Cierto que tú, Luli, preferías ver los noticiarios para evitar de comer algo tan rico. Frituras de pobres, decías. “Fíjate un buen católico no come carne los viernes, menos si se es de derecha…, bueno, ustedes son ateos de la ilusión, yo al menos doy gracias al cielo por la caridad” .
– ¿Empezó el muñequeo metafísico, comadre?
– No poh es que ustedes meten el agua fría con la caliente y después se quejan que la güea se puso helada.
– Pero modera tu lenguaje, galla.
– ¿Tú me reprochas? hay compañero, eres el crucigrama de las chuchadas y te me haces el cuico.
– Mira, Luli, no estoy dando una conferencia de prensa, tampoco ando traficando ideologías para las masas intelectuales, y, tampoco ando con la formula mágica pa´sacar del hambre a una gran parte de nuestros pobres.
Pero respeta mi punto de vista porque estoy dando una cátedra sobre la carne y de los chicharrones; dejando en claro que hasta ahora no he dicho un garabato.
– De cuando que vives en Europa cambiaste hasta el tono… pa´mi, Godosky, que se te anda quemando el arroz.
– Mira, Luli, creo que la respuesta y el discurso se hace más complicado cuando se hace por teléfono. La consigna vía satélite, el análisis del fin de semana -luego de tantos artículos leídos y de tantas polémicas en el gobierno-, se vuelve vicio.
– Para, Godosky, para…
– … No paro, galla, me pusiste las pilas y ahora aguanta.
En el discurso telefónico se piensa de otra forma. El alba se hace noche, y de buen orador pasamos a charlatanes. Nunca preparamos nuestra conversación. Caemos en el “gurismo” y nos transformamos en santos y filósofos. Manipulamos los conceptos. Nos reencarnamos en Sócrates o en un vendedor de ajos en la vega. Sólo que nuestro “chi-chi-chi-le-le-le. Viva Chile” suena como las pelotas, y a los “aro aro aro” le damos la culpa de la cuenta del teléfono.
Lo sabes, Luli, leímos los periodistas internacionales y hacemos un llamado a la honestidad, para terminar crucificando nuestros contrarios políticos.
Es verdad que los periodistas de hoy no hablan ni escriben como lo hago yo… Se entiende: no soy periodista, tampoco líder filosófico, y, mucho menos tradicionista que se hunde en un charco de retóricas para lancear un “estoy de acuerdo contigo”. Al contrario, comadre, muchas cosas son realidades. Tomemos todo el proceso de transición a la democracia y los episodios son amargos y se manipula hasta con las reconstrucciones, que, bueno, pasan a ser historias de gabinete, siempre mostrando una cara de “yo no fui”.
Todos nos andamos lamentando de las injusticias sociales, todos son condenados al infierno de la mentira. Lo repito: los seres humanos somos el peor infierno que podemos encontrar en la calle o en la cama.
Tenemos en nuestra historia una fusión de arrebato y tanto de “agüevonaistas”, sin dejar de lado las tradiciones del “yo juro” y de la guerrilla del neoliberalismo que entrega a los pobres armas plásticas para que se pierdan en consumos esplendores.
Las visiones del orador de teléfono, Luli, son reales porque no hay inocentes. Unos se limitan a decir que son maliciosos, los otros, lo piensan y no lo dicen.
Puta, la güea, Luli, hablando contigo logro una empresa autentica porque de todo lo que te digo nace siempre algo estratégico: ósea, transformar una sociedad indiferente en una más carnívora y poco vegetariana.
Cierto que no ando utilizando un mango dialéctico lleno de sofisma, tampoco niego el rumor de las olas y que me ande haciéndome la víctima para decir luego: el ataque es mi mejor defensa.
No se trata de un desafío teológico o marxista. Todos somos unos supremos de la verdad: la salvación, la victoria final, la eterna estrella que te seca los mocos cuando lloras se vuelve el confín de toda tu fe. Me dirás que ni un filosofo puntúo hablaría como lo hago yo… pero no se trata de eso, sino que el cuadro “pobre/rico” se cubre de cinismo con todas las convenciones que llevan a cabo los presidentes del mundo y la furia oportunista se viste de hipocresía.
Dime lo que quieras, Luli, pero no soy el fulminante que encarna el reclamo de masas ni la hostilidad generalizada.
Quiero mi pueblo, de verdad, pero me desconcierta.
“Hay que mirar el horizonte”, me dices. Claro esa cosa nos vuelve más nostálgicos y nos impone reglas añejas que resulta embarazante para los tiempos modernos…
– …¡Para, compadre, para! Te has pegado un discurso de mea culpa que es de puta madre. Eres el solista y rey de tus lamentos, pero, camarada, las reglas son iguales para todos y no hay excepciones ni para aquellos que manejan el poder… claro que es mi responsabilidad decirte que te apoyo… Sé que te gustas, políticamente te adoras… Pero, que tiene que ver todo el discurso con los peces la carne y los leones?
– Me cortaste la inspiración porque estaba por llegar al tema… aunque el cielo se enoje y retarde las lluvias, yo dije siempre que la mente de una vaca o de un toro es la misma… ósea, cagamos por ser bestias… y bueno, la verdura, mija, la verdura canta, sonríe y grita… porque en la mesa hay autoridad… y la carne y le pez es, en el fondo de todas las cosas, un vicio de carnívoros.
– Me dejaste borracha y agüeona con tu discurso…
-…Es lo mismo que me pasa… e envidio a los leones porque todos ellos comen carne. Pero, Luli, la solución la tengo: mejor es que nos disfracemos de león y nos encerremos en una jaula del Zoo… Es posible que nos comamos hasta el “Fifo” de tu vecina que, al verlo de lejos se ver gordito el perrito.
Godosky
