El historiador y académico, Alfredo Jocelyn-Holt, acaba de publicar el tercer tomo de su Historia general de Chile, que abarca los siglos XVII y XVIII. Para interiorizarnos sobre este trabajo y conocer su opinión sobre el tema del Bicentenario, conversamos con él. ¿Podría ser más explicito cuando habla de un enfoque histórico-espacial?
Lo que quiero sostener con esto es que Chile, y América en general, no se pueden entender fuera de sus coordenadas espaciales. Son espacios que en la medida que se van descubriendo o incluso creando, nos terminan por poner en el “mapa” histórico de Occidente y, por ende, del europeo tanta “allá” en Europa como “acá”. Éste último un europeo desubicado que con el correr del tiempo termina por situarse en ambos mundos. Así entiendo al Criollo, sujeto histórico muy especial que convive en distintos espacios, los domina, los reproduce e incluso innova “en” y a partir de ellos. Va a crear la hacienda en el Valle Central, eventualmente la política. Es esa destreza en el espacio lo que le permite una flexibilidad extraordinaria, mayor incluso que los funcionarios reales durante la Colonia. En América y en Chile, quien maneja espacios distintos obtiene mayor poder. Entender ese fenómeno nos permite mejor comprender la historia.
¿Es tan cierto que para explicar Chile es necesario mirarlo desde lejos?
Ocurre que el “descubrimiento” de América y de Chile coincidió con el Renacimiento, con ese período en que la historia se volvió menos teocéntrica, más subjetiva y “aterrizada”. De ahí en adelante importa mucho el punto de vista desde donde se “ven” las cosas. El Renacimiento inventó una mirada especial –la perspectiva– que supone un lugar desde donde se mira y ordena todo. Como el Criollo participa de ambos mundos, porque es tan europeo como americano, importa mucho desde donde se sitúa. Manejará realidades de “aquí” pero para entenderlas recurrirá a conceptos, abstracciones, ideas que vienen de “allá”. Estas ideas nos permiten “ubicarnos” en la cultura occidental: el por qué devinimos cristianos, el por qué hablamos español, y eventualmente, el por qué han sido cruciales entre nosotros la Ilustración , el republicanismo, el liberalismo, el socialismo, el neoliberalismo, la idea de Estado, de espacio público, de Revolución, los derechos humanos, etc. Andrés Bello decía que la temática de la Universidad debía ser el “aquí” de Chile, pero para entender ese contenido había que recurrir a conceptos como la misma universidad que nos viene de “allá”, tanto de atrás en la historia (el Medioevo) como de Europa. El aterrizaje de esas ideas en nuestro medio es lo que permite la cultura hispanoamericana. Un aterrizaje siempre tenso, conflictivo, aunque a veces también armónico.
Su historia rompe los esquemas historiográficos tradicionales, sobre todo en la manera de relacionar los hechos con el resto del mundo, por ejemplo con Roma y el proceso del barroquismo, que usted menciona ¿No teme con esto ser mal interpretado? Lo pregunto pensando en que la gente está acostumbrada a otro tipo de lecturas de la historia: fechas, batallas, héroes.
Ojalá no se me malentienda. Por eso uno escribe libros donde se desarrollan explicaciones, se ofrecen argumentos, a veces latosos, otras veces complejos, pero sin los cuales entendemos menos. Ahora bien, sucede que cuando a la historia se la remite únicamente a “hechos” –a batallas, resultado de elecciones, fechas, o incluso a datos estadísticos económicos—suele entenderse muy poco. Como que falta el aspecto más humano que “arma” la historia. Por eso hay que incluir ideas, esperanzas, cosmovisiones, obras de arte y literatura como también personas de carne y hueso. En historias generales como la que estoy escribiendo se tiene que exhibir esa multiplicidad. A veces un personaje o una idea explican toda una época. Alonso de Ovalle en Roma pensando en Chile después de vivir muchos años fuera. Marx y Engels escribiendo el Manifiesto en la Europa de 1848. Martí reflexionando sobre Cuba desde los Estados Unidos. Trotsky desde México. San Pablo o San Agustín pensando en la eternidad. Colón, yendo y viniendo de un nuevo continente que no sabe que es nuevo, aunque lo sospecha. Por tanto, no basta con decir que Colón “descubrió” América un 12 de octubre de 1492. Eso es meramente escolar y nos aleja de lo que importa. La historia es una disciplina pensante; maneja datos pero los combina de tal manera que haga explicables y humanos esos datos. Lo que yo hago, en verdad, es muy convencional. Lo hicieron en su momento Heródoto, Maquiavelo, Gibbon, el mismo Marx. Todos ellos pensadores, narradores, no sólo computadores de minucia factual, aséptica. Esa es la diferencia entre un manual de historia y un libro de reflexión histórica.
Su enfoque, tomando como sujeto histórico la evolución de “amos, señores y patricios” ¿No cree que podría ser considerada como demasiado elitista?
Suele decirse que el tipo de historia que yo hago es elitista. Pero eso no es más que un eslogan descalificatorio. Es tan exagerado y simplista como suponer que la historia que hace Gabriel Salazar es “populista” porque se interesa en el sujeto popular. A mi me interesa el sujeto de elite –las oligarquías, los grandes políticos, los líderes intelectuales y culturales—no porque sean más “nobles” o privilegiados (no siempre lo son o vienen de círculos sociales pudientes), sino porque mirándolos se entiende mejor qué pretendían, qué hicieron y cómo lo hicieron. En el fondo, pienso que auscultándolos se entiende mejor la historia del poder en un país como el nuestro. Concedo que centrar la atención en ellos es arbitraria; a Salazar le interesa el mismo propósito final, pero cree que hay que cifrar la atención a partir y en torno a sectores desposeídos. La suya es también una visión parcial. Al final de cuentas, lo que importa es por qué se eligen estas estrategias de comprensión. Quisiera pensar que una historia como ésta sirve no sólo para entender el poder si no, también, para limitarlo, transparentarlo. Obviamente, se me concederá que dicha intención puede ser vista como bastante más que elitista. Los diagnósticos que yo hago pueden servir a cualquier doctrina o postura ideológica.
Usted expresa que Chile es un país precario ¿Considera que hoy lo sigue siendo?
Chile siempre ha sido pobre en recursos, distante de los ejes comerciales y culturales. Eso nos ha vuelto vulnerables, precarios, ocasionalmente miserables. Esa “situación”, en lo esencial, no ha cambiado mayormente con la globalización. Se insiste mucho, por ejemplo, que estamos mejor, que tenemos más mercado, más riqueza, pero sabemos que ese mercado es oligopólico, es deficiente, se accede a él sólo parcialmente. Sólo algunos bienes se han extendido; nuestras deficiencias en el reparto de los recursos, tanto internamente como en comparación con la riqueza mundial, es todavía muy limitada. Con todo, desde un comienzo, América y Chile han participado de un mundo más integrado. Otros bienes, los culturales, nos han permitido incorporarnos a ese “gran mundo”. De ahí que nos hayamos insertado a muchos logros benéficos de la modernidad. Nos hemos vuelto más urbanos y políticos; hemos auspiciado utopías tan de “allá” como finalmente de “acá”. Seguimos siendo un país vulnerable, pero en la medida que estamos conscientes de esa precariedad es que es posible exigir un papel digno, acorde con lo mejor que ese gran mundo ofrece.
Se acerca el Bicentenario, celebración que causa más entusiasmo, al parecer, en los herederos de “amos, señores y patricios” que de los descendientes de “labradores, peones y proletarios” ¿Cómo ve usted estos doscientos años? ¿Hay muchas cosas qué celebrar?
Para ser franco, veo poco entusiasmo por el Bicentenario y quizá eso no está mal. Si por Bicentenario se entiende una sarta de ceremonias, discursos altisonantes, ofrendas florales en los monumentos típicos, en fin, ofertas “oficialistas”, prefiero pasar el feriado en casa, mirando el mar, o viajando fuera del país. Si, por el contrario, estas efemérides sirven para repensarnos y reflexionar críticamente sobre nuestra trayectoria, lo que hemos hecho y no hecho hasta ahora en este continente y país, valdrá la pena. Durante el Centenario, allá por 1910, surgió una fascinante discusión de ese tipo. En ella participaron políticos, pensadores, líderes como Recabarren, Tancredo Pinochet, Francisco Antonio Encina, Valdés Canje. Podría volver a ocurrir. A veces estos momentos estimulan ese sentido crítico. ¿Hay muchas cosas que celebrar? Algunas. Pienso que habernos vuelto más políticos ha traído mejoras eventuales. Si yo fuera izquierdista, que no soy, valoraría por ejemplo el lado “revolucionario” o “democrático” del republicanismo. Recordemos que Allende llega a La Moneda con el mismo arsenal ideológico liberal que manejaban los que llamaron a un cabildo abierto en 1810. Buena parte de las ideas de justicia, de participación, y de representación que el progresismo actual valora están ya presentes en esas primeras décadas del siglo XIX. Hay ahí un capital todavía vigente y elocuente. Supongo que muchos estarían dispuestos a levantar una copa de vino y brindar al menos por eso.
Tras dieciocho años de gobierno de la Concertación ¿Podríamos afirmar en el 2010, que después de un siglo, hemos pasado de la República Oligárquica a la oligarquía de la Concertación ?
Los regimenes políticos que perpetúan y reproducen por largo tiempo a un grupo, a una ideología, a una clase social, suelen convertirse en oligarquías, grupos estrechos, celosos de su poder. La Concertación claramente tiene ese carácter. Pero, para ser franco no me impresiona esta oligarquía aliancista-concertacionista. La encuentro en exceso economicista, despreocupada de mejorar la política, la educación pública y la cultura. La historia tampoco les interesa mayormente, y eso, para mí al menos, es señal que ignoran o se contentan con no saber de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde podemos llegar eventualmente. Guardando las proporciones y distancias, las oligarquías de principios del siglo XX, me resultan más progresistas, más preocupadas del ámbito público y obras públicas, más plurales y liberales, menos autoritario presidencialistas, más entusiasmadas con liceos y educación de alta calidad, menos militaristas, y más dispuestas a dar representación a la pluralidad intrínseca de nuestra sociedad civil. Si hacemos la comparación –y ese es el tipo de reflexión histórica que se podría hacer en este Bicentenario—sospecho que nuestras oligarquías actuales quedarán en evidencia.
Publicada en revista Punto Final
