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Agosto 18, 2026

El desastre energético

El calentamiento del planeta no es un tema menor. La preocupación por el efecto invernadero pone en cuestión la forma de aprovechamiento de los recursos naturales y la manera en que el ser humano se apropia de ellos. El desarrollo del capitalismo  encubre la irracionalidad de la explotación del trabajo y el  poder  devastar  el planeta en nombre de la libertad de mercado.  Hoy, las nuevas tecnologías  y la concentración de la riqueza se unen en la lógica del capitalismo salvaje. La constante avaricia, la piratería y la insensatez constituyen la  seña de identidad del  estilo transnacional de crecimiento económico.

Su probable desenlace, si no se cambia el rumbo, es la extinción de la especie. Pero, según los defensores del neoliberalismo, no debemos preocuparnos,  la vida seguirá existiendo bajo otras formas. Las bacterias poblarán, junto a los insectos, la faz de la tierra hasta que el Sol se transforme en una estrella gigante roja.

Mientras el calentamiento  del planeta,  obra de los seres humanos, no provoque  mutaciones, la piel no se torne blanquecina, los pulmones  resistan o los virus no terminen generando diarreas y convulsiones, seguramente no se tomarán decisiones políticas, y quien sabe si  en la dirección adecuada. En cualquier caso, pasarán siglos.  La degradación de la especie, por ahora, es ciencia ficción. Hay que  ser optimista y ver el vaso medio lleno. El discurso dominante  juega con esta moneda trucada. El anverso: imponer tratados disuasorios tendentes a controlar la emisión de gases tóxicos y contaminantes de CO2, por ejemplo, el Tratado de Kioto. El reverso: las  investigaciones para el desarrollo de energías “limpias”, adjetivadas alternativas o renovables. Es su respuesta dentro de los parámetros de una economía social de mercado. Incluso,  ponen en el tapete como opción, la energía nuclear, soslayando, además de los residuos radiactivos,  la dependencia del uranio, mineral con reservas limitadas. Tanto monta, monta tanto.

En otro orden de cosas,  la élite política y las empresas transnacionales, dueñas de la producción de energía,  buscan trasladar el siguiente mensaje. Ellos son responsables y se comportan con rigor frente al cambio climático. Producen neveras, coches, aerosoles, etc, reciclables y poco  contaminantes. Son empresarios que apuestan por el futuro de las nuevas generaciones. Vuelven la vista hacia el planeta y se tornan  altruistas. De la noche a la mañana han dejado de ser capitalistas. Renuncian a los beneficios. Buscan un mundo mejor.

Pero la  realidad es otra. Han instrumentalizado las energías renovables y  transformado una alternativa en  mercancía. Se trata de seguir despilfarrando sin límite. Su sistema se fundamenta en el consumo  ligado a la rentabilidad. Buscan obtener el máximo provecho de la energía, sea solar, eólica, acuífera o proveniente de la biomasa.

Hoy, las empresas privadas ven en el calentamiento del planeta un gran negocio, y por ello  impulsan   megaproyectos en el campo de las energías renovables en connivencia con  el capital financiero y la complicidad de los gobiernos neoliberales o socialdemócratas. Las presas hidroeléctricas, los postes eólicos, y las agroindustrias latifundistas  de biocombustibles  son un nicho de oportunidades. De ellas se derivan  patentes, innovaciones y subproductos, siendo sus utilidades reinvertidas  para seguir devastando el planeta y profundizar la brecha entre países dominantes y dependientes o ricos y pobres, según se prefiera. Si consideramos América latina, las grandes transnacionales, Repsol YPF, Endesa, Iberdrola, British Petroleum, Exxon o Monsanto  se reparten un buen trozo del pastel.  Fagocitan todo cuanto está a su alrededor. La Patagonia, el Orinoco, la Amazonia, la selva subtropical. Su expansión  ha modificado el manto del subcontinente. El Plan Puebla Panamá es otra de sus  apuestas de medio plazo, más  ahora que incorpora a Colombia. En esta lógica,  tampoco debemos  despreciar su “mecenazgo” a la investigación. Forma parte de su lavado de cara, amén de  facilitar la deducción  de impuestos.  Sus aportes se centran en  apoyar experimentos  cuyo objetivo es  reconstruir las condiciones de vida terrestre en  planetas o en satélites cercanos   con el fin de  garantizar una pronta colonización  recreando un mundo  similar al que hoy se vive en Europa, Estados Unidos o Japón. Todo para preparar el éxodo una vez  que la vida en nuestro mundo se torne inviable. Clonar el error: depredar,  explotar, y consumir.

La idea de progreso lineal emergente con la revolución industrial, propia del capitalismo, debe ser cuestionada. Nada mas gráfico del error en el cual podemos caer al consumir energía sin  límite, lo encontramos  en uno de los pasajes de la obra de Julio Verne “La vuelta al mundo en ochenta días”. Para cumplir el objetivo de llegar a puerto, el protagonista,  hubo de proveerse, en el trayecto, de la  madera que formaba el esqueleto del barco. Devorado por su ambición, obtuvo el éxito personal, pero el barco fue consumido en su “epopeya”. El hombre lo poseyó sin  remordimiento. Podía construir mas barcos. Sobre dicha base, el actual orden político levanta su mito de irreversibilidad histórica. Sin embargo, con la destrucción de la gaia demuestra su falsedad, su ineficacia  en la gestión de las fuentes energéticas y en la protección de la vida y la naturaleza. Su único afán sigue siendo obtener dinero a cambio de quemar energía de forma espuria.

Pero existe otra quema de energía, la humana. La podemos definir como la enajenación del trabajo en la producción. Energía consumida bajo la forma de explotación cuyo principio es mantener la esclavitud solapada. El ser humano está siendo devorado  por el capitalismo. Roto el vínculo entre la naturaleza y la producción, el nuevo imperialismo se alza dueño del mundo.  Creador de un orden  deshumanizador y  totalitario, obtiene su  poder  destruyendo el planeta y despilfarrando las energías sean estas renovables o no. La alternativa sigue siendo anticapitalista y socialista.