Qué joyita de estreno. Audiovisualidad de época, me parece sentir los fines de los setenta cuando en Villa Grimaldi los gritos de nuestros muertos eran ahogados por el Festival de la Una y el Nazismo a la chilena campeaba en gloria y majestad.
Poco se ve en los nuevos cineastas chilenos un salto tan grande entre su prima Fuga y esta segunda película de Pablo Larraín que bien hacen en compararla con el Chachal de Nahueltoro.
Por las fuerzas actorales de Alfredo Castro y Héctor Ríos.
Pero que la película impresiona, impresiona. Mi hermana la fue a ver y salió con dolor de guata.
La violencia en que se va criando este ser va de la mano de la locura. Los muertos alimentan a este Cóndor cesante con sueños americanos. Una posible lectura de 2666 de Roberto Bolaño.
La simulación de los especialistas.
Lo que dice Ascanio Caballo sobre la escena donde sus compañeros de Quinta de Recreo le muestran unos pasos de baile y este dice…Es que no están en la película.
Todo lo que no está en la película que Tony tiene en su cabeza, no existe o existe en una borrosidad que es horrorosa. La delación generalizada por el miedo. La supervivencia. Mirar la tele.
Y Maluenda haciendo de Maluenda. Comentándole desde el aparato que además debemos estar mucho mas felices porque evitamos una guerra con Argentina.
Tres islas deshabitadas hasta el día de este estreno.
Larraín se pregunta sobre el cine dentro del cine. El viejo cine Normandie y su viejo maquinista que comete el error de sacar la película donde Travolta representa a TM.
Mientras Teme, casi solo en la sala, va entrando en sus orgasmos por ser alguien: Otro.
Y corre, corre el personaje, por los barrios abandonados, por los sitios eriazos donde la ley de la selva era la única ley, corre para intentar ser ese otro. Correr con el televisor robado y a color ensangrentado.
Las que mantienen a este ser que quiere ser otro son un grupo de mujeres notables actoras. Amparo Noguera. La joven. La Abuela.
Pero todas también quieren ser otras y ven en este marciano inútil, por último la famosa fuerza asignada al Caníbal.
Alguien que las defienda del final de la teleserie.
Los ceneí que matan al compadre en el puente por andar con panfletos subversivos son hombres. Los que finalmente entran a la quinta de recreo también lo son.
La película nos acerca a una reflexión más dura.
La de los setenta. Un diálogo de cine a cine a cine a memoria.
El Chacal de Nahueltoro. Palomita Blanca.
Y este segundo pálpito teatral, talentoso.
Un decir bajo las tres marías.
De lo que conozco agrego al maestro Ruiz, que nos dejó Palomita Blanca.
Esa gran película creo de 1972, basada en la novela corta de Enrique Lafourcade. Que da cuenta del ambiente de aquellos años de pintadas y combos. Una al inicio de setenteo y otra el final
Como dice Benito Blondel con todo el Toyo a la parrilla.
En TM de Larraín, es otro intento audiovisual de memoria nuestra.
En Palomita Blanca hay algo de documental, hay una fragmentación más exacta del archipiélago chileno.
Eso era un alegro andante.
Hay un asombro de las premoniciones tenebrosas.
En Barnabás Collins mirando por la ventana.
En Manero ya se cumplieron las profecías.
Y Tony pensó que corría solo.
Cuando ya están al aire y comienza en dancing y el otro chico gana el concurso.
Y el ganador con la novia se sube a la micro amarilla de vuelta a casa.
Y Tony se sube a la siga.
Algún día será primero, cuando los otros se bajen en Borges.
…Y usted lector no puede hacer nada.
….Si.Salir del cine.
*Jordi Lloret es poeta
