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Agosto 18, 2026

El rector, Max Weber y Colombia

La mayoría de los columnistas chilenos que publican en el bipolio derechista, además de aburridos, son casi todos formados en escuelas estadounidenses y sus pronósticos están signados por un estrecho pragmatismo; la única excepción la constituye Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales.

No crean que le sobo el lomo: yo no trabajo en esa Universidad, por consiguiente, no tengo nada que ganar.

Aunque sí lo hace mi hijo Rafael,  lo hago solamente porque me agradan los columnistas cultos y con argumentos que, a través de pocas líneas, pretenden educar a esta beocia latinoamericana. En su última columna utiliza a Max Weber en el concepto de la legitimidad del poder, y del Estado como monopolio de la fuerza legítima.

No es necesario saber mucha historia para comprobar que Mussolini, después del Aventino, contó con la mayoría de la población italiana, incluso mi madre, como lo relato en un artículo anterior, cantaba la Juvenesa; los trenes llegaban a la  hora – cosa que no había ocurrido en la anárquica Italia – el “dopo laboro” constituía una genial forma de entretención de los obreros. Hitler también triunfó electoralmente y fue venerado por la mayoría de los alemanes, que veían en él el salvador de la Germania. Max Weber utiliza la categoría del poder carismático que exige una situación carismática. Pienso que el 92 por ciento de apoyo al presidente Álvaro Uribe Vélez no corresponde al poder legítimo, sino mas bien al carismático.

El carisma exige del líder éxitos resonantes y, en base a éstos, somete a la sociedad y a sus seguidores. Cuando el líder carismático, por distintas circunstancias, pierde su capacidad de éxito, de inmediato la sociedad deja de obedecerle. Antes de la liberación de los últimos cautivos, Álvaro Uribe se encontraba en una situación bastante precaria, pues la Corte Suprema, bastante proba en Colombia, había cuestionado la reelección de Uribe, a causa de un presunto soborno a una senadora.

Confieso que me ha sido casi imposible de convencer a mis alumnos de la Escuela de Derecho de la U. Bolivariana que lo que caracteriza al Estado no es la búsqueda del bien común, según el tomismo, sino la coerción. La mayoría de los cuentistas políticos, quizás salvo Hegel, han sido antiestatistas: para Carlos Marx es una excrescencia burocrática, para Saint Simon debe ser reemplazado por  la administración tecnocrática, para qué citar a Bakunin, Kropotkin y Malatesta.

Colombia debió un país-continente, como Brasil: tiene acceso a dos océanos, posee todos los climas imaginables – en menos de pocas horas pasas de la helada Tunja a la temperada Paipa, o de Bogotá a Melgar que, en tiempos del dictador Gustavo Rojas Pinilla, los malpensados llamaban a esos lares “mahechor, melgar y malgastar”, parodiando a los tres Reyes Magos, del Nuevo Testamento-. En minutos estás cociendo vivo en Tocaima, Girardot y La Dorada.  Además cuenta con el maravilloso Caribe, que se le olvidó a Dios castigarlo, dejándonos un paraíso terrenal, lleno mangos, guayabas, guanábanas, curabas; sus montañas son verdes y boscosas. Con mi esposa he recorrido en “chivas” destartaladas hermosos parajes, tanto del interior, como de la costa.

Por desgracia, Colombia tiene una historia bastante trágica: primero fueron las guerras  entre liberales y conservadores, después la Patria Boba, finalmente las mafias de los esmeralderos y, luego, el narcotráfico. Durante un buen tiempo, Pablo Escobar fue casi el dueño de la política colombiana. La oligarquía de los “delfines” se repartía el botín, incluso determinado, en alguna época, turnos entre liberales y conservadores. Tenemos varios presidentes corruptos, que más vale no citarlos –la historia los conoce bien- además, en Colombia asesinaron al líder político una gran promesa de cambio, Jorge Eliécer Gaitán, cuya consecuencia llevó a una rebelión desordenada, llamada “el bogotazo”. Entre los países de América, Colombia ostenta la rebelión popular de Los Comuneros, que precedió a la Independencia; es uno de los pocos países cuya independencia fue provocada por un conflicto sobre un florero, como pretexto.

Durante mucho tiempo, Colombia fue clasificada como un Estado frustrado o inviable, a partir de la era del narcotráfico. Usando las categorías de José Ortega y Gasset, sería un país invertebrado.

Personalmente, siempre he adherido a la no violencia activa, nunca he aceptado que la violencia sea partera de una nueva sociedad, pues siempre el terror sólo lleva a más terror. Así ocurrió con la Revolución Rusa, que terminó en el reinado del capitalismo de Estado, con KGB incluida; lo mismo pasó con la Revolución francesa que, pasando por el Termidor, llegó al imperio napoleónico; la mexicana, que de revolución campesina, terminó en le corrupto PRI.

La no-violencia activa no significa pasividad ante la explotación y la injusticia, por el contrario, se trata de congregar a las masas para hacer imposible el gobierno de los tiranos. Ingrid Betancourt ha demostrado ser, de lejos, la mejor política colombiana, hoy por hoy – podría ser una Policarpa Salabarrieta moderna- si persevera en su lucha, a lo mejor puede colaborar en el ansiado logro – no-violento- de la paz en Colombia.

Mientras Estados Unidos y Georges Bush a la cabeza del gobierno meta la nariz en Colombia, será imposible la paz – ya sabemos que este genocida es un enfermo belicoso que, donde envía sus tropas, termina por aniquilar los pueblos, como ocurrió con Afganistán y, ahora, con Irak, y con todas las ganas de meterse en Irán- los estadounidenses no sólo compraron a vil precio Panamá, sino que, ahora, hacen imposible una solución pacífica que lleve a Colombia a erradicar la violencia.

Los secuestros continuos ejecutados por Las FARC, además de una estupidez política y estratégica, los han conducido a la condena universal. El secuestro no tiene nada de revolucionario, por el contrario, favorece a la reacción, además de ser un genocidio moralmente abyecto. Es inútil persistir en una guerra absurdo, ya que los más afectados son  los pobres y campesinos colombianos. Hoy existe otro camino con la participación de todos los países latinoamericanos: la integración a la política de los milicianos de las FARC y de otros grupos armados que aún persisten. Las condiciones estarían dadas, por ejemplo, recurriendo al precedente del desarme del M-19, que dio lugar a una Constitución colombiana, bastante progresista.

Por otra parte, la para política no sólo debe ser combatida y erradicada de todas las instituciones colombianas. Los paramilitares deben pagar con cárcel los brutales contra indefensos habitantes de las veredas colombianas, pues son militares del narcotráfico, protección de gamonales y políticos corruptos.

La paz de Colombia exige una democracia participativa y de calidad, sin neoliberalismo y torpes tratados de libre comercio, que sólo favorecen a los norteamericanos.

Como lo sostiene el profesor Carlos Peña –basándose en Max Weber- el Estado exige el monopolio de las fuerzas legítimas, cuya sustancia la constituyen el respeto irrestricto a los derechos humanos, incluidos los económicos, sociales y culturales necesariamente. En este plano, Colombia aún deja mucho que desear a causa de la miseria, cuyo botón de muestra puede ser, por ejemplo, el barrio Bolívar, en Bogotá, y la existencia de miles de desplazados y exiliados.

La peor tontería que podría hacer el gobernante derechista y populista actual es emborracharse con su efímera popularidad y convertirse en un dictador elegido, por tres períodos consecutivos. Las elecciones nunca han sido una característica de las democracias y del Estado de derecho – en el mundo- en la RDA hubo siempre elecciones, el tirano Franco tuvo unas “cortes de papel”, y no por eso son eran países democráticos. Mientras no haya un respeto integral a los derechos humanos, jamás habrá paz.

Rafael Luís Gumucio Rivas