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Agosto 18, 2026

Descifrar signos

Volver a los 14 después de vivir dos décadas en el poder le haría bien a la Concertación. Ese es el sentido político del gesto exasperado de una adolescente, de lanzar un jarro de agua a las banderas olvidadas. No sólo fue un gesto violento. Y este, por lo demás, habría que inscribirlo en un contexto de violencia física y síquica contra muchos estudiantes mal educados, es decir, mal preparados para la vida, y tantas veces defraudados en sus legítimas expectativas de una enseñanza de calidad.

Uno de los hechos más inspiradores de la vida nacional en los últimos tiempos ha sido el agua de un jarro lanzada al rostro de la ministra de Educación por una alumna de catorce años de edad. Decenas de crónicas y columnas se han escrito, muchas entrevistas y comentarios han tenido lugar en los medios de comunicación y los círculos sociales y familiares sobre la agresión de la niña Música Sepúlveda a la señora Mónica Jiménez. La mayoría, lamentablemente, ha puesto el acento en el desacato a la autoridad por una adolescente enfurecida y el respaldo que le han brindado a la agresora los dirigentes estudiantiles y del profesorado, así como la madre de aquélla, una impenitente activista social.

El problema de convalidar o no a la actitud de la alumna por parte de los profesores creó un problema dentro del gremio, porque se trata de un modelo de conducta que se vuelve contra los propios maestros en la vida diaria de la escuela. Golpes de puño y con objetos contundentes ya se han registrado varios últimamente y esto puede seguir, en una espiral de violencia que puede dañar la enseñanza.

Pero el problema no es sólo social, sino también político. Más que contra la autoridad de los profesores, el gesto de Música Sepúlveda se dirigió claramente a la autoridad política, a la ministra de Educación y no a la gestora de emprendimientos educacionales, aunque éstos se desarrollen en un sistema administrado por los gobiernos democráticos desde 1990.

La ministra Jiménez se permitió no escuchar en una instancia de diálogo a una niña claramente exasperada. Y no prestar atención, si ya es enervante para un adulto, puede causar sensación de abandono y falta de apoyo en una adolescente. La Presidenta Bachelet fue elegida bajo el signo de la calidez y la cercanía y cada uno de sus ministros, con mayor razón las del género femenino, deben responder a ese modelo gubernativo.

Cuando los escolares viven todo lo que pasa en las escuelas se entienden la revolución pingüina de 2006 y gestos aislados como el de ahora, que se da en medio de una movilización de estudiantes y profesores muy mermada, con escaso poder de convocatoria. La Concertación ya recibió el gran aviso hace dos años. Ahora el agua lanzada a la ministra fue un verdadero jarro de agua fría a las banderas olvidadas. No sólo fue un gesto violento. Y este, por lo demás, habría que inscribirlo en un contexto de violencia física y síquica contra muchos estudiantes mal educados, es decir, mal preparados para la vida, y tantas veces defraudados en sus legítimas expectativas de una enseñanza de calidad.

Después del “jarrazo”, Música Sepúlveda supo conceptualizar su actitud. Y lo hizo no tanto con vehemencia como con coherencia y lucidez, aparte de exhibir una elocuencia que ya se quisieran muchos educadores. Fue música dura la de la escolar, con algo de hip hop desafinado y de rock pesado. Pero es un sonido contemporáneo que los adultos deben aprender a escuchar. En particular, a la Concertación le haría bien una paráfrasis: volver a los 14 para descifrar signos, después de vivir dos décadas en el poder.

(Comentario transmitido por Universidad de Chile Noticias, radio 102.5 FM)