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Agosto 18, 2026

Carta de un fanático de Althusser a un discípulo de Gramsci (un adiós para Antonio Cortés Terzi)

 “El pensamiento de la amistad: creo que sabemos cuándo la amistad acaba (incluso si aún perdura), por un desacuerdo que un fenomenólogo llamaría existencial, un drama, un acto desafortunado. Pero ¿sabemos cuándo comienza? No hay flechazo de la amistad, sino más bien un hacerse paso a paso, una lenta labor del tiempo. Éramos amigos y no lo sabíamos.” Maurice Blanchot

El dialogo de una película de Godard es lo primero que se me viene a la cabeza al cumplir con mi deuda, esta deuda, escribir: Los hombres buenos no hacen revoluciones, los que hacen revoluciones son solo hombres, los hombres buenos hacen bibliotecas, o cementerios.

Godard se equivoca, pienso. Los revolucionarios son hombres buenos solo si además de hacer revoluciones construyen un lugar “Que le de el mejor trato a los muertos, que le de a lo efímero una suntuosa lectura de su transparencia, permitiéndole a los vivientes una navegación segura y corriente por ese tenebrario.”

Hace más de dos años que fui incluido en esa fuerza motriz que es el Centro de Estudios Sociales Avance. Desde hace diez vivo en Buenos Aires. El dolor de no poder asistir al funeral de un amigo enorme.

Sin el rito todo duele más.

Me refugio en los libros y en la historia, y escribo, tratando de encontrar, de entender. Entender la historia, esa historia que deja marcas en los cuerpos, como cicatrices y quemaduras, como libros y palabras.

Ahora que no estas pienso la historia de una extraña amistad.

Yo era (soy) un pichi, un niñato agrandado que quería jugar en primera, saliendo de una lamentable militancia en el troskismo, devenido marxista althusseriano, con demasiados libros a cuesta y muy pocos de ellos entendidos. Una masa amorfa y rabiosa de ideas. Quería buscar polémicas, quería respuestas de una generación revolucionaria devenida gobierno neoliberal.

Con ese ímpetu, esos miedos, esa necesidad de escribir, me acerque al espacio de Antonio, que ya hacia mucho tiempo era un sociólogo consumado, un articulista polémico y una especie de sana piedra en el zapato para la concertación en general y para el PS en particular. Lo que decía era peligroso, eso le valió ser relegado, y no hay nada peor que mandar las ideas a un Gulag.

Pero desde ahí construyo una casa, una casa con las puertas abiertas.

Un artículo por semana, por más de dos año. Leyeron mis textos, corrigieron mis incontables faltas ortográficas, mis errores de estilo, corrigieron mis notas al pie tan abundantes. Me sugirieron lecturas, me insistieron en que terminara mi licenciatura en sociología.

Fueron una universidad secreta.

Si la Facultad de ciencias sociales de la Universidad de Buenos Aires, (y los libros, los incontables libros, y las charlas, las incontables charlas) me ha dado la teoría. Antonio y Marcia me enseñaron el oficio.

El oficio de político, el de escritor, el de sociólogo. Y de pronto nos hicimos amigos.

Solo nos vimos una vez durante uno de mis viajes a Santiago. Conversamos largamente del socialismo, de Marx, de Gramsci.

También hablamos de los 70’s, de la tortura, de la revolución, del fracaso, de volver a pensar los caminos. De la rabia, de la alegría, de Gramsci y de Althusser. De la decisión terrible de elegir las ideas como oficio, de llenar el puchero por medio de la palabra.

Charlamos muchos, nos reímos, me regalo sus libros. Nos despedimos. Luego seguimos escribiendo. Cada tanto me escribía a favor o en contra de mis artículos, yo leía sus mails, sus artículos, pensaba en el titulo de esa vieja novela soviética de Nikolai Ostrovski: “Así se templo el acero”.

Escribíamos: ¿Que más podíamos hacer?, sin pensar en que eso se podía acabar. el ritmo de la vida con el tipeo de las palabras. Escribir, como drogado, y olvidarte de todo.

El problema es que la muerte nunca se olvida de uno.

El sábado, desde lejos y por un mail, entendí que me quede sin un amigo. Sentí que la vida me arrojaba una montaña a la cara. Lo llore de lejos, junto a mi mujer.

Se que no fui el único, que ahora muchos estamos más solos.
Y de esa pena solo nos salva escribir.
Malraux, ese viejo francés degaullista, desarrolla un buen concepto filosófico, dice una cosa muy simple sobre escribir ¿Que dice? Pues dice que escribir una cosa que intenta resistir a la muerte, es un acto de resistencia a la muerte.
Así que Antonio, quédate tranquilo: aunque te extrañemos seguiremos en el oficio, seguiremos construyendo al revolución como una monumental biblioteca. Seguiremos escribiendo. Y seguiremos, como me dijo Eduardo rojas,  siempre hablando de ti, pese a tu ausencia, si es que somos quienes decimos ser.
Muchas gracias por todo, amigo.
Es hermoso callar juntos;
Más hermoso aun reír juntos,­
Bajo un cielo azul de seda,
Apoyados contra el musgo del haya
Riendo afectuosamente como amigos, con una risa clara
Dejando ver el brillo de los dientes.
F. Nietzsche.