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Agosto 18, 2026

El zapatero y sus ideas sobre Aristóteles

Aparte de pasar todo el día clavando tacos, montando suelas o cosiendo zapatos, don Braulio el zapatero, se lamentaba contra todos los seres de la humanidad. “Si no conoces tus zapatos no podrás conocer los hombres” decía a sus clientes. Sus estudios sobre Aristóteles lo llevaba, al menos eso pensaba, a interpretar todas las cualidades de los mortales; pero, sin embargo, le temía a los fenómenos y cambios de personalidad de su pueblo.

¿No será que la naturaleza habrá perdido sus cualidades, su autonomía, su base? Ni mis clavos podrían admitir tal locura, porque una cosa son los cambios y la otra la razón que nos lleva a desarrollar – necesario o no- la calidad del pensamiento humano. ¿Pero cuál es esta calidad que permite el cambio de la calidad del pensamiento humano? ¿Es ultra liberal o ultra conservativo? ¿Es nostálgica o neo-liberal? ¿Cuáles son sus cambios? Y por otro lado, Braulio, ¿la enfermedad del cambio es la producción de todo el fracaso de un Estado? ¿No hay en la tierra una sola ley?, ¿Cuál es el fin de esa ley y su relación que une la naturaleza y el fracaso? Don Braulio era un hombre de pensamientos ultra profundos. Sus clientes no ignoraban su talento y planteamientos, cuyo argumento interesaba hasta al vendedor de paltas en las ferias libres de la ciudad de Santiago. Los cambios son inhumanos. Las heridas son difíciles de curar, y Don Braulio que no ignoraba la historia de su pueblo, no aspiraba siquiera a ser un contrario del Estado chileno sino que un crítico que podría resolver lo que suscitan las viejas leyes de la República que usurpan principios y acallan la opinión divina de un pueblo. Pero no se le podía acusar de comunista o de derecha. Era un zapatero culto, uno que no pretendía llegar a senador o a Presidente de la República. Las leyes, no se las inventaba él sino que las estudiaba en las bibliotecas de Chile. Se entendía que buscaba el principio de su historia, el fin de la otra historia. Nunca se le dio de loco o se le insultó en las calles. Era un hombre digno y, repitiendo algo sobre Aristóteles, solía dar de indignos a todos aquellos que reprimían la sabiduría de un pueblo. Podía errar al tragarse unos clavos mientras martillaba sus conocimientos sobre un par de tacos, pero, al menos eso me contaron, sus conocimientos eran de largo alcance. Un hombre que elevaba su trabajo al cielo y su inteligencia la repartía en las tardes de rayuela o en un bar del barrio. Don Braulio, era el plato del pueblo, porque daba clases de filosofía a unos estudiantes de la universidad en su taller de reparaciones de calzado. Esta es la tarea de un noble operario del calzado. Esta es la respuesta, tan noble, a un Estado que se olvida de cambiar antes de cambiar a su pueblo. No exageraba al negarse, o llamarse, el anti-genio. Se decía, no sé si lo vi en un telediario o lo escuché en un café de la ciudad, que don Braulio estaba faltando el respeto a toda la historia de la humanidad al educar los futuros filósofos chilenos en un taller todo destartalado y hasta con fotos de Lenin, de Recabarren, del Che, de Castro, de Juana de Arco y del chicho clavadas en las murallas. Si al condenarse a un hombre por pegar unas fotos de unos respetables, ¿pues ahora que pasaría si clavara en los muros a Nietzsche o Platón o los otros?: Pero si don Braulio, se negara, repito que esto me lo dijeron, desclavar las fotos de los personajes por ser un hombre resolutivo y autónomo, pues una orden del Estado chileno podría hasta requisarle el taller y construir en su lugar una estación de la Metro. Don Braulio, en ninguna parte de Chile, ha formulado denuncias contra los gobiernos chilenos; no era su problema ni su principio; pero, guiado por su instinto y buen sentido de las cosas, nunca se separó de sus criticas. El genio del proletariado, el hombre que regalaba su tiempo a los jóvenes desapareció de la tierra.

Fue un lunes del 2007, día de su cumpleaños. A las orillas del río Mapocho encontraron unos libros de dialéctica y un cuaderno con apuntes sobre Homero.

Una cosa que llamó la atención fue una carta tan corta que dejó a su viuda.

“Para Isabel y mis hijos.

Dios no existe.

¡Cuidado, familia! Los viejos tratados hablan mucho de Dios pero son experimentos para controlar la humanidad.

Braulio”.

El vacío que dejó don Braulio no pudo ser llenado por otros zapateros. Se sabía que todo terminaría pero el desprecio a sus charlas y teorías nunca se pudieron evitar porque no había empatía entre sus ideas y la del Estado.

Una de sus charlas que no se olvidarán fue la diferencia que hizo entre un zapatero y un Presidente de la República.

“Ambas cosas necesitan de una misma cosa…”

Su genio pudo más que las leyes. Su cuerpo nunca fue encontrado pero su filosofía recorre el mundo, al menos eso prometimos…, que siempre iremos a las zapaterías para que nos arreglen los calzados y buscar, en los rostros arrugados y sufridos de los zapateros, la mirada humilde de don Braulio el zapatero.

Ivan Godosky.