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Agosto 18, 2026

Buscando América

Cuando fuertes voces de todo el mundo anunciaban la debacle que venía, Víctor Farias en El Mercurio (18/02/2007), burlándose del romanticismo de García Márquez, elogió la “revolución burguesa” que vivía Chile y América Latina; una “nacional y creadora de riqueza,” -decía, escaso en argumentos-  “superando a los Buendía post-feudales […] solo falta que el continente termine su obra de equidad […] que traiga consigo la superación del naufragio, nuestra segunda oportunidad”. 

En medio de la actual crisis económica generada por el exitismo de esa misma contra-revolución burguesa neoliberal que alabara Farias, nadie duda que el verdadero naufragio haya sido este, y que hoy, ahora sí, tengamos una oportunidad.

         El sistema capitalista que surgirá tras esta crisis ya no será el mismo; tendrá una marca de fuego. El modelo especulativo a fracasado y el control social dejara una huella civilizatoria; tendremos una nueva oportunidad. En las próximas décadas viviremos transformaciones profundas en las que Nuestra América podrá seguir hablando con voz propia. Este es un fenómeno que se ha consolidado en los últimos años, gracias al desenfreno militarista de Bush, y llego para quedarse lo que puede abrir nuevos caminos de desarrollo y bienestar para nuestros pueblos, pero también para incidir en un mundo cada día más interrelacionado. Creo que vale la pena hablar de naufragios y oportunidades.

A comienzos del siglo XIX Hegel señalaba que “América es el país del porvenir”, pero “lo que hasta ahora acontece allí no es más que el eco del viejo mundo y el reflejo de ajena vida”. Este ha de haber sido un antecedente que considero Bertrand Russel, quien al ser consultado de porque no había incluido el pensamiento latinoamericano en su Historia de la Filosofía respondió que “Latinoamérica no ha pensado”. Resulta evidente el comentario de nuestra dependencia histórica de Europa, primero, Norteamérica, después, y hoy día de los intereses de las grandes capitales transnacionales. Pero las palabras de Hegel apuntan a como los acontecimientos históricos impactan en el plano de los ecos; es decir, el de las palabras y las ideas, donde nuestro avance independiente ha sido también insalvablemente lento.

Simón Rodríguez, aquel pedagogo americano que tras vivir la Francia post-revolucionaria volvió como maestro de Bolívar, nos dejo una clave para poder responder, cuando afirmaba que “no se nace cuando se empieza/ a ver la luz: /sino, cuando se empieza a/ alumbrar por sí mismo”. Hoy, cuando la humanidad se globaliza diluyendo las fronteras, lo que solo hasta ayer era parte del mundo de la ficción, cuando estamos construyendo una voz propia, cuando el futuro común también puede depender de la unidad, valentía y decisión de los latinoamericanos, escudriñamos nuestra historia en busca de verdades disimuladas entre lo conocido, de sus particularidades, de su identidad, de lo que les es propio, o de lo que al resto le es ajeno, de lo que une o divide a nuestros pueblos. Tal vez es a esta búsqueda a lo que se ha referido Bernardo Subercaseaux con su idea de un necesario “Romanticismo Ilustrado” en nuestro continente.

Años atrás, el mexicano Leopoldo Zea ya había criticado con justeza el término “descubrimiento”; decía que es una “calificación euro centrista, válida para quienes siguiendo su propia historia y trascendiendo su geografía, se encontraron con algo que antes les era desconocido…. Pero no ya valido para quienes fueron objeto del descubrimiento…”, por ello nos propuso “como calificativo del hecho, más aceptable, el de encuentro”.

Las culturas se enfrentaron, y lo que hoy existe en nuestro continente ya no se parece ni a lo que encontró Colón, Cortés o Valdivia ni a lo que derroto a Moctezuma, Tupac Yupanqui o a Lautaro. Para los americanos el proceso tiene una historia en gran parte común. Sin embargo, nuestra difícil convivencia nos recuerda a cada momento que esta “especie de pequeño género humano“, como nos llamara Simón Bolívar, no ha conseguido constituirse como tal; nunca ha logrado ser, actuando como una sola fuerza ante el resto del mundo.

A más de cinco siglos de ese supuestamente ocurrido acontecimiento, cuya instantánea hemos visto miles de veces reproducida en textos escolares, con los actores-conquistadores en la carabela Pinta sobrecogidos por el impacto que les provoca el superlativo grito de ¡TIERRA! ¡TIERRA!… los hijos todos de América mestiza buscan confrontar el hecho y esta, su imagen, desaforadamente falseada por intereses europeos, con la otra fotografía, la que tomaron los que estaban en tierra, rehaciéndola con los trozos que conservaron los sobrevivientes, los conquistadores, lo que guardaron sus descendientes, lo que supieron los inmigrantes voluntarios y los forzados, los mestizos de todos los colores, para, a partir de allí, buscar la verdad de América.

Ya para los primeros españoles que llegaron al Nuevo Mundo, con una mezcla de resabios medievales y las iníciales influencias renacentistas, les era difícil construir una imagen de lo descubierto que fuese comprensible y valida en España. Para rehuir esta responsabilidad, presionados por una realidad antes inimaginable, prefirieron considerarla y hablar de ella como “incomparable”. Sin duda, esto es antecedente imprescindible para que el lenguaje del vencedor se abriera y apropiara de elementos y conceptos acuñados por las culturas americanas; desde el sencillo sustantivo “canoa”, que hizo suyo Cristóbal Colon en la primera carta enviada desde el Nuevo Mundo. Pero la forma en que lo hizo también marco nuestra historia.

Fray Bartolomé de las Casas se reconoce admirado por la belleza de las indias recién descubiertas, “por su riqueza, su abundancia y la virtud de su gente”, y no puede menos que contrastarla con la destrucción “a partir del momento en que la codicia y violencia española se asentaron en ella”. Este sentimiento se profundiza en españoles como Alonso de Ercilla quien ya actúa con desilusión, y culpa a sus compatriotas de haber plantado “aquí la codicia su estandarte /con más seguridad que en otra parte”. Entre tanto, el indio cronista Huaman Poma de Ayala va incluso más allá que el Inca Garcilaso de la Vega en el reconocimiento de la superioridad de la estructura social y política de los incas, induciendo al Rey de España a abolir la dominación colonial. En ese tiempo, ellos recurrían al Rey pensando que en “la república ideal” es en el príncipe en quien reside el poder para lograr el “sumo bien”…, olvidando que también el sumo mal.

         Shakespeare nos llamó la atención sobre esta situación que plantean los cronistas frente a la conquista. En su obra LA TEMPESTAD, fuertemente influida por los descubrimientos en América, Prospero, el conquistador y déspota ilustrado, le dice a Calibán, el “monstruoso” y original habitante de la isla por él descubierta y en la que ha naufragado: “Villano aborrecido, que no quieres marcarte por ninguna señal de bondad, y eres capaz de toda maldad: Te compadecí, me tome trabajo para enseñarte a hablar… Cuando tú, salvaje, no sabías que querías decir, sino que balbuceabas como un ser bestial, dote tus intentos con palabras para darlos a conocer…”, a lo que Calibán le responde: “Me enseñaste a hablar y mi beneficio con ello es que se maldecir: ¡que te de la peste roja por enseñarme tu lenguaje!”. Calibán dice la verdad y denuncia la injusticia que se comete, pues antes había otro; un mi lenguaje.

El POPOL-VUH, libro americano del pueblo Quiche, en su primer capítulo nos relata el estado primitivo de las cosas: “Llego aquí entonces la palabra […] ¡Tierra!, dijeron, y al instante fue hecha…”. La primera página del Génesis, que tan bien conocía Colón, nos recuerda un hecho similar: “Y dijo Dios: Sea la luz: Y fue la luz”. Sin duda que “el otro”, el que fue al encuentro de Colon, también tenía mucho que decir y nombrar sobre los nuevos hombres y cosas que empezaba a conocer.

Hoy los americanos intentan reencontrarse con sus particularidades, ya sea en la forma de aquello que quedó trunco tras la aplastante colonización española, o de lo que se desarrolló a partir del asentamiento de lo europeo y su transformación en americano. Latinoamérica busca ser, necesita ser para enfrentar un mundo globalizado. Nuestra historia reciente nos muestra que somos un continente que acoge múltiples culturas y tradiciones, y que estas continuaran “emergiendo” hasta ocupar el sitial que a cada una les corresponde en nuestra vida social. Tal como señala José Bengoa (La emergencia indígena en América Latina, FCE, Santiago, 2007), los descendientes de los antiguas culturas americana crecientemente se reetnizan, recuperando sus lenguas y el orgullo de sus nombres.

Es a esto a lo que se refería también J.C. Mariátegui (1894-1930) al proponer que: “Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indo-americano“. Pues, aunque los pueblos latinoamericanos en muchos aspectos vivimos procesos comunes y los enfrentamos de diferentes formas, es más lo que nos une que lo que nos divide. Y debemos recordar que, a pesar de nuestras diferencias, encontramos en nuestra comunidad las mismas distancias que podemos apreciar en el mundo europeo, sin que esto les impida a ellos actuar unidos.

Debo confesar que no he logrado comprender que nos quisieron decir quienes durante décadas han buscado algo así como el pensamiento latinoamericano, creo que tal vez se refieren a esta búsqueda de ser, de constituirnos como una integridad frente a un mundo que se globaliza privilegiando intereses en los que no incidimos, como bien nos recuerda en sus trabajos Susan Georg, la vicepresidenta mundial de ATTAC.

A más de cinco siglos de cuando nos pusieron nombre, cuando se iniciaba esta época que hoy naufraga, todo indica que tendremos la oportunidad de acelerar nuestra integración, potenciando nuestra propia perspectiva en el concierto mundial. Estos desafíos requieren audacia, sólo así tendremos la posibilidad de ser; y tal vez nuestra victoria común sea el verdadero Quetzalcóatl que esperaron los aztecas, y que cinco siglos atrás dramáticamente confundieron con Cortés.

Artículo publicado en La Nación. Reproducido en Clarín con autrización de su autor.