Son hábiles aprendices, con sus equipos, del extranjero, hacen creer que pertenecen a dos bandos en lucha siendo tan idénticos que los empresarios les entregan dinero a ambos.
Es un empleo de bajo prestigio social. Sus remuneraciones permiten cambiar de casta así en los sectores bajo y medio bajo no vive prácticamente ninguno. La característica fundamental es el acomodo, de revolucionarios pueden convertirse en conservadores, de golpistas en demócratas, de izquierdistas marginales en semiasociados con pequeñas ganancias. Si de candidatos vienen a las casas pobres se olvidan; su compromiso es con ellos mismos, sus familiares y clientes. De no realizar lo que han dicho en algún discurso para ser votados continúan en el cargo y posiblemente en ascenso porque no hay forma de castigar los incumplimientos.
La razón de por qué la gente les marca en la boleta es que están bien organizados y la persona común aislada. Además son parte de una máquina que ya está cuando se nace que incluye los sacerdotes, los militares, los patrones, los jueces, los diarios, la propiedad, las cárceles. Aunque un enorme número no se inscribe o anula el voto, al sistema de representación no le importa pues le basta con los que crean.
Una gran alcahueta es la prensa que alienta una lucha de nombres, los detalles, las acusaciones mutuas, las encuestas, haciendo pasar desapercibido si hay propuestas alternativas que valga la pena resolver democráticamente, llegan a no dar espacio a las corrientes de cambio con el argumento que no pueden ganar y así logran, queriéndolo o no, que se debiliten.
Hay políticos grandes, son indispensables. Los doctores Salvador Allende y Ernesto Guevara, son dos ejemplos. Han surgido y crecido en Ecuador, Bolivia, Cuba, Venezuela. Pero la gran mayoría en estos lados son simples políticos.
