Los venideros Juegos Olímpicos serán nuevamente el escenario donde Africa muestre las dos caras de su deporte: aislados triunfos individuales de un lado y del otro el enorme daño causado por la fuga de atletas hacia las naciones ricas. Con una población cercana a los mil millones de personas, el llamado continente negro acumuló 36 medallas en la Olimpiada de Atenas-2004, divididas en nueve de oro, 13 de plata y 14 de bronce.
Una estadística más reveladora es la referida al número de naciones africanas cuyos representantes subieron al podio de premiación: 10.
En Sydney-2000 el balance de preseas fue de 35, de ellas 14 de oro.
Cuatro años antes, en Atlanta-96, esa región sumó, incluidas 11 doradas.
Los resultados, más que sorprender, solo confirman la dura realidad socio-económica de un continente donde la pobreza, en la mayoría de los casos en su nivel extremo, constituye la causa de muchos otros males y también de los escasos triunfos deportivos en la arena internacional.
Las verdaderas raíces de este problema están en la propia historia africana, que se resume en siglos de colonialismo y neocolonialismo, flagelos que en muchas naciones desaparecieron formalmente hace tres o cuatro décadas, pero no sus consecuencias.
Por ende, la actuación de Africa en las citas estivales constituye una expresión de su bajo nivel de desarrollo y, más que de ello, reflejo fiel de su pobreza.
Fondistas de Kenya y Etiopía, velocistas de Marruecos y Mozambique, el fútbol de Nigeria, Camerún y Ghana, figuran entre las pocas noticias del deporte africano en las recientes Olimpiadas, a las que se agregan las de la Suráfrica postapartheid.
A modo de ejemplo, Etiopía fue el país de Africa que más medallas obtuvo hace cuatro años en la capital griega: siete. Ese total incluye dos doradas, tres de pata y dos bronceadas.
Si la pobreza afecta, el robo de talentos, un mal de los tiempos modernos, hace tanto o más daño al deporte africano.
La cara más conocida de este problema es la de los jugadores de fútbol, que son comprados por clubes europeos y de otras regiones en detrimento del deporte de sus respectivos países.
Los ejemplos abundan: el marfileño Didier Drogba y el ghanés Michael Essien, ambos con el Chelsea inglés, aportan más al fútbol del viejo continente que al de sus naciones. Igual lo hacen el camerunés Samuel Etóo (Barcelona) y el togolés Enmanuel Abedayor (Arsenal).
De esta forma, Africa continúa perdiendo a sus estrellas y talentos deportivos y a muchos de ellos hasta se les puede ver compitiendo no sólo en clubes extranjeros, como sucede en el fútbol, sino hasta representando a otros países.
La etíope Elvan Abeylegesse, quien ahora compite por Turquía, es uno de los tantos casos que el deporte mundial recoge como ejemplo en ese sentido.
Con estos antecedentes llega Africa a la cita olímpica de Beijing, donde una vez más la mejor actuación correrá a cargo de contadas individualidades.
Mas, lamentablemente en algunos casos tales los resultados pudieran propiciar el alejamiento definitivo de los protagonistas de sus lugares de origen para siempre, como consecuencia de la indiscriminada compra-venta de atletas.
