google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

La odisea de un poeta que vendía cebollas

Patricio Soto, poeta y vendedor de cebollas en las ferias libres de Chile era como una síntesis de una confusión mental de un hombre.  Su pensamiento, en efecto, era luminoso, tanto de hacerse llamar, “el léxico humano”. No era misterioso sino más bien inquieto.  Lector infatigable de todas las obras de “Pablo Neruda”, se enamoraba, a veces con facilidad, otras veces no, de todas las mujeres, ancianas o jóvenes

A Patricio Soto lo conocí en Estocolmo, en la calle que mataron a “Olof Palma”. Ya en aquel tiempo, Patricio, había escrito sus libros de poemas. Eran poemas  que hacían llorar hasta  la realidad: era como ver el martillo sin su mango. “Son poemas embutidos de llantos, compañero”.   Cierto que en uno de sus memorables versos  sobresalían cantos de arrepentimientos.
 
Me dijo que tuvo suerte y que podrían haberlo matado junto a  Olof Palma porque había estado en el mismo lugar que lo asesinaron.  La muerte lo andaba persiguiendo.
 
Patricio Soto deseaba volver a su tierra arrancada. Sentía la necesidad de entregarse en cuerpo y lama a su patria y luchar contra el tirano. Con el transcurso de los años nunca pudo ir a Chile. Plata no tenía. Suecia era el paraíso de los chilenos, “la Etiopía del exilio”, la tierra de los héroes hacia el olvido. Patricio había sido unos de los choferes de Salvador Allende y era de la Legua. Nunca había pensado en dejar la patria. Sus compañeros habían sido, la mayor parte, ejecutados por los chacales de Pinochet. Vivió en clandestinidad y luchó solo.
 
No había tiempo para buscar contactos. Dicen que hizo cosas buenas, y sacó mucha gente al exilio. Trabajó con los curas de la vicaria de la solidaridad y, por causa de ello, se le buscaba vivo o muerto.
 
Una tarde de abril cayó preso. Dicen que lo mataron con una ráfaga de ametralladora dentro de una piscina de la comisaría de la calle Avenida España. Todos los carabineros tenían la orden de matarlo. El cabo Loyola, padre de la polola de Patricio, fue el que lo mandó a mejor mundo… eso se decía en un bar de la calle Copiapo. El cuerpo de Patricio fue envuelto en saco de papas por el cabo, Loyola, y botado en el zanjón de la aguada.
 
Todo había sido un truco. Los disparos fueron hechos al aire. Patricio Soto, pudo salir del zanjón y, más tarde, llegar a la vicaria para que lo sacaran de Chile. Llegó a Suecia con el nombre de, Andrés Roja Ceballos. “Hija mía, tu novio, qué en paz descanse, vive con nombre falso en Suecia ” le dijo el cabo, Loyola, a su niña. No fue una noticia grata para ella. Patricio se había ido de Chile y no le vería más. Pero Patricio sabía que el cielo tiñe sus nubes para trasmitir a los seres de buena onda el mensaje de los mortales que atraviesan las anchuras de la historia de los sobrevividos. Dicho esto, pues, la hija del cabo Loyola, había entrado a la clandestinidad y se unió a la fornida resistencia contra el fascismo. Nunca descubrieron al cabo Loyola. Era un hombre divino, humano y de pensamiento marxista.  Habían carabineros de izquierda… Eso dolió a “Mendoza”
 
Todos sabían que la “Radio Moscú”, trasmitía hechos reales de la resistencia chilena. La junta nunca pudo descubrir las fuentes de información al exterior. El ojos de chuncho, un combatiente que trabajaba como chofer de las carrozas de la morgue, entregaba informaciones sobre los cadáveres que llegaban al recinto. Fue el primero en denunciar las ejecuciones en los campos santos. Tales crímenes se veían en las noches, cuando los presos políticos eran llevados hasta esos campos y, con los ojos vendados, los hacían caminar sobre las tumbas de los muertos. Algunos presos políticos cayeron en las fosas, otros, sepa Dios a qué precio, llegaron exiliados a Suecia. Tales cosas, Patricio Soto, las conocía de memoria. Los años pasaron en el mantel del exilio y el recambio, emigrados chilenos por exiliados regresados, se iba transformando en un vestíbulo de la miseria.
 
 
Patricio Soto regresó el 2005. Viejo, cansado y sin un veinte, se fue a vivir a la casa de su anciana madre. Escribió en sus memorias el “Orgullo de los Hambreados”. Apenas imprimió la obra, llegaron los problemas a su casa. “Te jactas de ser escritor, pero eres un pobre muerto de hambre y, un miserable”… eran los primero saludos de bienvenida al pueblo que entregó su juventud y casi su vida. Recibiendo tales saludos, Patricio Soto, no pudo encontrar trabajo. Sus escritos no hablaban de lo bien que le va a los chilenos emigrados en Europa, sino, que los acusaba de haber manchado todo lo bueno que habían hecho los militantes de partidos políticos, en el tiempo de apoyo a la resistencia en el interior. Cierto es que una ola de pillos del viejo régimen invadieron los países del mundo… La arrogancia se hizo collar de perros y el lumpen del proletariado daba mucho trabajo a la policía de los países que les otorgaban permisos de estadía. Los robos en las casas de los gringos aumentaban, como al mismo tiempo, crecía la xenofobia antichilena. Eso escribía, Patricio Soto. Era honesto. Varias veces lo dejaron hasta casi muerto de tanta paliza que le dieron en la vía pública. Sus escritos los leían viejos intelectuales que se habían quedado pegado en el prepotente resumen de una historia pasada. Una tarde, Patricio Soto, mientras vendía lotes de cebollas en una feria de la Legua, encontró a su vieja polola, la hija del cabo, Loyola. Había engordado y encanecida. Arrastraba en sus manos a dos nietos. “Caserita, le doy dos lotes de cebolla si paga una”, le dijo, Patricio. Ya en sus palabras, la vieja polola, descubrió su viejo compañero. Apenas podía respirar y se sentó en la cuneta. Patricio le puso su vestón para que no fuera tan incomodo. “Soy Manuela”, le dijo la mujer. Patricio sintió un calambre hasta en el pecho. El cielo, eso me dijeron, se tiño de viola. No había tiempo para las palabras sino para dejar correr un par de lágrimas. Los nietos querían que la abuela le comprara manzanitas azucaradas. Patricio corrió a buscar dos manzanas para los nietos de su ex-polola. “Tengo la honra, Pato, de ser la hija de un carabinero leal a su Presidente, pero no tengo el honor, de mi viejo compañero que dejó Chile sin decirme el por qué y el cómo”. Patricio, capaz de manejar todo tipo de discusión o,. acusaciones, se sentía como un gajo de uva caído de su racimo. Pidió perdón. Nunca supo que el cabo, Loyola, era militante infiltrado en el cuerpo de carabineros. Se alejó en silencio para no meter en peligro al cabo y toda su familia. “Voy hablarte con toda sinceridad, Pato, me casé, fui feliz y ahora soy viuda”. Patricio, el poeta, permaneció en silencio. “Qué falta me hacías, Patricio”. pensó Patricio, volvería a repetir mi fuga. El silencio le había salvado la vida al cabo y a toda su familia. “Si eres viuda, pues, acepta que yo te pida que seas mi compañera”. Manuela, lloró. Dicen que la fiesta del casamiento fue enorme y que ambos venden cebollas en las ferias de Chile.
 
Ivan Godosky