Habrá que decidir bajo que parámetros se contemplará la vida: desde la óptica del merengue y las buenas intenciones de un cristianismo de hocico que ruega por el alma y el cuerpo, o a partir de la construcción histórica realizada por el sujeto ¿Cuál es la alternativa que incumbe a los chilenos? Sin duda la primera, aquella que ora por el perdón de los pecados, por el egoísmo humano de proyectar los sentidos hacia una realidad eterna. De ahí nuestro delirante atraso, de ahí la todavía in vogue discusión por los métodos anticonceptivos ¡Y qué decir del aborto!
“Constitucional, la ley de aborto en el DF […] por 8 votos a 3 los ministros consideraron infundada la acción de inconstitucionalidad. La reforma capitalina, dictaminaron, no violenta el derecho a la vida ni principios de aplicación de la ley”, son las primeras líneas que aparecieron hoy en la Jornada de Méjico on-line ¿Y en Chile qué? En nuestro país urge preocuparse por la cuestión del aborto, que para la realidad actual del universo mujeril –sólo a ellas incumbe tal decisión, sólo ellas cargan el pesado fardo de una posible vitalidad- está duramente penalizado en todas sus formas según el Código Penal. Más allá de las narices y las garras de la derecha chilena inmiscuidas en la materia (saben que una ley permisiva con el aborto les quitará la posibilidad de obtener mayor cantidad de esclavos) precisamos reflexionar respecto a cuál es la concepción de vida que impera en el país y que a fin de cuentas, será el prisma con el que se contemplará cualquier decisión vinculada al poder de la voluntad de nuestras mujeres aún desplazadas y silenciadas.
No constituye un lugar común el afirmar una vez más que toda discusión vinculada a la distribución de la píldora del día después o el aborto terapéutico, obedece a morales y construcciones metafísicas del Hommo. Para el común de los chilenos (hombres y mujeres a “la medida” de su vomitivo señorío) la vida es una cuestión de religiosidad, de praxis terrenal y goce eterno reservado al regio mundo ulterior; el limbo queda al margen ya que la iglesia católica ha demostrado científicamente su inexistencia. Nosotros los escépticos preguntamos ¿Por qué se mantiene en vilo la investigación en el campo de la Deidad, los ángeles, los santos y la paria de la concupiscencia, Virgen María? Por la sencilla razón de que en sociedades atrasadas como la chilena, donde las estructuras falocéntricas todavía ejecutan un poder sin límites, la mujer aún es contemplada desde la óptica del rechazo y se le observa como la bestia de carga cuya única naturaleza es la idiotez inmanente y una histeria propia del género. De ahí que el catolicismo se acople perfectamente al “pensamiento” de los recios gentiles que reservan el poder, la voz y el voto única y exclusivamente a los hombres, ya que ellas por tradición precisan mantenerse al margen, ninguneadas por haber tenido la iniciativa a la hora del contemplar el lecho con otros ojos, a la luz de la pasión y el instinto. Así al menos lo entendemos a partir de lo que aparece descrito en el libro “Génesis” de la Biblia.
Sin embargo existimos en la Sociedad de la información, de la tecnología del rechazo y la desidia, con maquinarias capaces de convertir el cielo en ácido sulfúrico y las ballenas en aves migratorias. En nuestro tiempo –no es una idea original; viene gestándose desde el Hegelianismo- la vida es una cuestión eminentemente histórica, que se transforma, estira, encoge y fluye en el devenir, y en la que participan sujetos armados de percepción sensible. “Todo es voluntad” dijo alguna vez Schopenhauer, voluntad de poder reafirmó Nietzsche, y desde aquel prisma tu y yo construimos historia, realidad, filosofía, arte y ciencia. En el in se no hay “nexos causales”, no hay “necesidad”, no hay “determinismo psicológico”; allí el efecto no es una consecuencia de la causa, allí no hay ninguna ley. Nosotros, nosotros solos, hemos inventado las causas, las sucesiones, la relatividad, la necesidad, el número, la ley, la libertad, el motivo, el fin, y si mezclamos a las cosas reales este mundo de señas convencionales, será que continuemos haciendo mitología, como la hicimos hasta hoy. En la vida real no existen más que voluntades fuertes y voluntades débiles (Nietzsche, Más allá del bien y del mal).
Y si concluimos finalmente que la existencia o no de Dios y de toda la delirante verborrea fabricada por mentecatos de la renuncia y el silencio en honor a él, obedece no a la causa primera ni a la supuesta esencia de la vida, sino a la historia y a la construcción que de ella han realizado hombres y mujeres ¿Por qué habríamos de impedir el triunfo de la voluntad mujeril, el normal cumplimiento de los deseos femeninos de ser o no ser los canales para traer al mundo una nueva vida? Porque la concepción cristiana manejada desde las cúpulas del poder y vomitada a través de infinitos medios, ha atrofiado a tal punto nuestra hoy en día mala conciencia, que se cree ilusoriamente que desde el momento de la unión de un óvulo y un espermatozoide ya hay vida; y de seguro que el alcohol bebido por dos amantes de quince años bajo un manto de estrellas durante una jornada de sueños de una noche de verano, los jadeos, las cursilerías y el torpe erotismo liberado, fueron al unísono mera voluntad de Dios, mientras que la masturbación es guiada por la mano invisible de un Satanás que anhela angelitos liberados por el inodoro; pero tal cuestión poco interesa ya que los hombres somos patetas que nos sabemos de ante mano perdonados por el padre celestial ¡Sólo las mujeres precisan soportar los castigos cristianos! ¿Qué significa para nosotros el fruto de esa unión de penes y vaginas? Tecnicismo, superchería, la prueba fehaciente de nuestra delirante humanidad, una cosa que puede o no constituir un útil, ente sobre el cual sólo una mujer precisa decidir su ordinario crecimiento.
Pero Chile, la sociedad del patronazgo, de la indios pseudo humanos y los encomiables pacificadores, nación de la futilidad y la demencia, obedece a pie juntillas los mandamientos de la deidad. Cabe consignar que sólo en este aspecto, ya que la multiplicación de los panes y el respeto a la verdadera vida, es decir, la del devenir, la del ser y el tiempo, la de hombres y mujeres capaces de construir historia a partir de la razón y la belleza, es negada una y otra vez por los patrones que precisan mantener esclavos ¡Vaya paradoja! Está prohibido interrumpir la pseudo vitalidad de un existente que todavía se suspende en la incertidumbre lingüística, del romanticismo y la filosofía, y sin embargo aquellos olvidados y desaparecidos, torturados bajo el régimen del tirano, sujetos que tuvieron un pasado, un presente y un interrumpido futuro, fueron relegados al último sitial de las necesidades: sus creencias les impidieron el derecho a la vida. Ecce Hommo Chilensis.
