea con la votación de su Alianza País sea con el concurso de algún grupo izquierdista. La oposición –comandada por el ex gobernante derrocado y militar golpista Lucio Gutiérrez- se prepara para darle una fiera batalla, después de obtener un inesperado casi 30% en la elección presidencial, que lo ubicó segundo.
Rafael Correa habló de concertación, pero no con el ex militar y con el magnate Noboa, que llegó tercero. En un país donde los siete anteriores presidentes no lograron completar sus períodos, el victorioso líder –que podrá postular a la reelección en cuatro años más- está decidido a no transigir con “la clase política que juega con la miseria” del pueblo. Entiende que es la única manera de cambiar el curso de una historia perenne de pobreza.
