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Agosto 18, 2026

Reality “shock”…

Edmundo Varas, un cabro sano, con carisma, transversal, sin más pecado que un aparente gusto por la tele pasa de figura romántica a potencial suicida y el ensañamiento cínico surge espontáneo. No es novedad. Cuando uno ve casos tan espantosamente sensibles en la portada de un diario suele oír la frase de cuneta, la de simple añadidura sin mucha ciencia detrás: “Ese colapso es culpa de los medios”. ¿Sabe qué? Esta vez no. Pongamos las cosas en su lugar.

Acá hay un tema de fondo, una realidad común con las que hace rato nos venimos haciendo los tontos. Y por el contrario, si algo puede salvarle la vida al ex muchacho reality efectivamente es la altura con que los contenidos editoriales abordan hoy los alcances de esa sobreexposición que ellos mismos alimentaron desenfrenadamente. Eso si consideramos que la víctima de esta red de luminarias es un asiduo y permanente consumidor del mismo sistema. Que hagan ver el error sucesivo me suena perentorio y frontal. Casi una terapia en vivo y en directo.
 
Una de las grandes ventajas de hacer periodismo contingente de calle y no de escritorio es que permite palpar raudamente la corriente noticiosa que se acerca a paso firme. Más simple aún. Existe un factor de repitencia constante, una especie de ley de Murphy que te indica inequívocamente cuál será la tendencia que, por reiteración del ejemplo generará conciencia y aporte temas para poner sobre la mesa.

Si antes fue el aumento de los femicidios, si en su momento son los accidentes de tránsito, la corrupción o los asaltos con resultado de crimen, ésta vez nos enfrentamos a un tópico país. Uno que va más allá de Fulano, Merengano o Edmundito. Hablo del importante índice, aumento y descontrol de patologías mentales en una sociedad que no admite su evidente cortocircuito entre el tradicionalismo clasista que la rige y sus nuevos desafíos rebosantes de competitividad. Allí hay un descalabro incipiente, la juventud es la que está pagando los costos.

Porque si hace diez años era la población adulta quien acusaba el síntoma, hoy es su generación más próxima. La insolvencia de la nueva familia chilena como pilar fundamental de la sociedad en lo que a valores y modelos respecta la convierte en un factor de riesgo que se viste de causa y efecto. Mientras por una parte, sigue siendo el modelo a seguir, los niveles e incomunicación son abismantes, se perdió “el repaso del día” a la hora de la cena, los lugares comunes son cada vez más individuales, las carencias afectivas se subrayan y las dependencias se vuelven enfermizas ante una poca y eventual tolerancia al fracaso.

Apenas pasaron horas después que un estudiante apuñaló a su profesora en el mismísimo colegio, lo que viene a refrendar la problemática. Ni siquiera cabe la estigmatización del “establecimiento municipalizado” como fundamento liviano. Y sepa usted que nadie nace con esos desórdenes mentales, o al menos, quienes los tienen son fácilmente detectables en su niñez, sin necesidad de protagonizar un episodio tan radical en el futuro. O sea, hablamos de casos comunes y no aislados, donde el hilo conductor es una progresión del síntoma con los años.

Hay una irresponsabilidad manifiesta y creciente de los núcleos familiares de este Chile cada día más enfermo. El materialismo gana tanto terreno que se pierden los estribos. El denominador común es ostentar, no hay respeto por el de al lado, se remarcan las desigualdades y los niveles de frustración tienen que encontrar una vía de escape. Los que hoy estamos viendo son generalmente pinceladas de autodestrucción o imposición por medio de la violencia.

No es bueno dejarlo pasar. No se puede ignorar tan patética realidad. Lo más fácil es hacer oídos sordos y no reconocer que la disfuncionalidad es de todos. Desde que usted ve teleseries en vez de jugar con sus hijos, desde que prefiere trabajar horas extras para comprarse una casa más grande y después se queja por la incomunicación en su hogar, desde que sacrifica los lazos afectivos por incrementar su cuenta corriente.

El facilismo apesta y por lo mismo uno se ríe de quienes culpan a los medios de la realidad de un chico sin brújula. Como hace algunos años eran esos mismos medios los responsables del creciente libertinaje sexual en la adolescencia. O como eran imputables en la sensación de inseguridad del chileno en las calles…

Que yo sepa, los valores no se aprenden ni mirando televisión ni leyendo el diario.