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Agosto 18, 2026

El Comisariato

En momentos en que la gente está indignada a causa de la colusión de las principales cadenas farmacéuticas, el director de Sernac, José Roa, se muestra como una especie de Robin Hood o de San Luís, Rey de Francia, defensor de los pobres y esquilmados consumidores. El cargo de director de Sernac es muy importante para ser catapultado a un papel político de trascendencia, como ocurrió con Alberto Undurraga, alcalde de Maipú que, de simple plebeyo, se convirtió en “príncipe” de la Democracia Cristiana – ojalá José Roa siga sus pasos-.

Pocos saben que el Comisariato de Subsistencias y Precios – la Institución predecesora de Sernac – fue creado por el ministro Juan Bautista Rossetti, en plena República Socialista, en ese entonces dirigida por Carlos Dávila. El Comisariato contaba con muchos más poderes que el Sernac: era la época del Estado y del socialismo, donde nadie osaba hablar del “maldito mercado” y, mucho menos, de la empresa privada; los empresarios estaban clasificados, en verdad, como “chupasangre” e, incluso, se trataba de convertir las empresas privadas en cooperartivas. ¿Quién pensaría que los Edwards, convertidos en socialistas, estuvieran dispuestos a aceptar una cooperativa en el diario El Mercurio?

El Comisariato tenía entre otras, las siguientes atribuciones: fijar precios, adquirir e importar productos, expropiar y requisar establecimientos agrícolas y comerciales que no cumplían con las condiciones de producción, pero fundamentalmente, el Comisariato tenía la función primordial de defender a los ciudadanos. Fijando precios a los productos de primera necesidad; a nadie se ele ocurría la estupidez afirmar que la libre competencia del mercado favorecía a los consumidores.

En mi infancia, el Comisariato jugó un papel muy importante, pues mi padre, falangista, ocupó el cargo de Comisario general de Subsistencias y Pecios, en el gobierno del radical Juan Antonio Ríos. En mi imaginación infantil, mi padre era un “Robin Hood”, que combatía a los sinvergüenzas empresarios, comerciantes, almaceneros y boticarios quienes, pérfidamente subían los precios de los productos básicos para la subsistencia y salud de la población.

En los años cuarenta vivíamos en la calle Barcelona con Pedro de Valdivia. En la esquina existía un pequeño almacén, regentado por un italiano que, sabiendo que éramos hijos del “poderoso comisario” trató, muchas veces, de comprar nuestra simpatía por medio de caramelos – debo confesar que semejante cohecho no dio el resultado que él esperaba, y mi padre, incorruptible, cerró el almacén.

Los falangistas conformaban un grupúsculo, que no superaba el 2% de la votación, sin embargo, los radicales, dueños del poder en los años cuarenta, siempre conservaron algunos cargos para los minúsculos falangistas: Frei Montalva fue ministro de Obras Públicas, durante el gobierno de Juan Antonio Ríos, e Ignacio Palma lo fue del gabinete de sensibilidad social, en el gobierno de Gabriel González Videla. Estos antiguos radicales eran menos prepotentes que el socialista – Stalin de a peso- Camilo Escalona.

Mi padre, siendo Comisario, no sé por qué se le ocurrió, un día, clausurar nada menos que “Gath y Chaves”, la tienda más elegante y surtida del Santiago de esa época- aún recuerdo, cuando niño cómo me maravillaba la peluquería de esa gran tienda- Este gran emporio había sido fundado en el Centenario, y si buscara un equivalencia con la actualidad, serían Falabella y Almacenes París – el Parque Arauco y el Alto Las Condes juntos-. Estaba bien que el Comisario cerrara pequeños almacenes, pero de ahí a enfrentar a la más grande tienda monopólica de Santiago, era inaceptable, incluso, para los estatistas radicales. A consecuencia de esta audacia mi padre perdió su cargo pero, posteriormente, durante el gobierno de González Videla, se hizo cargo de la Subsecretaría de Hacienda.

No sé en qué momento el mercado se convirtió en un dios, incluso le consagraron loas los antiguos socialistas, hoy convertidos en sacristanes de esta nueva religión – tan totalitaria como el marxismo althusseriano que antes adoraron-.Los mismos argumentos que antes dedicaban a la revolución socialista, ahora los transformaron en loas al mercado y, la gente como es olvidadiza y apática, ha tratado de borrar los torpes argumentos y alabanzas al mercado, emitidas por los hoy convertidos, algunos de ello, en grandes gerentes de empresas monopólicas, como Oscar Guillermo Garretón, , los Correa, los Estévez y otros.

El mercado no es más que una cueva de ladrones: no puede vivir sin la colusión, razón por la cual, cualquier labor de un tribunal de la libre competencia es un tanto absurda, pues de lo que se trata es de eliminar cualquier lucha de precios que, por lo demás, son siempre impuestos por los oligopolios y los monopolios; por ejemplo, sólo hay tres empresas productoras de electricidad, tres cadenas farmacéuticas, dos grandes cadenas de Diarios y, así, con otros servicios. El Chile de hoy es monopólico, bipólico, tripólico y cuadripólico: hablar de competencia es, simplemente, una estupidez.

Como el mercado está completamente desprestigiado, y a raíz de la reciente crisis económica y financiera las empresas privadas y la banca han tenido que recurrir al Estado, para que se haga cargo de sus pérdidas, es perfectamente posible pensar e n resucitar el Comisariato de Subsistencia y Precios y, por qué no, nacionalizar todas las empresas básicas, el transporte, la electricidad, las aguas y las minas.

Rafael Luís Gumucio Rivas
08/04/09