El generador de la polémica, conocedor del tema, pone en el tapete lo que acontece en el diario vivir en el Chile neoliberal, criticando a los más poderosos de la sociedad quienes, por sentirse distintos y superiores a la mayoría, tienden a segregarse voluntariamente en lugares idílicos lejos del ruidoso vulgo. Hay que entender que las élites, sobre todo las emergentes, también tienen sus lugares de residencia en los sectores de moda de Vitacura, La Dehesa y Las Condes y muchos colegios particulares, en busca de buenos clientes, también se están mudando a esas nuevas zonas urbanas.
Hoy en día las universidades privadas, siempre ligadas a empresas inmobiliarias y “de servicios” de sus propietarios, persiguen fines de lucro, aunque la letra de la legislación respectiva no lo permite, pero sí se tolera la utilización de fórmulas tributarias artificiosas para que en sus balances no se reflejen las verdaderas utilidades que ellas obtienen, lo que ha sido muy bien estudiado y comunicado por la periodista María Olivia Monckeberg en un excelente libro silenciado por el establishment.
En el caso de las 3 universidades reseñadas, que cuentan con estupendas, espaciosas y muy bien diseñadas edificaciones y cuyos académicos e investigadores son de primer nivel, creemos que el burdo lucro en pesos no está dentro de sus propósitos. Son instituciones serias, muy rigurosas y programadas, que tienen un importante componente ideológico afín al capitalismo sin ningún tipo de regulación y conservadores en materia religiosa. Su misión es preparar a “su gente” para que dirijan, de acuerdo a los valores que imparten, política y económicamente los destinos del país. En sus ordenadas aulas se respira un aire de responsabilidad individual, con énfasis en el interés por el estudio y sus alumnos no pierden el tiempo en marchas de protesta en contra de los conflictos de la contingencia y/o de la desigual realidad social.
Como los aranceles son altos y las distancias para acceder a ellas son muy prolongadas, es muy difícil que lleguen a estudiar a esos templos del saber alumnos que hayan pasado la enseñanza media en liceos fiscales del sector poniente y que vivan en las comunas de Pudahuel, Cerro Navia o El Bosque, para dar algunos ejemplos. Entendemos que algunos de los pupilos de la “cota 1,000”, conscientes de la inequidad en que vivimos, ejercen ciertas actividades sociales, como trabajos voluntarios y visitas a las poblaciones, pero ello es la excepción.
Sus egresados a lo más bajan a la cota 800 y se desenvuelven en actividades muy rentables, relacionándose siempre entre ellos en sólidas cofradías y a lo más con profesionales que hayan estudiado en ciertas universidades particulares del Consejo de Rectores, instancia que reúne a las más tradicionales de las anteriores con las públicas, las que, a su vez, reiteradamente claman por ayudas económicas por parte del Estado.
En cambio, las 3 universidades aludidas reciben abundantes recursos de los más fuertes actores del sector privado y por ello son de excelencia sus actividades de extensión, tecnología, sus instalaciones y sus espacios de recreación. La tranquilidad y la abundante vegetación que rodea a sus alumnos, profesores y administrativos son incentivos para sentirse muy gratos en sus obligaciones personales. Tenemos la impresión que esos educandos no se sienten ciudadanos, sino más bien consumidores de mercancías y también del saber, lo que en definitiva promueve la globalización impuesta desde los centros del poder de EEUU.
A fin de año tendremos elecciones presidenciales y está claro que si Piñera gana, vendrá una oleada privatizadora con las consiguientes flexibilidades en los marcos normativos para facilitarse los negocios de quienes tienen el poder económico y en este hipotético escenario político tendrán cabida plena los circunspectos egresados de ingeniería y derecho de las universidades “cota 1.000”.
Patricio Herman
Fundación “Defendamos la Ciudad”
