Ante la existencia, dice Albert Camus en “El Mito de Sísifo”, se puede ser Perogrullo o Quijote. Los perogrullos se allanan a la evidencia, blanden a la realidad el cinismo; los quijotes, por su parte, desesperan de la experiencia llana y le inventan mensajes, causas y sueños. Le idean pretextos. Al final del libro parecería que Camus aboga por el camino intermedio: espera que Sísifo, ese griego condenado a cargar eternamente una mole por una cuesta, lo haga sonriendo.
La sociedad del miedo, que hoy parece consolidada en buena parte del mundo, bien puede hacer las veces de un Sísifo. Sus sujetos (narcotraficantes, terroristas, secuestradores, militares, civiles, autoridades), determinan cada vez más sus agendas en torno al terror, a combatir sus agentes o proteger sus negocios; pero de la cima, la piedra cae de nuevo al valle para todos, infinitamente.
El panorama, al menos en un primer momento, nos veda la solución sonriente de Camus. ¿Quién puede sonreír inocentemente después del 11 de septiembre neoyorkino, de las guerras de Medio Oriente, de las narcoguerrillas colombianas, del Grito en Morelia? Al menos los perogrullos no. La evidencia a la que pueden allanarse hoy es que nada les garantiza nada, ni siquiera su cinismo. El equilibrio de fuerzas no siempre les favorecerá (quizá a muchos nunca les haya favorecido), y de ahí viene su desesperación, que los resuelve a regatear territorios o capitales a sus enemigos (y con esto no afirmo que los delincuentes sean los únicos perogrullos). Sin embargo, las respuestas de los quijotes no siempre han sido las más adecuadas o inocentes. Protestan, opinan, llevan agua a sus molinos (de viento), y piensan demasiado en elecciones e indicadores de popularidad, como el Quijote pensaba en su Dulcinea. Los “buenos” del drama se quedan con su bondad, sus discursos, sus buenas intenciones, pero eso poco a poco los vuelve los “malos”. Los “buenos civiles” piden renuncias, los “buenos autoridad” emiten planes de acción y comunicados de prensa conjuntos. Pero hasta el momento lo único evidente ha sido la ingenuidad del bando quijotesco y, por qué no decirlo, en muchos casos también su hipocresía. El problema del miedo difícilmente se resolverá en el corto plazo, no agitemos las esperanzas inútilmente, porque el efecto del miedo es más persistente que cualquier medida tomada contra la inseguridad.
Una de las causas es la naturaleza equívoca de nuestro objeto del miedo. Pese a los decomisos y arrestos cotidianos, el enemigo está lejos de quedar plenamente identificado. ¿Contra quiénes pelean los quijotes de la seguridad? Al menos en el caso de Morelia, contra fantasmas que cualquiera puede nombrar y apellidar. Lo hizo alguien en cuyo arsenal constaba un par de granadas, sí, pero una granada la puede comprar uno en el mercado popular de Tepito, según me ha contado un par de taxistas. Toda proporción guardada, con este caso pasa lo que en las películas de terror en que el monstruo o agente del miedo no es visible: el efecto es más intenso y perdura porque la Gestalt de ese oscuro objeto es completada por los espectadores, enriquecida por la imaginación agitada. En un contexto como este, el fantasma puede encarnar en lo que sea, y esa posibilidad es, al menos en un primer momento, tanto o más temible que los hechos. No por nada los gobiernos del país y el extranjero se apresuraron a darle nombre al culpable de los atentados en Morelia: “narcoterrorismo”. Pero he oído o leído nombres más sorprendentes: terrorismo internacional, guerrilla, la izquierda, la derecha, las autoridades mismas (el EPR dixit), etcétera. Las especulaciones no siempre son bienintencionadas, y ya se insinúan como argumento ad hoc para cualquier agenda de intereses. Es parte de las fuerzas – conscientes o no – que coadyuvan con la derrota eterna de nuestro Sísifo.
Quienes defienden la tesis de que el terror proviene del mismo sistema, se suman al bando perogrullo. Aunque pueda argüirse que el capitalismo global demanda mercados del miedo, compuestos por consumidores aterrados que darían lo que fuera por asegurarse la vida y la propiedad, y que esto mueve unívocamente el mecanismo de la inseguridad, estaríamos dejando irresoluto el problema de las consecuencias del terror: el miedo de cada uno, que flota en el aire y crece, y que realmente sólo fortalece ese posible modus operandi del supuesto “sistema”. Además, hace mucho se sostienen opiniones semejantes. ¿Qué tienen de novedosas hoy? Que tienen mayor efecto, porque apelan a las sensaciones de miedo preexistentes. Al respecto, creo que debemos ser cautos, porque sólo la conciencia de cada uno da crédito o no a lo que se oye. Convendría invitarnos a anteponer la crítica al miedo.
El doloroso suceso de Morelia nos inspira la sensación de despedida de toda inocencia sobre el tema de la inseguridad, así como la distinción entre el problema “tradicional” de la inseguridad con respecto al cada vez más intenso del miedo; y con ello nos queda la opción de asumir una parte de la solución sobre nuestro propio miedo personal, es decir, no precipitarnos en el vértigo del terror, no asociarnos a la sociedad del miedo (que es diferente a allanarnos a nuestros males perogrullamente, o negar las dimensiones del problema quijotescamente). El miedo es mal ingrediente para una democracia. Los gobiernos, de cierto, poco o nada pueden hacer por curarnos la paranoia individual. Por atacar los motivos de que ésta se nutre, casi todo. Si el pensamiento y la acción públicos no se orientan por un esquema racional mínimo, por un abordaje crítico de la situación que apueste a confrontar el problema con valor y sobriedad, sino por el automatismo emocional, entonces los emisarios del mensaje de Morelia habrán conseguido, quizá, su objetivo: abismarnos en el terror y regularnos bajo su influjo.
*Silvano Cantú (Monterrey, 1984) es licenciado en derecho por la UANL y actualmente estudia la maestría en derechos humanos y democracia en la FLACSO México. Ha trabajado en el sector social y el público en temas relativos a los derechos humanos, la accesibilidad de servicios jurídicos para grupos vulnerables y el desarrollo sustentable. silvanocantu@gmail.com
*Silvano Cantú (Monterrey, 1984) es licenciado en derecho por la UANL y actualmente estudia la maestría en derechos humanos y democracia en la FLACSO México. Ha trabajado en el sector social y el público en temas relativos a los derechos humanos, la accesibilidad de servicios jurídicos para grupos vulnerables y el desarrollo sustentable. silvanocantu@gmail.com
