Difícil que la justicia demandada por los trabajadores y el 80 por ciento de la población que sufre tantas carencias pueda satisfacerse sin alterar drásticamente la estrategia de desarrollo diseñada durante la Dictadura y consagrada por los gobiernos que le sucedieron. Varios años de elevado crecimiento y consolidación del denominado modelo exportador sirvieron para que la riqueza se concentrara en muy pocas manos, la inequidad se hiciera cada vez más escandalosa y los pobres apenas superaran los índices más extremos de miseria, si es que a las cifras oficiales se les pueden otorgar mayor credibilidad.
El tiempo de las “vacas gordas” ya pasó y, ante la posibilidad de que la economía siga desacelerándose, las autoridades políticas y económicas ahora encuentran en las disminuidas tazas de crecimiento, así como en la crisis mundial, el mejor pretexto para restringir el gasto público y congelar los sueldos y salarios. Si se otorgan algunas prebendas, éstas benefician a los grandes empresarios, los inversionistas extranjeros y a algunos gremios que tienen el vigor de paralizar la producción y el comercio si no se favorecen sus intereses. Con un descaro pocas veces visto en nuestra historia, el Estado profita de las alzas en el precio de los combustibles con un gravamen altísimo que pagan todos los chilenos, pero que ahora se le devolverá a los empresarios del transporte camionero, gracias a su desafiante protesta en las principales carreteras, cuanto su amenaza de paralizar al país si fuera necesario.
Se discutió el nuevo monto del salario mínimo y las cúpulas sindicales cooptadas y presionadas por los partidos políticos se conformaron con ganar sólo unas escuálidas décimas sobre el ‘Índice de Precios al Consumidor (IPC) Aunque saben que la cifra oficial del 8.9 de inflación afecta mucho más a los sectores medios y bajos que prácticamente agotan sus ingresos en alimentos, cuentas básicas y combustibles, rubros que han elevado sus precios hasta en un 40 por ciento durante el último año.
Para nada se han conmovido las clases políticas con las expresiones de los obispos católicos y otros referentes religiosos y morales reclamando un salario “ético” e instando a los que tienen tanto a moderar su avidez por obtener más utilidades y ostentar formas groseras de consumismo. Mientras que el empresario más rico de Suecia y de Europa revela en una entrevista que viaja en clase turista y anda en un auto de 15 años de antigüedad, aquí las elites patronales amenazan con abandonar sus bunkers y trasladar sus negocios al extranjero ante la posibilidad de que se les eleven mínimamente sus tributos.
Sería ingenuo o hipócrita sostener que el modelo neoliberal que se nos aplica pueda algún día traducirse en bienestar para los trabajadores, en dignidad para las mayorías. Si algo ya queda totalmente nítido es que el éxito de nuestro comercio exterior y los buenos números de los índices macroeconómicos dependen exactamente de la mano de obra barata, la posibilidad de arrancar de nuestro territorio lo antes posible todos nuestros recursos no renovables. Soslayando o violando flagrantemente, muchas veces, nuestra legislación medioambiental. Convirtiéndonos en una excelente oportunidad para las inversiones sucias y contaminantes.
Después de años de larga e ingenua espera, sólo cabe que los trabajadores se propongan como tarea la urgente consolidación de sindicatos fuertes, que se potencien en federaciones y confederaciones interempresas, tanto regionales y nacionales. Desafiando legítimamente las trabas legales que todavía sirven a la dispersión, debilidad y represión de los sectores laborales. Es preciso, asimismo, que los trabajadores dejen de sentirse representados por entidades y dirigentes apernados en sus cargos y muchas veces tan corruptos como sus interlocutores políticos o patronales.
Al mismo tiempo, es necesario que el mundo del trabajo confluya en movilizaciones con estudiantes y otros referentes sociales y culturales. Será determinante que una nueva y amplia mayoría nacional conquiste una democracia genuinamente representativa y participativa, funde las bases de una economía solidaria y reconcilie al país en una estrategia de desarrollo de la mano con nuestros países vecinos, como respetuosa de los valores de la equidad y justicia universales. Que se sacuda de los colonialismos que digitan nuestra política y economía, se rebele ante los fantasmas que se propagan a través de los medios de comunicación “encantados” en su exclusividad y la publicidad estatal.
Se discutió el nuevo monto del salario mínimo y las cúpulas sindicales cooptadas y presionadas por los partidos políticos se conformaron con ganar sólo unas escuálidas décimas sobre el ‘Índice de Precios al Consumidor (IPC) Aunque saben que la cifra oficial del 8.9 de inflación afecta mucho más a los sectores medios y bajos que prácticamente agotan sus ingresos en alimentos, cuentas básicas y combustibles, rubros que han elevado sus precios hasta en un 40 por ciento durante el último año.
Para nada se han conmovido las clases políticas con las expresiones de los obispos católicos y otros referentes religiosos y morales reclamando un salario “ético” e instando a los que tienen tanto a moderar su avidez por obtener más utilidades y ostentar formas groseras de consumismo. Mientras que el empresario más rico de Suecia y de Europa revela en una entrevista que viaja en clase turista y anda en un auto de 15 años de antigüedad, aquí las elites patronales amenazan con abandonar sus bunkers y trasladar sus negocios al extranjero ante la posibilidad de que se les eleven mínimamente sus tributos.
Sería ingenuo o hipócrita sostener que el modelo neoliberal que se nos aplica pueda algún día traducirse en bienestar para los trabajadores, en dignidad para las mayorías. Si algo ya queda totalmente nítido es que el éxito de nuestro comercio exterior y los buenos números de los índices macroeconómicos dependen exactamente de la mano de obra barata, la posibilidad de arrancar de nuestro territorio lo antes posible todos nuestros recursos no renovables. Soslayando o violando flagrantemente, muchas veces, nuestra legislación medioambiental. Convirtiéndonos en una excelente oportunidad para las inversiones sucias y contaminantes.
Después de años de larga e ingenua espera, sólo cabe que los trabajadores se propongan como tarea la urgente consolidación de sindicatos fuertes, que se potencien en federaciones y confederaciones interempresas, tanto regionales y nacionales. Desafiando legítimamente las trabas legales que todavía sirven a la dispersión, debilidad y represión de los sectores laborales. Es preciso, asimismo, que los trabajadores dejen de sentirse representados por entidades y dirigentes apernados en sus cargos y muchas veces tan corruptos como sus interlocutores políticos o patronales.
Al mismo tiempo, es necesario que el mundo del trabajo confluya en movilizaciones con estudiantes y otros referentes sociales y culturales. Será determinante que una nueva y amplia mayoría nacional conquiste una democracia genuinamente representativa y participativa, funde las bases de una economía solidaria y reconcilie al país en una estrategia de desarrollo de la mano con nuestros países vecinos, como respetuosa de los valores de la equidad y justicia universales. Que se sacuda de los colonialismos que digitan nuestra política y economía, se rebele ante los fantasmas que se propagan a través de los medios de comunicación “encantados” en su exclusividad y la publicidad estatal.
