Antes, en la era de la supuesta opulencia, las torcidas calles ciudadanas lucían orgullosas sus más vistosas galas; renos de plástico, lunas de coral, cascadas de luciérnagas y edredones de neón: todo dispuesto en la lucha delirante por ser el que más idolatra el nacimiento del hijo de Dios. Hoy la crisis y la ulterior recesión resienten el bolsillo chileno y los dineros existentes ($) y los inexistentes (tarjetas de crédito) precisan focalizarse en los obsequios navideños, obsequios cuyo fin cardinal es enriquecer las arcas del empresariado y de paso afirmar los estereotipos emanados de esta sociedad falocentrica… acompañando el patitieso árbol de navidad.
Las instituciones cristianas se empecinan en divulgar por todos los medios posibles el supuesto “espíritu de la navidad”. Sin duda una serie de paradojas subyacen a cada uno de esos discursillos con tufo a mandamientos toda vez que nos enfrentamos a sacerdotes, diáconos y pastores obcecados en su afán por hacernos entender que el materialismo aniquila el ser cristiano. Por ejemplo, Canal 13 dedica buena parte de su programación a exhibir nacimientos, biografías, te deums y devocionarios, en la víspera del recordatorio del natalicio de Jesús, mezclando estas declaraciones de principios añejas e hiperventiladas con las diversas publicidades de muñecas y camiones, lavadoras y máquinas para alcanzar la felicidad. Pero precisamente es parte del trabajo de la iglesia Católica, Apostólica y Romana hacer el llamado espiritual a sus feligreses, aún cuando sus millonarias empresas se enorgullecen de servir de escaparate para la frivolidad contra la cual ella misma se revela, en fin.
Muchos padres y madres de nuestro tiempo están preocupados. No concilian el sueño pensando en cuáles serán los obsequios que regalarán a sus hijos, padrinos, vecinos y ahijados para esta navidad; entonces se reunirán en los límites del bosque, ocultos entre el follaje de moreras y rododendros, susurrando o comunicándose en el lenguaje de las señas pues es de conocimiento vulgar que hadas, gnomos, duendecillos, ondinas y otras tantas criaturas fantásticas estarán vigilando cada uno de sus pasos y estrategias, con el fin último de denunciar todo lo que allí se concluya y pacte. Sólo los búhos se mantendrán inconmovibles, pues su sabiduría indescriptible y proyectada hacia el infinito les permitirá entender que la humanidad es demasiado predecible y que sus decisiones estarán siempre mediadas por el letal mercado, empresa pseudo humana donde los animales más horribles de la comarca, como culebrones, salamandras y puercoespines han dispuesto lo peor de sí para esparcir aún más sus imperios, sus enfermedades fatales y la muy poco escasa supercalifragilística.
Para las niñas buenas habrá muñecas: gordas, macilentas, articuladas, pétreas, vírgenes y amantes de la concupiscencia. Simone de Beauvoir nos dice al respecto: la niña no puede encarnarse en ninguna parte de ella misma. En compensación, le ponen entre las manos, con el fin de que desempeñe junto a ella el papel de alter ego, un objeto extraño: una muñeca. Es preciso notar que también se llama muñeca a ese vendaje con que se envuelve el dedo herido: un dedo entrampado, separado, es mirado con regocijo y orgullo, y el niño esboza con respecto al mismo el proceso de alienación. Pero una figurilla con rostro humano, o en su defecto una mazorca o un palo, reemplazará de la manera más satisfactoria a ese doble, a ese juguete natural que es el pene. La gran diferencia consiste en que, por un lado, la muñeca representa el cuerpo en su totalidad y, por otro lado, es una cosa pasiva. En su virtud, la niña se sentirá animada a alienarse en su persona toda entera y a considerar a ésta como un dato inerte. Mientras el niño se busca en el pene en tanto que sujeto autónomo, la niña mima a su muñeca y la adorna como sueña que la adornen y la mimen a ella; inversamente, se ve a sí misma como una maravillosa muñeca. A través de cumplidos y regañinas, a través de imágenes y palabras, descubre el sentido de las palabras “bonita” y “fea”; sabe muy pronto que para agradar hay que ser “bonita como una muñeca”, y procura parecerse a una muñeca, se disfraza, se mira en los espejos, se compara con las princesas y las hadas de los cuentos
En este sentido, los padres sabrán que hacer: adquirirán la Barbie pues como indica su publicidad, Barbie es lo que quiero ser, es decir; rubia, de pechos saltones, profesora o bailarina, ojos azules y obediente. Las morenas o pelirrojas ni siquiera son barbies, a lo sumo aspiran a ser Teresa. Los varones aguardan expectantes sus obsequios que contienen en su “espíritu” las futuras carreras y oficios para los cuáles han sido concebidos y arrojados a la vida: astronautas, ingenieros, piratas, alcaldes, presidentes, millonarios, dictadores, tiranos, asesinos y estafadores. Lo peor es que tales modelos se reafirman una y otra vez, año tras año y casi siempre en fechas clave para la cultura cosificadora del tiempo en el espacio occidental: onomásticos, cumpleaños y la cúspide de todas, la navidad. La alegría y solaz que supuestamente se elevan como el dualismo esencial de noche buena, se contradicen con el verdadero -en tanto positivo y perceptible- y único sentido y espíritu navideño: el consumismo.
Y todas las ofrendas serán regadas bajo las ramas inertes del árbol de navidad. Fueron los niños y los abuelos quienes colgaron de sus ramas las bisuterías, filigranas, guirnaldas de vinílico y celofán, con el fin de engalanar la estancia donde éste fuera dispuesto, coronando toda la mixtura de malvas, azules, violetas y escarlatas con la estrella de belén, aquella que hace tantos siglos siguieron los reyes magos venidos de oriente, mientras recorrían los desiertos cargando el oro, la mirra y el incienso, montados sobre soberbios camellos. Hoy los padres hacen algo parecido; las ofrendas adquiridas son en honor al sistema establecido, al que sostienen y adulan por todos los medios posibles, comprando agendas 2009 a raudales para vecinos y conocidos, y muñecas, videojuegos y metralletas de plásticos para los más queridos de la casa: los niños. El reforzamiento de los estereotipos, la servidumbre de la mujer regentada desde el espíritu mismo de una fiesta religiosa, son los únicos valores promovidos por esta dulce, alambicada y fastuosa navidad. Las crisis apenas alteran su persistencia en el tiempo, así que todos deben respirar tranquilos pues en noche buena habrá sorpresas para todos. Así sea.
