De todas formas constituye una falta de respeto al goce estético ajeno comenzar a vomitar enojo y rabia contenida contra una actividad frente a la cual toda actitud está mediada someramente por el gusto. En efecto, el único atributo verdadero del fútbol es que para disfrutarlo y entenderlo, sólo precisa estimular nuestros sentidos como lo haría un heladísimo refresco de cola; de ahí que todo análisis, todo estudio minucioso viene antecedido por el fanatismo. De ahí que el fútbol como cualquier otro deporte está absorbido por los imperios de la simpleza… ¿No es una total pérdida de tiempo descargar nuestros dardos mortales contra el fútbol, si al fin y al cabo no es otra cosa sino un gusto más de las audiencias? Entonces ¿Cuál es el motivo de esta columna?
La idiotez y la imbecilidad liberadas de súbito. ¿Habrá algo más insoportable y unidimensional que un hincha? Pienso que no ¿Qué es un hincha? Más allá del acucioso análisis científico que podrían realizar los especialistas del campo de la veterinaria, se entendería por hincha a aquel sujeto iracundo y pendenciero, horrible física y moralmente, que encima tiene la tupé de descargar su alegría y amor por la pelota y por sus ídolos contra objetos inanimados y de propiedad pública, como semáforos, paraderos de autobús, e inclusive la resistente naturaleza urbana. El hincha promedio es sujeto de barras bravas “de arriba o de abajo”, abunda en círculos de pobreza o riqueza, de delincuencia, universitarios y profesionales: todo se anula frente al poder hipnótico de una pelota y bajo el hechizo de esas canciones ridículas que todo mundo reconoce como lo más alto y elevado a lo que puede aspirar la alegría y la desdicha de los hinchas. Ante todo, el hincha está hinchado de estupidez. Escenario 1: la ganancia Cuando la selección nacional o el equipo predilecto ganan la partida, el jolgorio popular es inconmensurable. Ulterior a la derrota argentina, los hinchas atiborraron los sistemas de transporte públicos y privados: banderas, himnos, lambadas y chauvinismo de pesebreras aumentaron satisfactoriamente a favor del grandioso equipo chileno ¿Qué mejor para el nacionalismo que haber puesto el pie encima del ego trasandino? Toda superación intelectual, filosófica, educacional y cultural del país vecino queda absolutamente anulada con motivo de la derrota frente nosotros, de manera que algunos por fin encuentran acicate para espetar aún más fuerte la inferioridad de los argentinos, por supuesto copiando descaradamente hasta el acento gaucho a la hora de entonar las canciones de excusado que abundan por doquier. La crisis económica y cualquier otro problema local quedan absolutamente relegados al anaquel del olvido, porque la cerveza y el éxtasis provocado en no más de 60 minutos permite olvidar cualquier cansancio y renunciamiento, acá somos todos hermanos, viva Chile mierda, quién se pone con la chupilca. Por desgracia, las aún más bajas pasiones también encuentran su lugar durante las odas a la pelota, habiendo mucho vulgo dispuesto a expresar su amor y su satisfacción a través del hurto descontrolado de billeteras, ollas, sartenes, televisores y señaléticas, a cuanto sujeto desprevenido encuentre la chusma a su paso o a cuanto boliche se encuentre abierto en las cercanías de la plaza Italia. Y los lacayos gubernamentales, los carabineros, aprovecharán de desquitar su rabia contenida durante todo el tiempo que han soportado la mala decisión de haber ingresado a un trabajo tan mediocre, e hipso facto golpearán a culpables e inocentes provistos de un hálito exclusivo, con sus lumas, con sus deprimentes corceles, y tratarán de dar rienda suelta a su infelicidad y resentimiento con sus berreos guturales repletos de exigencias bucólicas y desprovistas de cualquier voluntad individual… Ecce Hommo Chilensis. Escenario 2: la derrota Nada peor para nosotros que la derrota. Aquí simplemente la Hinchada no encontrará límites para desquitar su ira: palizas, destrozos, jadeos, risas, lágrimas, asesinatos, besuqueos y patologías múltiples. La población precisa mantenerse enclaustrada en sus hogares, mientras una orla de ¿seres humanos? exhibe rabietas fuera de todo control y orden establecidos. Los hinchas ya no cantan ni bailan, no sonríen ni rapean, ya que todo jolgorio y felicidad han sido reemplazados por el absoluto vacío existencial ¿Qué será de la vida ahora que Colo Colo, la Chile o la Selección perdieron la partida? Sin duda los sentimientos más auténticos y elevados –seguramente- subyacen a la desdicha y escasez de solaz de los fanáticos; imbuidos en un dolor y bajeza de las emociones, en una desidia y soledad carentes de toda cura, la hinchada destruirá y asaltará sin contemplación, y los hombres y mujeres se castigarán imponiéndose ellos mismos escarmientos de toda índole, al fabricar una recia hoguera con todas las camisetas sudadas y perfumadas con alcohol, ladillas y bicarbonato, en el medio de los lugares más concurridos de los espacios urbanos, donde seguramente aparecerá Satanás con un dejo de ira en la mirada y un dedo perentorio, convenciendo a los hinchas de que la suerte está echada. Lejos de todo humor y resignación, de todo respeto y desprecio, el fútbol en sí mismo es una inclinación individual y colectiva, y tal es su única verdad. Pero en el devenir nosotros precisamos soportar la dura faena que constituye oír las suplicas a la deidad establecida, las canciones de cuna y los resuellos populacheros, que se resisten una y otra vez contra la vida, porque mientras todo el mundo está pegado a los televisores siguiendo con un arrobo increíble el porvenir de una pelota, la realidad se viene cada vez más abajo, y las ciudades son más y más feas, y la existencia se transforma en un infierno perverso donde sin lugar a duda no existe sitial para los débiles… anibal.venegas@gmail.com