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Agosto 18, 2026

En el reino del resentimiento

La disidencia nunca ha sido cuestión fácil. En Latinoamérica (en algunos casos hasta nuestros días) cualquier manifestación auténtica de rabia popular o individual es rápidamente aplacada por los poderes y superestructuras del control social, pues cuando el río suena es porque piedras trae, y aquel es precisamente el peligro que se vislumbra en quien expresa abiertamente su repudio frente a determinadas materias, o como le agrada expresar a los demagogos Chilensis, los diversos “temas”. Lo increíble es que en nuestro tiempo ha surgido un nuevo término para tildar a quienes nos oponemos de una u otra forma a esta realidad concebida “a la medida” del sistema establecido, y este es el vocablo “resentido”.

No son pocos los lectores de El Clarín que me han escrito a propósito de mis columnas y me han enrostrado mi condición de resentido ¿Por qué? Porque abiertamente y sin reservas critico lo que me parece moralmente intolerable, deprimente, malvado, sucio, decadente. Y es que tengo la tupé de defender “mis inclinaciones”: Derechos Humanos, Igualdad, Libros, Belleza, solidaridad: tales gustos, al oponerse a los de otros, devienen un resentimiento que ni yo conocía; la culpa es de mis padres, ellos fabricaron a este monstruo. Me han dicho (alguno con simpatía y otros amparados en un pintoresco argot, salpicado de sujetos y predicados a menudo escatológicos) “resentido” toda vez que coloco en tela de juicio lo más “grande” de nuestra cultura Chilensis, a saber el Festival de Viña, los programas de farándula, los dichos ministeriales, las payasadas piñerescas. Pienso que quien identifica en mí (y supongo que en varios de los que participan en esta trinchera de resistencia) los valores del resentimiento, deben creer que anhelo con todas mis fuerzas berrear en el escenario de la Quinta Vergara, o filosofar respecto al lecho de nuestra decadente reina de belleza universal o bien poseer tribuna en las campañas presidenciales del candidato derechista cuyos valores sin duda –creerán ellos, digo- se resisten contra esta realidad que confunde los cambios cuantitativos de su estructura con los cualitativos (Marcuse). En fin.

El resentido típico –dicen- es un sujeto inexorablemente horrible. Con los sentidos algo atrofiados, de ordinario confunde los colores y sabores y allí donde precisa meter la nariz encaja el culo ¡Y hay que ver cuántos traseros manchados con yogurt y crema de chantilly merodean por las urbes! Oculto tras su insignificancia, su soledad, su oprimida concupiscencia, va por la vida mirando siempre de soslayo, echando su conocido mal de ojo, disfrazado de bondad y de las mejores intenciones.

El resentido es pobre o millonario; el primero es el tipo más divertido e intrascendente, el vecino de enfrente que anhela con todas sus fuerzas que se nos acabe el bienestar y se nos queme la casa de ladrillos y tejas de arcilla, con ventanales bow window y walk in closet incluido, pero como su poder se limita a la moral cristiana invertida (es decir, el satanismo) sólo podrá invocar las fuerzas demoníacas para causarnos algún determinado mal, manteniendo siempre a un abultado culebrón en el lugar más inaccesible del gallinero, cuya dieta se basa en leche de cabra y pan remojado en agüita tibia, dicen.

El segundo es el más importante, aquel que tiene la mayor injerencia en nuestras vidas. En Chile es común encontrarlos en la Derecha, amontonados como parias en UDI o RN, coléricos y rabiosos pues el modelo traído e importado por ellos (jamás inventado pues su inteligencia tiene límites definidos) lo emplean y vomitan los de la contraparte, y a pesar de que sus miembros tienen el dinero suficiente para transformar las cenizas de Pinochet en ave migratoria, el pueblo no les cree sus buenas intenciones. Si existe algo que precisamos respetar de estos resentidos, es su “entereza” de humores, de otro modo ¿Por qué diablos Sebastián Piñera sonríe tanto? De este resentido se ha dicho, vociferado y escrito todo: le han llamado travesti (Pamela Jiles), mentiroso, explotador, codicioso, ignorante, inculto, grotesco, ridículo. Y sin embargo él siempre sonríe. Este tipo de resentidos esparce un merengue fabricado a base de  10 mandamientos, opus dei y libre mercado en todas las tribunas que su dinero puede comprar: en las portadas y titulares de los medios de comunicación oligárquicos chilenos o bien sumergidos en algún lodazal o basurales urbanos, aquellos que abundan en los arrabales Chilensis. No importa que los habitantes de Chaitén corran un real peligro debido a la catástrofe que el Volcán está ocasionado: allí está Piñera agitando las manos y moviendo las caderas con un frenesí tribal, todo sea por los votos. Según el Tarot –método infalible de adivinación- este año el resentido ganará las elecciones, no porque al fin haya podido demostrar su inteligencia e interés real por los miedos y cansancios del pueblo que anhela a toda costa gobernar o controlar (¿Cuán resentido debe estar un sujeto para dedicar una vida entera a la acumulación de capitales, si lo que quiere cumplir finalmente es su anhelo más íntimo, “quedarse con la moneda, aburrido de los billetes?), sino porque el resto de los resentidos se confunden con los colores emanados de la califragilística y una cuota amplia de la nada despreciable insignificancia, sin mencionar una de las pocas diferencias entre el candidato de la concertación –Frei- y el resentido RN: el tamaño de la nariz. Ecce Hommo.

Pero la realidad implica denostar al más débil: de ahí que nuestra crítica no sea crítica, sino el más llano resentimiento. “Los comunistas son unos resentidos” vociferaban esas insoportables y refinadas viejas que por vez primera tomaron una cacerola, allá en los 70 para ningunear a un gobierno auténticamente democrático (Estas viejas rubicundas y alhajadas son las que de forma ulterior se acariciaban mutuamente en esa legión feminista llamada Cema Chile, dicen). “Los pobres son unos resentidos: se quejan pero no trabajan” espetan los insulsos y corrientes de nuestro tiempo, a propósito de la espeluznante desigualdad social Chilensis. “Esos mapuche son unos resentidos, flojos, mentirosos y ladrones: mano dura con ellos” declaran los lectores de prensa oficialista, que al tiempo aplauden la aplicación de una ley antiterrorista en un Estado donde no existe el terror, y sin embargo, para quienes efectivamente atemorizaron a la ciudadanía con fechorías, robos y violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos existe una ley de Amnistía que prohíbe castigarlos…

Si expresar el repudio frente a esta realidad enferma por la desidia de la razón y el espíritu constituye enfrascarnos en el resentimiento, pues benditos sean los resentidos. Es en su reino donde buscaremos el asilo, el lugar perfecto donde escondernos de los aguijones mortales de aquellos que quieren a toda costa amordazar nuestra conciencia y nuestra libertad. Que el resto continúe remando a favor de la corriente, pues parece que nosotros los resentidos, estamos condenados a navegar por siempre.