Algo muy parecido al fenómeno Obama ya sucedió en Chile. Aquí no fue el origen étnico el factor determinante. Fue el género lo novedoso. M. Bachelet, la mujer presidenta, fue la Obama de Chile. Fue la última carta generadora de esperanzas de cambio de la coalición que capitalizó el triunfo en contra de la dictadura.
Los estrategas concertacionistas lo saben; no pudieron porque no quisieron. Por lo mismo respiran el derrotismo. El Gobierno nunca encantó la política. No construyó relato. Al contrario, su entorno de tecnócratas rebajó el discurso político al grado cero. E incluso sucumbieron a los reflejos del aparato del Estado y reprimieron a estudiantes, trabajadores y a las organizaciones y comunidades del pueblo mapuche. Una vergüenza.
Se siguió la vía aplanada por los otros presidentes concertacionistas: no irritar los intereses de los grandes empresarios, adaptarse a los vaivenes de la globalización capitalista financiera exportando el trabajo social de los chilenos bajo la forma de capital especulativo, aceptar sin chistar la dominación mediática de la derecha, promover tibias reformas (o regatear reajustes) bajo la presión de las mayorías y mirar pa’l norte en vez de promover audazmente la unidad de América Latina.
Por eso, la derecha está sentada en el umbral de la puerta, de brazos cruzados, como el viejo chino del proverbio, esperando ver pasar el cadáver de su adversario.
Fue la elite concertacionista la que instaló la duda en las mentes de amplios sectores ciudadanos acerca de si son ellos o el piñerismo los mejores ubicados para enfrentar la crisis y la recesión capitalista.
Lea la prensa. No hay ningún personero oficial concertacionista ni político que vaya al hueso, que enfrente a Piñera donde hay que hacerlo: en el plano de su modelo de sociedad conservadora que reproduce y acentúa las desigualdades sociales y en su contubernio con los intereses de los grandes grupos económicos y extranjeros.
¡Cómo van a hacerlo! si en definitiva fue la Concertación la que terminó por legitimar la institucionalidad postdictadura (neoliberalismo y binominalismo incluidos), así como fue Tony Blair quien consolidó el thatcherismo en Inglaterra y vació al laborismo inglés de sus impulsos socialdemócratas. Así como fueron los gobiernos socialistas franceses los que aceptaron en nombre de la modernidad la lógica de los mercados, privatizaron bienes públicos y le abrieron la vía a Sarkozy, el demagogo que quiere “refundar el capitalismo”, para salvarlo.
En vez de hacerlo, de desarrollar una estrategia que rompa el cerco informativo, La Nación, el periódico oficialista le levanta un clon catapilquero (Farkas) a Piñera para restarle votos populares.
Parece mentira. En 20 años, en ningún eje o dossier importante ha habido cambios sustanciales. Es decir, duraderos, irreversibles, estructurales, sistémicos.
Es evidente que un gobierno piñero-aliancista, en época de crisis del capitalismo, impondrá políticas de corte neoliberal que los grandes empresarios reclaman en sus misas políticas. No bastarán los ruegos presidenciales o los sermones eclesiásticos a los empresarios para impedir el despido de trabajadores.
De ahí los quiebres, los lamentos, la incertidumbre, el malestar, la mala conciencia. De ahí la política a la merced de los grandes medios y sus filtros. De ahí la falta de visión creativa para enfrentar los desafíos de los tiempos presentes. Es lo que explica la indecisión, la fuente sicológica del miedo a perder y las subidas y bajadas de los presidenciables concertacionistas.
¿No habría que meditar sobre los dichos de Patricio Aylwin —el viejo zorro de la política que expresa bien los dilemas democristianos— a El Mercurio cuando asevera que “no sería un desastre que Piñera fuera presidente”?
Porque es la falta de programa alternativo al de la Alianza lo que explica el comportamiento de la elite política concertacionista. Ésta no tiene un proyecto claro de democratización de la sociedad, ni está dispuesta a enfrentar al neoliberalismo. Saben bien que ya no seducen a las clases dominantes, ya que no sólo para éstas sino que para una buena franja de la ciudadanía despolitizada, los originales como Piñera, son mejores que las copias.
No obstante, lo más importante es que la Concertación no tiene los recursos en términos de ideas para construir una mirada de conjunto que incluya las tareas para convertir a Chile en una Nación capaz de encarar los nuevos desafíos. Sólo le quedan los técnicos y los políticos que se manejan con un par de consignas y malabares comunicacionales. Y la técnica y la comunicación fallan cuando no hay imaginación, ni voluntad política, ni pasión intelectual. Cuando tampoco hay la claridad analítica ni conceptual que conduce a la acción transformadora en los tiempos presentes.
La única alternativa puede venir de la reagrupación y reactivación de las fuerzas de izquierda (que por suerte ya comenzó y que habrá que apoyar con todas nuestras energías). De la construcción de una nueva perspectiva a través del debate fraterno de ideas. Para eso se requiere escuchar lo que quiere el pueblo, a los de abajo, a la opinión pública sin la mordaza mediática, como dice Chomsky. Estos procesos maduran lentamente en otras latitudes donde las fuerzas socialdemócratas y socialistas se neoliberalizaron. Allí la Izquierda recompone sus fuerzas. Por lo mismo, la izquierda democrática y antineoliberal será unitaria, generosa, abierta, fraterna, intelectualmente osada e irreverente, o no será.
M.A. en Communication publique, Université Laval, Québec, Canadá.
