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Agosto 18, 2026

Cien años de Allende: Un cuento para Flavia-Luna

Hubo una vez en un país largo y angosto, al fin del mundo, entre mar y cordillera, donde existió una democracia, en que la gente del pueblo, los trabajadores, los jóvenes, se veían felices, se escuchaba  música en los barrios, se organizaban festivales, los muros tenían los colores alegres del arte pictórico -murales- en el cual muchos jóvenes participaban, los estudiantes y profesionales consagraban su tiempo libre en campañas de alfabetización, para que todos los ciudadanos de ese país supieran leer y escribir. 

Los niños como tú eran privilegiados, se propiciaron guarderías infantiles, salas cunas, que hasta entonces nadie conocía en los barrios y se les garantizó una buena alimentación.

En esa democracia se pensaba que el niño nace para ser feliz,  por lo tanto tenían matrícula gratuita en los colegios,  tenían libros, y eso es muy importante ya que la lectura es esencial desde pequeñitos. En ese tiempo se editaron unos libros buenos y baratos, al alcance de todos, por una editorial que se llamaba Quimantú, y no había entonces necesidad de comprar libros pirateados.

Los cuadernos y útiles escolares se entregaban sin costo alguno para los padres de niños de  enseñanza básica. Además a esos mismos niños se les daba desayuno y también almuerzo a aquellos cuyos padres no podían proporcionárselos por estar trabajando. Cada niño tenía asegurado medio litro de leche como ración diaria, para que pudieran crecer sanitos y fuertes como tú.

Todas estas cosas fueron posible porque en ese país democrático, había un presidente que privilegiaba al pueblo, el se hacía llamar compañero Presidente.

Su gobierno duró sólo 1000 días; porque había gente que no soportaba que él fuera un compañero Presidente, no soportaba que el reparto de las riquezas del país fuera equitativo. Los que siempre habían sido dueños de las riquezas, querían seguir siéndolo, no querían repartir con nadie, querían ser  más y más ricos, creían que Dios les había otorgado ese regalo; pero se olvidaban que ese mismo Dios había repartido los panes, como cuenta la Biblia.

Entonces, se empezaron a enojar cada vez más, hicieron cosas malas, querían entorpecer la gestión del país, escondieron cosas tan elementales como la alimentación de los niños, y la alimentación en general, especularon,  boicotearon. Cuando seas más grande podrás comprender estas palabras que sin duda no conoces aún.

Como de todas maneras y a pesar de su rabia no pudieron con el Presidente, llamaron a otros más malos todavía, a alguien que ellos consideraban su hermano mayor, que era como un ogro y tenía mucho poder y mucho dinero. El dinero que ese ogro grande les dio, lo empezaron a repartir entre personas sin escrúpulos,  a quienes no les importaban los niños, ni la gente del pueblo y vieron una ocasión para enriquecerse, a  cambio de dólares que era la moneda del ogro, vendieron sus conciencias, es decir, se comportaron como enemigos.

Los que eran dueños de camiones no quisieron trabajar más, total tenían dinero asegurado; y la alimentación, y otros elementos básicos no pudieron llegar a todos los rincones del país.

Las mujeres de esos hombres ricos, que se creían dueño de todas las riquezas del país, salían por la noche a tocar cacerolas vacías; ellas que jamás se habían ensuciado las manos cocinando, pues tenían sus amas de casa, las nanas, para que les sirvieran. Como eso tampoco fue suficiente para echar al Presidente, fueron a buscar a los militares.

Era más fácil con armas y que importaba, si las balas las recibirían esos pobres que estaban siendo felices siendo que habían nacido para sufrir;  que se imaginaban, que podían sonreír igual que ellos, que podían ir de vacaciones igual que ellos, que podían enviar a sus hijos a la escuela, todo eso era una calamidad, idea de comunistas, de socialistas, de ingenuos que les creían y los apoyaban. Rotos de porquería.

Las malvadas señoras, se llenaron las carteras de trigo, y se las fueron a tirar a los regimientos a los soldados, para tratarlos de “gallinas” que para ellas era sinónimo de “cobardes”. Es sus tardes de ocio, en sus salones, inventaron una y otra triquiñuela, hasta que llegó un día en que convergieron todos los malos, los ricos, los que se habían enriquecido, los enviados del ogro grande y los militares, organizaron una gran fiesta con manjares exquisitos que mantenían ocultos, con el mejor champagne francés; con fuegos artificiales, porque habían decidido en secreto, que ese día, que fue el 11 de septiembre de 1973, sacarían al Presidente de su Palacio fuera como fuera, vivo o muerto, eso no tenía mayor importancia, lo que importaba era sacarlo, despojarlo del poder, quitarle su investidura, dejarlo desnudo ante la humanidad.

Los juegos artificiales fueron enviados desde los aviones, lanzados por pájaros de acero, y también desde los tanques, desde los barcos que estaban en los puertos; nadie se maravilló con ellos; porque en realidad eran bombas que cayeron sobre el palacio presidencial, sobre la ciudad, sobre todo el país. Se apagó la luz, llegó la oscuridad, quedamos en las tinieblas. Nadie sabía que estaba pasando, se cortaron las comunicaciones; nos mirábamos sin comprender nada.

Pero al presidente no lo pudieron sacar, no lo dejaron desnudo ante el mundo; él se defendió, se sentía fuerte porque tenía el apoyo del pueblo; pero ese pueblo estaba desarmado y no se puede luchar con las manos vacías cuando delante te están bombardeando, apuñalando, disparando. El Presidente murió en su palacio, como un héroe,  peleando no por su dignidad, sino que por la dignidad de su pueblo, murió para lavar con su sangre la vergüenza que le proporcionaban sus propios hermanos.

Ese día perdimos la sonrisa; perdimos la ilusión de ser felices; a todos quienes habían apoyado al compañero Presidente, se les persiguió, se los llevó a lugares de encierro, a algunos los mataron; empezaron a dirigir el país que había dejado de ser democrático, cuatro militares, representantes de diversas ramas del ejército. Detrás de ellos, seguían ocultos los canallas, los que no quisieron compartir sus riquezas; los que habían escondido en sus bodegas los alimentos vitales, que eran el sustento de todo el país.

Pasaron los días, el Presidente había muerto combatiendo, muchos de sus amigos, también igual que él habían muerto en las mismas circunstancias, muchos perdieron su trabajo, sus casas, muchos niños quedaron huérfanos; muchos jamás encontraron a sus padres, algunos aún buscan, a pesar de que han transcurrido muchos,  muchísimos años.

Mucha gente tuvo que irse del país, algunos en forma voluntaria, otros obligados; en el mundo había conmoción pues todos miraban  con simpatía e interés ese  largo y angosto país que está al final del globo terráqueo; pero que durante 1000 días estuvo arriba de ese globo; porque el pueblo de ese país llamado Chile, había logrado darlo vuelta, y todos lo miraban ahora desde arriba, como el primero, porque ahí se estaba desarrollando algo inédito, único, excepcional, hermoso.

Tu abuela fue una de las tantas personas que apoyó al compañero Presidente; desde su lugar de trabajo, allá en la cuenca del carbón, ayudaba junto a otras personas a impulsar el programa de gobierno. Por primera vez los mineros tuvieron casas dignas; con piso y no tapizadas con papel de diario;  pudieron adquirir muebles y unas cajitas cuadradas que mostraban imágenes; era la televisión en blanco y negro de marca ANTU. Para imaginar mejor los paisajes, la gente recubría las pantallas con papeles de celofán de colores diferentes.

Tu abuela cayó detenida, la casa de tu bisabuela fue allanada, quedó totalmente desordenada, hasta el patio fue removido con picotas buscando quizás que cosas imaginarias.

Un día tuvo que partir, sola, dejando a su madre triste, a sus 9 hermanos desconsolados; pero que podían hacer; nadie escuchaba lamentos, nadie escuchaba ruegos, todo era terror, miedo, amenazas.  Como en la Biblia,  como Caín y Abel, pelearon hermanos contra hermanos. Es cierto que algunos eran ricos, otros eran pobres; pero hermanos de un mismo país, de un mismo lugar, con las mismas tradiciones; pero ya no con los mismos derechos, había mucho odio que destilaba su hiel sobre las vidas de personas sencillas.

Ese Presidente, al que llamábamos compañero, en estos días cumple  100 años. En muchos lugares del mundo se recordará su nombre y su obra, quizás se recordará incluso más en otros países que en el suyo propio. En efecto, con el pasar del tiempo, muchos de aquellos que dijeron estar con él, que incluso estuvieron en prisión, que trabajaron con él;  se fueron olvidando de su legado.

Algunos están en el gobierno, han entrado de nuevo al palacio donde el murió; pero ya no es el pueblo su preocupación mayor; a muchos les agradó ser ricos; a muchos les agradó su propio bienestar y del compañero presidente sólo se acuerdan cuando las circunstancias así lo obligan, muchas veces para darse un aire de contrición, para olvidar la culpa de haber abandonado el legado de aquel gran hombre en el baúl de los recuerdos, cerrado con 1000 llaves, una por cada día que duró el gobierno de la Unidad Popular.

Como ves mi pequeña niña, este cuento no acaba con un final feliz; pero hay una memoria que debe perdurar;  ésta debe ser trasmitida por quienes fuimos partícipes de esa ilusión a nuestros descendientes, para que se sepan cuales son sus orígenes y cual su compromiso con la historia.

En el cumpleaños número 100 del compañero presidente, prenderemos una infinidad de velitas y las soplaremos al viento, para que la luz llegue a los lugares más recónditos de este país largo y angosto, encerrado entre mar y cordillera, esperando que el espíritu  de ese Héroe de la Patria, nos ilumine a jamás.

26.06.2008