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Agosto 18, 2026

Ciudadanía de baja intensidad

Hace algunos años el profesor Tomas Moulian escribió un pequeño texto tan perfecto como doloroso, EL CONSUMO ME CONSUME, en donde prevenía respecto de un nuevo tipo de democracia, la democracia del consumo, y de un nuevo tipo de ciudadano, el ciudadano Credit Card.

Fue leído por un no seleccionado grupo de profesores y alumnos de una universidad vespertina en donde se mezclaban edades de entre 25 y 50 años, a quienes les pareció absolutamente normal que la nueva democracia tuviera que ver con las oportunidades y facilidades de comprar o vender productos, y de que el maximalismo de la práctica de la democracia fueran el respeto de los  derechos y deberes del consumidor, garantías sobre los productos y, sobre todo, la capacidad objetiva de adquirir.

¿Y que pasa con quienes no están incorporados a esa sociedad?

Muy simple. No existen.

Si por algún motivo el ciudadano suspende sus pagos pasa a integrar los boletines comerciales y se le niega acceso a todo el mundo objetivo de la demanda prohibiéndosele sus derechos, sus hijos no podrán llenar sus ojos de los atractivos productos exhibidos en las estanterías, y el paseo dominical por el gran mercado será una lata porque “el papá tiene bloqueada la tarjeta”.

Hace algunos años el PNUD levantaba estadísticas desastrosas respecto del deterioro del ejercicio ciudadano en todo nuestro sub continente. Los regímenes de relevo de las dictaduras se instalaron en democracias relativas y precarias y, merced a las componendas acomodaticias, fueron legitimando sistemas que  mantienen a los pueblos encerrados en límites lejanos, sólo dedicados a la obediencia y sumisión al poder. El despotismo, a veces ilustrado, de los gobernantes actúa bajo el principio simple de la desconfianza hacia el movimiento social y todo aquello que huele a lucha por los derechos ciudadanos integra parte de las prohibiciones y execraciones.  

Pero el comportamiento de los individuos alarma a los entendidos ya que “una democracia en la cual una proporción importante de la ciudadanía decide no ejercer sus derechos ni cumplir con sus deberes se encuentra en problemas”.

A juicio de los entendidos del PNUD esto tiene su raíz “en las debilidades de los Estados Democráticos, en la discriminación y en las desigualdades sociales extremas”.

Si, además,  no existen zonas objetivas de participación ni un Estado que garantice a las organizaciones un cierto cumplimiento responsable de sus propuestas, el sujeto ciudadano no se interesa y por tanto se margina del sistema.

El nuevo individuo – ciudadano, en Chile,  genera estadísticas  pasmosas. La gran mayoría tiene un profundo desprecio por la política y por los políticos.

Reiteramos que los derechos y deberes ciudadanos no consisten solamente en la obligatoriedad de concurrir a votar cada cierto tiempo, o en inscribirse en los registros electorales, respetar a las autoridades nacionales, pagar impuestos o cumplir con el servicio militar obligatorio.

Cuando los manifestantes, cansados de ser tramitados, destrozan la propiedad pública y privada en las calles de nuestras ciudades, sólo están pidiendo que se les escuche y atienda.

Pero nuestra sociedad no posee ninguna estructura que permita a los ciudadanos o sus organizaciones acceder a la autoridad.

Las organizaciones sociales, pobladores, sindicales, estudiantiles, campesinas, mujeres, existen, pero no tienen puertas de acceso ni al gobierno ni al parlamento ni a los ministerios, ni a las instituciones generales de la república, con una cierta garantía de que sus propuestas serán estudiadas con prontitud, respondidas y, en su caso, concretadas.

La situación interna de los partidos políticos, tema que alguna vez trataremos, es un fiel reflejo de la externalidad. Una muy pequeña proporción participa y sus eternos dirigentes se parecen al directorio de una sociedad anónima.

Es un escenario del caos en que el desarrollo del país se ha dejado en manos de unos quinientos elegidos que forman la maquinaria suprema del poder y los millones de seres humanos sólo constituimos una masa inapreciable, oscura y silenciada.

De esta masa salieron Neruda, Gabriela Mistral, Violeta Parra,  Arrau, Matta, que hoy tendrían bloqueada toda posibilidad de emerger.