El historiador Mario Amorós (Alicante, 1973) presentará los días 24 y 25 de junio en Santiago y Valparaíso, su magnífico libro Compañero Presidente. Salvador Allende, una vida por la democracia y el socialismo (Publicaciones Universidad de Valencia, 2008). En la capital, en el Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz a las 19 horas, lo acompañarán: Guillermo Teillier, Jorge Arrate y Tomás Moulian; en el puerto del pacífico, en el Salón de Honor de la Municipalidad, Eduardo Contreras y Sergio Vuskovic.
Autor de: Chile, la herida abierta (2001); Después de la lluvia. Chile la memoria herida (2004); Antonio Llidó, un sacerdote revolucionario (PUV, 2007) y La memoria rebelde (2008) también participó con un ensayo sobre el movimiento de Cristianos por el Socialismo en el libro: Cuando hicimos historia. La experiencia de la Unidad Popular (Lom, 2005); Amorós es uno de los investigadores españoles con más prestigio y credibilidad sobre la historia reciente del país sudamericano y desde 2003 codirige, junto a Franck Gaudichaud (doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de París) la sección Chile del diario electrónico
Rebelión.En exclusiva para
El Clarín.cl y en homenaje al Centenario de Salvador Allende, Mario Amorós conversa, sobre la relación Iglesia-Estado; la tenencia de la tierra de la comunidad mapuche en tiempos de la UP; la sediciosa actitud de la derecha (de ayer y hoy); el Caso Clarín.cl; un Partido Socialista reciclado y alejado del pensamiento revolucionario de Allende; el sistema electoral binominal y las relaciones entre el compañero Presidente y la Cuba revolucionaria..MC.- Naciste en 1973 (justo un mes antes del golpe en Chile), tu padre fue militante comunista en los últimos años del franquismo y tu abuelo, comunista y de la UGT, luchó contra el fascismo en la guerra civil y estuvo preso. ¿Tu historia familiar te acercó al pensamiento político de Salvador Allende? MA.- Mi padre tuvo un gran compromiso político durante una parte importante de su vida. También lo asumieron mi abuelo y mi tío abuelo paterno, ambos comunistas y defensores de la legalidad republicana en la guerra civil. Mi padre fue una persona autodidacta, con un sinfín de lecturas y en la escuela que en aquellos años era el Partido Comunista. Entre los recuerdos de mi infancia en mi pueblo, Novelda (Alicante), surgen siempre el local del Partido, los camaradas de mi padre, las banderas rojas con la hoz y el martillo… Mi padre me transmitió sus ideales y sus convicciones y de su biblioteca tomé, por ejemplo, el programa de la Unidad Popular para las elecciones presidenciales de 1970. Hasta el final de sus días estimuló mi interés por la historia de Chile y fue un lector crítico de mis primeros libros. MC.- ¿Consideras que el legado político y humanista de Salvador Allende perdurará para los próximos 100 años? MA.- Creo que el principal legado de Allende es su lucha por unir a la izquierda en torno a un programa que plantee la construcción de un socialismo democrático y revolucionario, con pleno respeto a los derechos humanos y las libertades ciudadanas. En los inicios de este siglo, actualizado a las características de la sociedad global actual, estos ideales tienen completa vigencia.
MC.- Tu tesis de doctorado trató, en parte, la relación Iglesia-Estado de Chile (una síntesis de la misma fue el libro Antonio Llidó, un sacerdote revolucionario, editado en 2007 por la Universidad de Valencia) ¿Cómo resumirías la relación entre Salvador Allende y la religión?
MA.- Allende fue socialista, marxista y masón; siempre reivindicó estos pilares ideológicos. A partir de estas convicciones, hondamente arraigadas en su personalidad, fue muy respetuoso con todas las ideas políticas democráticas y con todas las confesiones religiosas. En Chile, cuando asumía un nuevo presidente se celebraba en la catedral de Santiago un te deum. El 3 de noviembre de 1970, Allende pidió que se conservara esta ceremonia pero que tuviera un carácter ecuménico, para que reuniera a todas las confesiones cristianas del país. El Primero de Mayo de 1971, en la manifestación de la Central Única de Trabajadores, el cardenal Raúl Silva Henríquez se sentó en la tribuna junto a Allende. A diferencia de otras experiencias socialistas, la Iglesia católica chilena no fue un ariete de la contrarrevolución, a pesar de que hubo sectores integristas que sí alentaron el golpe. El único momento en el que la máxima jerarquía del catolicismo chileno se enfrentó al Gobierno fue en marzo de 1973, con motivo de la reforma educativa conocida como Escuela Nacional Unificada.
MC.- Por tu libro desfilan nombres de la derecha como el entonces embajador estadounidense ante las Naciones Unidas, George Bush, pidiéndole a Allende que modifique su discurso ante la ONU (1972) o Agustín Edwards (propietario del diario El Mercurio), que le pidió a Richard Nixon que interviniera en Chile (1970) ¿Ha cambiado la derecha en sus prácticas sediciosas?
MA.- Nada ha cambiado. Lo vemos día tras día en Venezuela o Bolivia. Conozco más la experiencia venezolana que la boliviana: cuando el presidente Chávez y su gobierno empezaron a proponer al país un proyecto socialista, ratificado ampliamente por el pueblo (incluido el referéndum revocatorio de agosto de 2004), la derecha, la burguesía, recurrió a todas las posibilidades legales e ilegales para impedirlo: movilización de los sectores medios y altos de la sociedad, paro sedicioso de los profesionales, propaganda negra de los medios de comunicación de los grandes grupos económicos. En Venezuela, también recurrieron al golpe de estado, el 11 de abril de 2002, pero la lealtad de las Fuerzas Armadas al gobierno constitucional revirtió la situación. Pero la derecha venezolana e internacional no descansarán hasta derrocar a Hugo Chávez.
MC.- Háblanos de la trascendencia de Fidel y Che Guevara en la vida política de Allende, citas que en calidad de Presidente del Senado de la República
acompañó a los 3 sobrevivientes cubanos de la guerrilla boliviana (1968) ¿Cómo repercutió “El Diálogo de las Américas” entre Fidel y Allende en la vía chilena al socialismo? ¿Era diametralmente opuesta al guevarismo? MA.- Allende visitó por primera vez Cuba en los días victoriosos de enero de 1959. Ya entonces conoció a los máximos dirigentes de la Revolución y entabló amistad con ellos. Con el Che se encontró también en 1961 en Punta del Este (Uruguay). Allende fue un gran defensor de la Revolución Cubana: siempre aseguró que para conquistar su independencia nacional y avanzar hacia el socialismo el pueblo cubano no tuvo más camino que la lucha armada. En cambio, creía que en Chile el movimiento popular podía conquistar la presidencia y desde la dirección del gobierno iniciar las transformaciones necesarias para superar el capitalismo sin recurrir a la violencia revolucionaria. A ello consagró su vida. Fidel visitó Chile en noviembre de 1971 y dio todo su apoyo a la “vía chilena al socialismo”, aunque también aseguró que no era la vía posible en la mayor parte de los países. Presentar como vías opuestas las revoluciones de Chile y Cuba me parece una torpeza dogmática. Allende y Fidel son hijos de la historia de sus respectivos países, se formaron como dirigentes revolucionarios en los contextos de sus países y actuaron en función de los mismos. El análisis de la derrota en Chile exige un espacio más amplio que esta respuesta, al igual que las dificultades de la Revolución Cubana en las dos últimas décadas. MC.- ¿Cómo abordó el gobierno de Salvador Allende la tenencia de la tierra de las comunidades mapuches? ¿Qué proyectos de legislación indígena fueron enviados al Congreso por la UP? MA.- Al contrario que los gobiernos de la Concertación, que recurren a las leyes represivas de la dictadura para reprimir las legítimas reivindicaciones de los mapuches, el gobierno de la Unidad Popular fue el único momento en el que el Estado chileno trató con dignidad a este pueblo originario. En los inicios de la experiencia socialista, el anhelo de tierras y de justicia social desencadenó un proceso de intensa agitación social en algunas zonas rurales y así, sólo entre septiembre y diciembre de 1970, se produjeron 192 tomas de fundos en demanda de su inmediata expropiación, en especial en la provincia de Cautín, donde estuvieron protagonizadas por los mapuches, que demandaban la recuperación de sus tierras ancestrales saqueadas desde la mal llamada “pacificación” de la Araucanía a finales del siglo XIX. Estas ocupaciones de tierras fueron alentadas por los militantes del Movimiento de Campesinos Revolucionarios (vinculado al MIR), con el lema “Arauco vuelve a la lucha”, y por la certeza de que la Unidad Popular no recurriría a la represión. En aquella provincia, la de mayor población indígena de todo el país, la reforma agraria del PDC tan sólo había beneficiado al 1% de los campesinos. Por ello, en diciembre de 1970, el Presidente Allende asistió a un gran acto convocado por las organizaciones mapuches en Temuco y les prometió que durante unos meses los principales funcionarios del Ministerio de Agricultura, encabezados por Jacques Chonchol, se trasladarían a la zona para atender sus reivindicaciones. Como resultado, se aceleraron las expropiaciones y cuando los funcionarios determinaron que en un predio había tierras usurpadas a las comunidades indígenas se las devolvieron. En tan sólo sesenta días los mapuches recibieron 100.000 hectáreas de tierras y en 1972 el Gobierno creó el Instituto de Desarrollo Indígena, que por primera vez respetó la profunda concepción comunitaria de este pueblo. Además, aquel año el Parlamento aprobó, a iniciativa de la Unidad Popular, una nueva Ley Indígena elaborada fundamentalmente por las organizaciones mapuches que, a pesar de que la oposición limitó sus potencialidades, entregó instrumentos para una mejora sustancial de sus precarias condiciones de vida.MC.- Finalmente, después de presentar tu libro en España acompañado del escritor chileno Luis Sepúlveda y de su colega mexicano Paco Ignacio Taibo II ¿Qué perspectivas tienes al regresar a Chile?
MA.- Es una alegría regresar a Chile después de cuatro años. Espero que Compañero Presidente sea una contribución, entre tantas, a rescatar la trayectoria política de Salvador Allende, su lucha junto al pueblo por un socialismo democrático y revolucionario, su lealtad y su consecuencia hasta el final con estos valores.
