Como cada año, con motivo de “celebrarse” la encomiable y repleta de buenas intenciones “Teletón”, una profusión de diversas mercaderías está siendo ofrecida en la parrilla programática chilena de “nuestro tiempo” (Sin ánimos de ofender a Ortega). Toallas higiénicas, rodamientos, agua, falafel y avena: todo cuanto pueda ser vendido en las diversas multitiendas y supermercados.
El mensaje es bastante aclarador: si no se coopera, se es irremediablemente malvado. Cooperar significa adquirir los bienes materiales cuyos excedentes irán a parar a la Teletón, organización que tiene por funciones cardinales auxiliar a niños lisiados y quitarle un peso de encima al ministerio de Salud. Teletón, ora pro nobis.
¿El fin justifica los medios?
Hay que admirar los logros de la Teletón: se ha patentado en la conciencia fetichista nacional como el paradigma del amor y la piedad, de la solidaridad y la belleza sin límites. En Chile es muy mal visto hablar en contra de ella: quienes se atreven a poner en tela de juicio las dudosas intenciones de quienes regentan esta orquesta bufonesca dirigida por el “corazón de oro” Don Francisco, son castigados de inmediato por el pueblo y el oficialismo, ya que esta “dupla” defiende con mucho celo aquellas latosas, fútiles y melodramáticas horas de amor. Todo mundo se compadece de la niña/o elegida como símbolo para la nueva temporada, pues reúne las enfermedades, cansancios y carisma suficientes para tocar el espíritu de todos los telespectadores. No importa que los niños exhibidos en la Teletón sean despojados de toda dignidad al ser introducida su privacidad en los hogares chilenos, total, lo más probable es que una vez concluidas las transmisiones nadie se acuerde de ellos y ellas (Principio n°1: El amor y la pasión teletonescas son de corta duración pero muy intensas).
La mala fama de los disidentes de la Teletón se basa en la estupidez de las opiniones emitidas. En la mayoría de los casos, quienes se oponen a esta matriz del amor Chilensis, por ningún motivo cuestionan a la institución en sí; al contrario, sólo despotrican contra Mario Kreutzberger pues consideran que él seguramente recorta sustanciosas ganancias de las donaciones. Tales teorías y suposiciones son las que echan por tierra cualquier voluntad de criticar efectivamente a la Teletón pues si existe algo verdaderamente intrascendente y carente de importancia, es saber si Don Francisco percibe o no los “jugosos dividendos” ¿A quién le podría interesar este argumento, si efectivamente hay niños enfermos que siguen un tratamiento en las diversas sedes de la Teletón? Yo mismo conozco casos de personas que desde muy pequeñas ingresaron a los centros de rehabilitación y vieron mejoradas de forma sustancial o somera sus desafortunadas vidas; y es que si no es en la Teletón ¿En qué otro centro podrían tratarse?
Lo que sin duda preocupa es que en Chile una vez más el fin justifica los medios. El fin de la Teletón, su sentido de existencia, es auxiliar a niños enfermos de los diversos estratos sociales ¿Quién podría estar en contra de tal dadivosa misión? Creo que nadie, a no ser que por estos días se mantenga comunicación a través de los Arcanos Mayores y la Ouija con Adolf Hitler, Walt Disney y Josef Mengele. Ahora bien, buenas intenciones hay en prácticamente todas las instituciones del Estado; lo que a los disidentes debería preocupar es cuáles son los medios empleados para alcanzar los fines establecidos ¿Cuáles serían éstos? He ahí nuestro problema con el supuesto amor y otros valores cristianos vinculados con “la gran obra”…
En primer lugar, la Teletón es una fiesta televisiva; contrapunto y canon de mediocridad y estupidez, de politiqueros y juglares revolcándose al unísono en la cochambre del rating: la oportunidad perfecta de reunir popularidad. Para juntar los miles de millones de pesos necesarios para solventar la Teletón (y necesarios para quitarle preocupaciones a nuestros representantes) se acude al gran empresariado para saber si tendrían la bondad de mendigar los excedentes de sus ganancias a esta gran obra. Los presidentes y gerentes dan su visto bueno pero ¿Bajo qué condiciones? Engatusando y alienando a la ciudadanía con propaganda comercial proyectada hacia el infinito, originando una conciencia populachera tan mala y atroz, que quienes le dijimos “no” a las rubicundas señoritas que pedían autorización para pegar los cartelitos del corazón en nuestras casas, recibimos el más profundo, sublime y grandioso rechazo.
Y vaya que tienen éxito. Las bebidas, las hamburguesas, las jofainas y salchichones presentes en esta verdadera fiesta y oda al capitalismo, se venden a un nivel inconmensurable, enriqueciendo aún más las arcas privadas destinadas a la construcción de mansiones y piscinas. El vulgo claro está, sabe con exactitud que su corazón es noble y generoso, pues en las horas del amor habrá ministras y senadoras debatiendo su honra y su pasión en una pichanga con las modelos y conductoras de la vida y la televisión. Por el lado de la mística y la filosofía la Teletón se dedica a prepararlo absolutamente todo ¿No es amor y felicidad el dualismo ofrecido por Mabe, la nueva marca que está con la Teletón según nos indica Vivi Kreutzberger? ¿Y contra nuestra enfermedad y preocupación, Tapsin no es la solución? Según las empresas de los sucedáneos de la leche, el sur del país se encontrará prácticamente deshabitado pues hombres, mujeres, niños y ancianos contemplarán la televisión todos juntos en una misma pieza, con un arrobo increíble, maravillados hasta el paroxismo, derramando lágrimas toda vez que la música de Ennio Morricone engalane las historias patéticas de niños sin piernas y brazos, explotados en su dignidad para justificar los favores del sistema establecido. Y de vez en cuando la estolidez de los sentimientos bajos aglutinados en ese potpurrí de clichés y lugares comunes dignos de folletines venezolanos, se verá interrumpida por los grupos musicales, modelos, futbolistas y conductores de eventos que contemplan en la Teletón la oportunidad ideal para exhibirse y sacar brillo a sus capacidades, engatusando a la teleaudiencia con todas sus artimañas, asegurándose un sitial en la transmisión del próximo año para así perpetuar su existencia en la concepción de mundo de las audiencias.
Ningún fin justifica necesariamente los medios, por muy encomiable que este sea. Resulta por decirlo de alguna forma, grotesco el hecho de que para sanar enfermos (Nos pasan responsabilidades emocionales y estatales sin ningún pudor) se tenga que someter a la ciudadanía a una francachela de consumismo y solidaridad baladí; nosotros no debemos inmiscuirnos en esta faena. Que otros donen sus pesos si consideran que las neuronas y la verdadera pasión se ven reflejadas en las fruslerías aglutinadas en el mercado, rotuladas con pestañitas escarlatas, objetos de adoración para los fetichistas que se saben miembros de la gran obra.
