Más “engrupido” que fan de Radiohead reza el refrán por estos días… Y está bien. Si no es cualquier banda, ni mucho menos. Hablar de ellos -y en mayor medida, asistir a uno de sus conciertos- es encontrarse de frente con el más cercano referente de avant-garde moderno, uno que zafó de las ataduras del underground y se lanzó a explorar sus límites con patente de vanguardia sin importarles un centavo el cargar con la voz referencial de una generación cafeinómana, esa que cambió el azúcar por la fluoxetina.
Otra cosa es el colectivo liderado por Thom Yorke y su incuestionable capacidad de encandilar paladares musicales. Desechando de plano la parada del rock star clásico, el grupo asimila su historia desde una mirada muy particular a la hora de plantearla en vivo. Iniciaron su show original en Santiago –el primeramente pactado en cuestión, ese que agotó los tickets en dos horas- con su gran hit radial, “Creep” y como es común generaron de inmediato división de aguas.
Por un lado, los esclavos de la moda brit pop y las letras depresivas que sintieron cómo les robaban el clímax de entrada. Los otros, que sin mayor aguardo acudimos a la cita de un proyecto alternativo de pocos excesos, con medidas justas de sorpresa.
Un listado de canciones escogido con pinzas que siguió el deleite gracias a “National Anthem”, “Steps”, “There, There” y aterrizó los sentidos con la cadencia de “Nude”. A ratos se nota la influencia de Velvet Revolver o Joy Division en eso del acercamiento al noise rock, cuando el sonido que se apodera de la noche expele sólo guitarras conceptuales y su vocalista emerge con arremetidas casi epilépticas, plenas de suntuosa interpretación seguidas de cerca por la maestría de Colin Greenwood y su bajo renegado que deserta del sincopado original.
No es tendencia. Porque si a momentos suena potente y prístino, de rebote llega la euritmia de loops y samples que abrazan la idea del lado más electrónico, o regateos a lo barroco con guitarras que se someten al masaje con arcos de violín, un piano apoyado en teclados creando soundcapes como fábrica de colchones sonoros de primera calidad. “No surprises”, “Video Tape”, la maravillosa “Idioteque” y “Morning Bells” conceden argumentos de sobra.
De lo holista a lo intenso, de lo orgánico al sonido saturado donde la prestidigitación de los músicos es la norma. Un oleaje varío y adrede que se acompaña de una decoración con vida propia. La antitesis del adorno con tecnología led dejándose caer desde el cielo, con ambientes cristalinos sobre el escenario tiñendo de azul, violeta o grises intensos de acuerdo al momento del show, donde seis cámaras fijas escalonan cada movimiento y lo proyectan a color o bien apelando a la imagen en sepia. Todo por un par de pantallas gigantes que no cubrían el espectro de público, eso más por un mal planteo de recinto que a causa de errado diseño.
Todo un armatoste ecológico a usanza del Pink Floyd de los ’80 aunque en muy menor escala, donde la iluminación es un instrumento más. Un hábitat nómade creado Andi Watson que no sólo traslada el arco iris por el mundo sino que apela al mensaje de la belleza sin abuso ni gastadero inconsciente.
Así transcurren las más de dos horas en que Radiohead confirma estar en la cúspide. Un cierre musical majestuoso y en progresión con la guiñada a R.E.M –cubren “The One I Love” demostrando que “en admirar no hay engaño”-, “Everything in its right place”, la formidable “Go Slowly” y el epílogo épico con “Paranoid Android”.
No hay que ser un fan como los que critican recitales en diarios de turno para deslumbrarse con la formación británica. Es sólo música, muy buena música. Allí es que entiendo el desapego evidente de “los cabeza de radio” con esos mismos que pierden la testa por ellos. Siendo sincero, veo un amor-odio presente en quienes se toman aquél delirio extremadamente en serio más que en los excelsos visitantes que pasaron regalando toneladas de virtuosismo esa noche…
