A estas alturas de la vida, nada positivo podría esperarse de un Canal de Televisión. Teniendo como único fin la ganancia económica distribuida por las grandes corporaciones que magnifican sus pantalones, esencias, dildos y computadoras a través de la publicidad, los canales de TV precisan innovar la estupidez en formatos frescos y alambicados, como ese insoportable Reality Show Amor Ciego. Si desde el comienzo se nos había comenzado a machacar los sesos con las aventuras amatorias de los individuos que protagonizaban la primera temporada –y donde se elevó a categoría de estrella a una cretina cuyas dos o tres neuronas en relativo funcionamiento colocamos en tela de juicio-, ahora se nos viene la segunda pata. Por supuesto que no habrá modificaciones sustanciales, es decir, el machismo y la bajeza intelectual nuevamente serán los protagonistas de la temporada, donde jovencitas bastante feas física y moralmente deberán escoger al varón más apropiado.
El Reality Show corresponde a ese formato de televisión donde el voyerismo y la mala conciencia se transforman en el acicate ideal para suspender la continuidad en el tiempo. El mínimo común de un Reality es la elección de una gran cantidad de gente que precisa llevar a cabo una voluntad pre determinada, para finalmente ganar u obtener una particular riqueza económica. Los hay de individuos que residen en una isla, de esposas que intercambian familias, de sirvientas que instruyen a madres desesperadas, de mentecatos que a partir de sus berreos guturales logran grabar un disco. En Chile los Reality Shows obtienen la mayoría de las veces, muchísimo éxito y esto debido a la alarmante bajeza intelectual de las audiencias, que prefieren estudiar con minuciosidad académica la vida y obra de los protagonistas antes que vigilar que los porotos no se peguen a la cacerola. Ecce Hommo Chilensis.
Lo más significativo de este tiempo nuestro cargado a un relativismo exacerbado de las ideas y que nosotros llamamos posmodernidad, es aquella cargante costumbre de defender la voluntad humana de “ver” un Reality Show como si de un gusto y elección autónoma se tratara. De esta manera, la filosofía, la ópera, la política o la ciencia pasarían al estándar de lo “elegible” y un Reality Show sin duda se incluiría sin problemas. Siguiendo la lógica de este argumento, quien rastrea las andanzas del protagonista de rigor no sería un mentecato enajenado por la incultura televisiva que como un pus se esparce en los cerebros poblacionales, sino más bien un sujeto histórico que ya posee absolutamente todo en su bagaje –capacidad de análisis, raciocinio, espiritualidad- y que luego de un exhaustivo ejercicio intelectual ha llegado a la conclusión final de que ver el Reality es su elección, el triunfo de su voluntad.
Mucho se ha hablado respecto a nuestra irresponsabilidad intelectual, a nuestra desidia del alma. Se ha dicho, entre otras cosas, que toda voluntad es particular y por lo tanto nadie es culpable de mi estulticia mental en la medida que yo soy el único responsable. Sin embargo, en un país como Chile donde la cultura es vedada, donde a los libros se les aplica un impuesto exorbitante para mantener idiotizado al vulgo, donde la escasez de un arte y cultura elevados nos obliga a colocar la mirada en el primitivismo (y en el peor de los casos, en la religión), existen argumentos de sobra para concluir que el triunfo de la programación basura y absolutamente prescindible se debe a una voluntad superior, donde los representantes del país juegan un rol cardinal ¿Qué otra alternativa de distracción puede tener el ciudadano promedio, más allá de la televisión y toda la imbecilidad transmitida a través de ella? Absolutamente ninguna. Más allá del control social ejercido por un capitalismo híper avanzado, que tal como explicaba Marcuse domina de forma sublime hasta en la organización del tiempo libre, lo que ofrece un Reality Show es precisamente un escape de la realidad; los sentidos se fugan a través de las andanzas de un grupo de gentuza cuya existencia idiota y completamente carente de sentido se vuelve nuestra mejor amiga, en la medida que el espejo de un alma popular rebajada y pedestre se encuentra en lo instintivo, en lo básico y en lo masoquista, todo lo que es en síntesis un Reality Show.
Pero el inconsciente colectivo soporta el devenir “histórico” de los protagonistas hasta el límite equilibrado del egoísmo, toda vez que son los mismos espectadores quienes elevan y sepultan a los “new rich” de la televisión. Es el público el que vota por sus favoritos para que éstos finalmente logren el premio y se transformen de la noche a la mañana en las estrellas del acaso y la estupidez, pero a la vez es el mismo público el que aniquila a sus recién salidos del horno “famosillos”, haciendo propiedad privada las existencias generalmente oscuras del Alvaro Ballero o la Cari de rigor, explotando con un frenesí demasiado tribal y grotesco los aspecto más oscuros de la vida y obra de toda esa gentuza, ventilados –como no- por los grandiosos medios de comunicación que en un principio les habían acogido con el mayor entusiasmo. Allí el espectador comienza a respirar tranquilo, al permitir el avance social del ganador de rigor sólo al interior de los límites razonables, hasta que su vida misma no pueda verse superada por la existencia de un sujeto cuya gloria y fama ha sido lograda a través del voyerismo populachero. Una dosis de auténtico odio y maldad es finalmente la cúspide de todo Reality Show, pero lo que realmente se transforma en la prueba irrefutable del fracaso y en cambio el triunfo de la voluntad de un resentido borregaje, es ver a los ex famosillos haciéndose propaganda ellos mismos a través de los Facebook y Fotologs, o dirigiendo esos insoportables y decadentes programas de concurso a través de mensajes de textos, a las 3 de la madrugada en cualquier medio de comunicación de baja estirpe. Ecce Hommo.
Nada nuevo hay ya bajo el sol. Seguro que la próxima tortura intelectual de Canal 13 obtendrá cuantiosas ganancias económicas y contentará a un público cautivo, pero nuevamente seremos testigos del ocaso de una orla de mediocres cuyos sueños de gloria y majestad se verán truncados por el implacable látigo de renunciamiento y envidia que poseen todos los seguidores de ese mal denominado “Espectáculo de la realidad”.
