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Agosto 18, 2026

¿Ya terminó la crisis?

Si uno abre nuestros diarios del duopolio de la prensa, o ve los noticiarios, pareciera que la así llamada crisis fuese solamente un asunto puntual, momentáneo -el que rápidamente, mediante inyecciones de dinero de todos,  sumadas a otras no gratas consecuencias-, estaría en el umbral de su superación.  ¿Para qué? Bueno, para que la rueda de la autónoma lógica del mercado -es decir, el capital buscando hacerse más y más rentable y en distintas direcciones-, recomience de nuevo, ojala sin restricciones externas y ojala de manera más extendida.

¿Cómo hace esta crisis para salir adelante?  Pues, preparando otras nuevas y mayores crisis.  ¡Cuidado, no se trata de una crisis cualquiera! Para muchos estamos en presencia de una triple crisis: financiera, alimentaria y energética.  Sin embargo nuestros actores políticos y económicos actúan como si esto no sucediera, y como si estos hechos fuesen poco más que la expresión de malas conductas de algunas ovejas descarriadas. Algunos de ellos apuestan a que no es nada más un desvío puntual en la lógica del sistema y que -medidas más,  medidas menos-, pueda retomar su camino acumulador y rentista.
 
Se trata de bajar el perfil a lo ocurrido, e incluso acusar al Estado de no cumplir bien con sus tareas; un Estado al servicio de sus ganancias y rentabilidades inversoras, y que en cuanto tal, no tiene ni debe sobrepasarse en sus intentos por reorientar la marcha de las economías. Los menos realizan algunas reflexiones algo más sustantivas,  pero hasta ahora pocos  cuestionan las bases mismas del capitalismo desregulado y privatizador que rige de manera global el terreno de las decisiones económicas,  políticas, así como también, nuestra vida cotidiana de personas y de ciudadanos. Hemos vuelto a la supuestamente finalizada lucha ideológica,  entendida como expresión de diversas lecturas sobre la marcha del mundo y sus actores, de acuerdo a determinados intereses y finalidades, no siempre confesados y discutidos públicamente.
 
La crisis financiero-económica y medioambiental tiene que hacernos reflexionar sobre los aparentes excesos o desbordes del capitalismo financiero y desregulado. No estamos hablando sólo de la economía. Hablamos también al mismo tiempo de la sociedad. No tenemos sólo un capitalismo desregulado y dirigido por el mercado aparentemente libre, como sistema económico. Los otros sistemas, el político-administrativo y el sociocultural también son afectados y contaminados por esa lógica.  Al contrario, hace más de veinte años que la tendencia entre nosotros es la de construir una sociedad de mercado,  es decir, disolver algo así como una sociedad. O, dicho de otro modo, la sociedad y la política son subordinadas al sistema económico. Albert Jacard en su libro Yo acuso a la economía triunfante ha cuestionado el fundamentalismo de los economistas neoliberales. Dice: “La sociedad es víctima no tanto de los razonamientos de los economistas, sino de la excesiva confianza en su capacidad de orientar las decisiones. En eso consiste el integrismo: en la creencia en el valor absoluto de las afirmaciones propuestas por una doctrina. El admitir como verdades absolutas las proposiciones de los economistas es pasar de la economía -que es una disciplina científica entre otras- al economismo, que resulta un integrismo tan devastador como los integrismos religiosos”. Y más adelante agrega: “como todos los integrismos, el economicismo reposa en la aceptación de una fatalidad, en la sumisión a la voluntad exterior a la que hay que entregarse. Para los banqueros de un mecanismo implacable cuyo desarrollo hay que respetar. Se niega la posibilidad de elección de los individuos y las comunidades”
[1].
El capitalismo realmente existente no tiene nada de democrático. En contrario, tenemos un control oligárquico de los procesos económicos, y al mismo tiempo,  una privatización creciente de la vida social y de las decisiones públicas en distintos ámbitos. Como agudamente reflexionaba Castoriadis, muchos olvidan  que existe una relación muy estrecha entre un determinado régimen social y económico, y el o los tipos antropológicos  necesarios para que aquel funcione. El actual capitalismo ya no reproduce los anteriores tipos humanos de su desarrollo histórico, por ejemplo, el funcionario weberiano, el juez incorruptible,  el obrero para el cual su trabajo  era muy importante; tampoco tenemos entre nosotros muchos empresarios que correspondan al empresario schumpeteriano, con iniciativa productiva e inventiva.  Hoy dominan la escena las burocracias de las grandes empresas, muchas trasnacionales, el  management burocrático, así como los hábiles especuladores, cuyo fin es encontrar el camino más corto para obtener la mayor ganancia posible en el mínimo tiempo.
 
Por eso decimos que esta crisis abre un espacio para un debate sobre el proyecto-país en curso; sobre cómo queremos, debemos y podemos hacer coexistir economía, sociedad y política, que es la que debe decir la última palabra.  Una de las peores herencias del neoliberalismo, que ha transformado de modo tan profundo nuestro país, consiste justamente en su esfuerzo permanente por destruir toda posibilidad de una sociedad posible y todos los lazos sociales.  La lógica del individualismo de mercado ha diluido la identidad nacional;  las identidades sociales, con excepción de la bussiness class; las identidades regionales; familiares y otras. Con lo cual, va desapareciendo la existencia de algo similar a un mundo en común, desde el  cual sea posible debatir sobre cual sería el mejor régimen político o  qué sería  una sociedad justa.  En la lógica del capitalismo financiarizado,  desreglado y autónomo  se trata más bien de realizar y reproducir una sociedad  de individuos-átomos, sin pertenencia o raíces, sometidos a la dictadura de los mercados, del consumo, y a ley darvinista de la lucha de todos contra todos, en la que se salvan los que  puedan, y en la que sólo sobreviven los más fuertes.  El economista liberal Galbraight cuestionó la visión de la economía y la sociedad de Friedman. Le dijo que para usted los países débiles, las empresas débiles y las personas débiles no tiene derecho a vivir. Usted es un darvinista social.  Friedman nunca respondió.
 
Siendo así, no puede sorprendernos el  parecido que esta globalización tiene con  otros totalitarismos: en todos ellos el ser humano resulta  algo superfluo, es sólo un medio para alimentar o contribuir a la grandeza del Estado, el régimen, y en este caso del mercado. En la época medieval se buscaba hacer todo ad majorem  Dei gloriam. En el Chile neoliberal todo lo importante se decide para la mayor gloria del mercado. El capitalismo neoliberal hace varias décadas que considera a grandes sectores de la  humanidad como “vidas desechables” (Bauman), no sólo en vastas regiones del África; también en nuestra América, y en los propios países desarrollados, como sucede con los jóvenes y los inmigrantes.  Hayek, por su parte, en su último libro, denominó “parásitos” a los marginados del mercado, usando la misma expresión de los nazis para referirse a los judíos, afirmando a continuación que el sólo hecho de vivir no confiere ningún derecho
[2].
 
Por eso es que pretender moralizar desde fuera o corregir puntualmente el mercado, es olvidar que la lógica misma del sistema está sustentada  en la valorización del capital sobre la vida misma sea humana o natural. No podemos perder de vista que para que el modelo funcione se requiere  tipos humanos motivados fuertemente por la codicia, la ambición o el consumo sin límites.  No es algo sobre lo cual se puedan realizar opciones. Por eso no es fácil señalar con el dedo a los bancos o a las AFP que juegan con nuestros dineros para obtener beneficios siempre mayores. Ellos no hacen más que aplicar en forma adecuada las exigencias del capitalismo, en un marco legal de máxima desregulación que les permite, por ejemplo, perder treinta mil millones de fondos de los afiliados a la AFP, sin que eso implique ninguna responsabilidad económica.  Las medidas de salvataje  que se han realizado en diversos países, incluido Chile,  parecen obedecer a la consigna de que hay que salvar del capitalismo de los malos capitalistas para que la rueda de la inversión especulativa  y la rentabilidad comiencen nuevamente. 
 
Lo mismo sucede en relación al medio ambiente. Parchemos aquí y allá para que la naturaleza siga dándonos réditos. Quizá ha llegado la hora de considerar más seriamente la destructividad del sistema presentada como un conjunto de consecuencias necesarias del “fin de la historia”: profundización de las desigualdades, cronificación de la pobreza, deterioro de los lazos sociales,  marginación, “vidas desechables”. Siendo así, el problema no consiste en realizar más o menos acciones  o créditos  en juego, sino del destino de la misma cultura y de la vida humana.  El problema, como bien lo vio  un  supuestamente pasado de moda y  clásico filósofo  es que,  “el verdadero límite de la producción capitalista es el mismo capital,  es el hecho de que, en ella,  son el capital y su propia valorización lo que constituye el punto de partida y la meta, el motivo y el fin de la producción, el hecho de que aquí la producción sólo es producción para el capital y no, a la inversa,  los medios de producción simples medios para ampliar cada vez más la estructura del proceso de vida  de la sociedad  de los productores”. El debate recién comienza.
 
* Doctor en filosofía y Director del Magíster de ética social y desarrollo humano del Departamento de Ciencia Política y RRII de la Universidad Alberto Hurtado