Lo primero que nos dijo Couve es que en su clase no tenían lugar reglas ni gomas de borrar. Se paseaba entre las filas de bancos observando lo que hacíamos, caminando rápido o lento, dando siempre un puntapié a los bolsones que encontraba a su paso, los hacía salir volando.
Las gomas y las reglas, que siendo unos críos ya considerábamos imprescindibles en clase de dibujo, no corrían mejor suerte: a las reglas, sin decir agua va, las partía al menos en dos pedazos y las arrojaba sobre la mesa de la víctima o directamente al suelo.
Las gomas las lanzaba hacia el patio por los grandes ventanales de la sala, con el ímpetu que se aplica al momento de tirar un peñascazo.
Irreverente, desenfadado, espontáneo, artista cabal, nos habría ventanas hacia la libertad de conciencia, la creación y el arte, el sentido de las cosas y quién sabe qué más, sin que losupiéramos entonces. Agradecidos estamos.
Fue un adelantado el profesor, a principios de los sesenta nos trajo a aquellos niños el mismo mensaje estético y valórico que luego se manifestaría con fuerza y tendría por símbolo a mayo del 68. Y entonces el aún pintor y luego escritor Adolfo Couve no conocía París.
