Luego el boulevard se llena de turistas en su mayoría chilenos de Magallanes y Coyhaique, y argentinos de Río Gallegos y otros lugares de la Patria de Borges. La noche y el sonido de las olas golpeando una y otra vez el malecón termina devorando las últimas luces. A las 5:30 a.m. estoy nuevamente en pie caminando por la playa, buscando los primeros rayos del sol que, a diferencia de nuestro país, emerge del mar. La madrugada muestra un rostro distinto del Madryn hecho para el turismo. Junto con las primeras luces del alba, las otrora máquinas municipales que limpiaban playa Unión dejàndola apta para que aquellas fantásticas sirenas de silicona, rendidas a la religión apolínea, se doren como un asado a la parrilla, hoy recorre las sempiternas arenas un hombre recogiendo los desperdicios y chatarra que la cultura consumista arroja. Debe costar menos que el petróleo. Argentina está lejoes de ese aforismo económico, que marcó irresponsablemente su política financiera entre las décadas ’50 y ’80; el que decía “lo que los argentinos gastan de día la Argentina lo recupera de noche”. Esos años de recordado esplendor en que la argentina peronista vendía carne y trigo a los países en guerra y se comentaba que las reservas de su banco central estaban repletas tanto así que en sus bóvedas no cabían los lingotes de oro y estos se amontonaban en los pasillos del Banco de la Nación, ya no existen. No sólo López Rega, y la pesadilla de 30.000 jóvenes desaparecidos y la siniestra Triple A golpearon a la patria de Sarmiento y Facón Grande. Además de las sucesivas dictaduras y el neoliberalismo a ultranza, fueron los años del Gobierno de Menen, ex de la Bolocco, ese títere de EEUU para América Latina, amigo del cónyuge de la actual Secretaria de Estado del Gobierno del Presidente Obama.
Caminar de madrugada por las calles de Madryn, del verdadero Madryn, tiene mucho de caminar por las calles de Bogotá, Lima, Quito, León, Siboney o algunos barrios como Franklin o Estación Central de Santiago de Chile. En esas calles encontramos a la muchacha que corre apurada a trabajar en la multitienda, el dueño del pequeño almacén que ceba un mate, el joven oficinista que espera el micro en una esquina junto al albañil que pronto trepará hasta el piso 21 para terminar el edificio donde funcionará la transnacional o la ONG que -conjuntamente- gobiernan nuestros países. En esas calles encontramos a la madre indígena con su hijo en sus espaldas tratando de vender boletos y espejos para un futuro mejor. En esas calles morenas se fragua un sentimiento común: ¡Basta a éste actual sistema político y económico!
Hoy soplan nuevos vientos para América Latina, y los pueblos comienzan a levantar su voz y ejercer sus derechos, apoyando a gobiernos que impulsen políticas de justicia social y sobre todo gobiernos que exijan el derecho de las naciones de disponer libremente de sus recursos naturales. América Latina de una vez por todas debe dejar de ser el Continente de la esperanza, y dar el salto cualitativo que permita que los millones de desempleados y masas empobrecidas –muchas de ellas excluidas de los servicios básicos como el agua- entren por la puerta ancha de la historia. ¡El mundo ya no puede seguir ordenándose sobre la base de 200 países y uno solo gobernando. El propio presidente Obama lo entendió. Ha llegado la hora, sí, para dar pasos decididos que permitan conformar un gran bloque latinoamericano que se alce para cambiar las reglas del juego.
