En segundo lugar, las denominaciones de “democrática” y “progresistas” vendrían a constituirse en un mero formalismo para hacer la distinción en la papeleta de votación, sin fundamentación teórica y proyecto histórico-político (Zemelman, 1992, Vol. 2, pp. 27 a 46). Y en tercer lugar, viene a representar el juego por el poder (político), número de votos, candidatos elegidos. En otras palabras, el proselitismo y la maquinaria política por cooptar la mayor cantidad de sufragios.
Los años no pasan en vano y aquella Concertación del arco iris, que en su época unió a democratacristianos, socialistas, radicales, al naciente PPD y a otros partidos como Humanistas, Izquierda Cristiana, Alianza de Centro, en la actualidad se reduce sólo a cuatro partidos políticos. Es decir, hoy en día tenemos la continuación de aquella Concertación política intra-elite; sin embargo, ¿dónde quedó la Concertación social? Aquella que en el programa de Gobierno de la Concertación de Partidos por la Democracia decía claramente “La organización de los grupos sociales particularmente de los hoy marginados de la vida económica y social, unida a procesos reales de descentralización y desconcentración del poder, harán posible avanzar gradualmente hacia una efectiva concertación social” (Programa de Gobierno, p. 11). Agregando que “a) El desarrollo en democracia requiere un grado importante de acuerdo social. Para lograrlo hemos planteado dos condiciones iniciales: el crecimiento y la justicia social con énfasis en los más pobres. b) Además de ella reconocemos como indispensable ofrecer múltiples espacios de participación, donde los actores por la vía de la concertación busquen soluciones adecuadas a los conflictos” (p. 31)
La sustancia y origen mismo de la Concertación, no esta conformada sólo por la superestructura Concertacionista y sus operadores, sus élites dirigentes, gobernantes, en su maquinaria política; su estructura más básica y elemental se encuentra situada en el sinnúmero de personas (sujetos) que en su época se organizaron para enfrentar al gobierno de Augusto Pinochet. Muchos de aquellos hombres (algunos anónimos) a través de su praxis lograron dar vida y alegría a la Concertación.
Fueron estos hombres y mujeres quienes con organización y valentía marcharon y protestaron durante los ochenta, teniendo como baluarte de lucha los “derechos humanos y el restablecimiento de un Estado democrático de derecho que garantizara un orden fundado en el respeto a la vida, la libertad y la justicia” (Programa de Gobierno, p. 3)
Aquellos sujetos que desde su particular realidad lucharon contra la dictadura, que desde la base misma de la sociedad dieron vida a la Concertación, que se movilizaron activamente, que dijeron NO a Pinochet, que han apoyado a través del voto a cuatro presidentes concertacionistas, se sienten cansados y han expresado progresivamente su desafección con la Concertación política-electoral.
Están fastidiados que les hablen de la política de los consensos (intra-elite), de la estabilidad y gobernabilidad, del discurso mediático del éxito y ejemplaridad del modelo chileno, tanto en lo económico como en la denominada transición a la democracia (Garretón, 2007, pp. 25 a 28). Que el carácter cívico de sus elites y la calidad de sus Constituciones, Instituciones y leyes han permitido que el sistema estatal chileno sea el más estable en América Latina; que las diferentes crisis han logrado ser superadas con soluciones racionales y de mayor consenso (Salazar y Pinto, 1999, pp. 13 a 19). El ciudadano, especialmente “los hijos de la dictadura y la transición” quieren y anhelan gobernanza local y legitimidad. No quieren ser cooptados y menos que los traten como borregos por la dirigencia de los partidos.
Entonces, porque no retomar aquella idea plasmada en el programa original de la Concertación de una concertación social, que, entre otras cosas “…tendrá como una de sus tareas centrales el fomentar la organización de la ciudadanía en múltiples instancias de tipo sindical, profesional, productivo, deportivo, cultural, educacional y fortalecer las instancia de poder local y regional, delegando en ellas una cantidad creciente de deberes y derechos que les permitan participar en forma activa y efectiva en la gestión de las actividades económicas, sociales y políticas” (Programa Concertación, p. 25)
Efectivamente existen dos Concertaciones, aquella de la coalición de gobierno, de las elites dirigentes, del poder por el poder (véase caso Schilling). Pero también existe la otra, la más laudable, la que (aun) se mantiene en el inconsciente colectivo, en la memoria histórica, la que un día fue capas de autoconvocarse desde las poblaciones, juntas de vecinos, sindicatos, ONG, Universidades, la que a través de una propuesta ética se levantó contra la dictadura.
Es en definitiva la que realmente ha dado el apoyo y el sustento a estos cuatro gobiernos Concertacionistas.
*Académico de Historia de Chile Contemporánea en el Depto. de Ciencias Históricas y Sociales, Universidad de Concepción.
