Como se esperaba, la “Semana de la Diversidad”, tuvo sus críticos, muchos de los cuales esbozaron solapadamente sus comentarios, descalificando o caricaturizando a los organizadores y participantes, mientras que otros lo hacían recurriendo a “La verdad” de la revelación y el dogma.
No se trata de desmerecer las opiniones de aquellas personas; por el contrario, tienen todo el derecho de hacerlas presentes; es más, si ellos tienen el derecho de opinar y reunirse, es precisamente gracias al desarrollo libre del espíritu que la Universidad les puede entregar. Tal como lo hace habilitándoles espacios para que se reúnan a cultivar su espíritu y agradecer a Jesús por las bendiciones entregadas.
Uno de los puntos más valiosos de la “Semana de la Diversidad” fue colocar en el tapete de la discusión que tan tolerantes y pluralistas somos los académicos y nuestros jóvenes estudiantes. Al especto, no podemos desconocer, ignorar y falsear la realidad (historia) que en determinados pueblos, culturas, organizaciones e instituciones se acepta sin mayor cuestionamiento lo establecido o la tradición (escrita), bien desde el punto de vista divino o de aquello que emana de los centro de poder. Es decir, aquello que otros fundaron, escribieron, constituyeron y desarrollaron se convirtió -para algunos- en convencionalismo, tradicionalismo, imposición, peor aún, en un dogmatismo disfrazado de una verborrea y fraseología propia de un pensamiento único; específicamente porque determinados sujetos se sienten cómodos hasta donde han llegado; bien desde el lugar donde están situados, otros aludiendo a la verdad revelada o en último caso insinuando una tolerancia residual, o sea “toleramos lo que está incluido en un ámbito cuyo cerco es lo intolerable”.
Así, la aparente aceptación de la diversidad y un determinado discurso tolerante y pluralista es un eufemismo que en el fondo esconde un pensamiento intolerante, vago, tradicional y en ocasiones autoritario; es decir, una actitud por mantener la defensa de un mundo heredado, a través de una veneración y valoración inconsciente de su propia realidad en la cual estás circunscritos.
Esta perspectiva de análisis, es claramente un subterfugio o temor a pensar la realidad histórica desde nuevas perspectivas de análisis. Es no -querer- aceptar nuevas visiones, enfoques, formas de entender y concebir las cosas. Ya lo decía el destacado intelectual Michel Foucault “¿qué hay de peligroso en el hecho de que las gentes hablen y de que sus discursos proliferen indefinidamente? ¿En dónde está por tanto el peligro?”.
No resulta del todo comprensible y menos entendible que subrepticia y solapadamente envíen mensajes expresando que aquello no es debatible y no es tema de discusión; pero al mismo tiempo señalan formalmente que existe el espacio para el debate y la reflexión, pero en la práctica te dicen desde dónde y con quién debes debatir.
La diversidad, así como la tolerancia y la igualdad deben ser concebidas como valores inmanentes y trascendentales de la esencial misma del ser humano, especialmente de nuestros estudiantes; más todavía en su inherente relación con sus semejantes y en su realidad más contigua. De ahí que la Universidad, sea el espacio por naturaleza desde donde emana la diversidad por medios del desarrollo libre del espíritu; que tal como lo señaló el ex Rector David Stitchkin se va construyendo progresivamente a través de tres pilares: la honestidad, la dignidad, y el respecto y no por medio de fórmulas absolutas e irrefutables, menos en alguna ideología, dogma o pensamiento exclusivo; todo lo contrario, la idea es ir dando vida a una mente razonadora y crítica, con el objetivo que nuestros jóvenes pueda determinar libre y responsablemente su conducta individual y social.
*Académico de Historia de Chile Contemporánea en el Depto. de Historia, Universidad de Concepción.
