En el caso que algún productor de renombre quiera repetir la experiencia, Joss Stone tiene un lugar asegurado en la nueva formación de féminas que deleite a la escogida audiencia y cuyo producto se encarame en los rankings de venta con algún DVD o disco de colección.
La rubia debilidad del soul aterrizó en el Arena Santiago con un sutil arsenal de canciones que deleitó los exclusivos paladares que pagaron tan alto precio por los tickets de un espectáculo lujoso, simple, de elevada calidad sonora y alejado de la clásica parafernalia de los números masivos y su pirotecnia ostentosa.
Lejos de la denominación que los críticos en este lado del mundo le sugieren, la joven inglesa tiene absolutamente dominado y a merced el ambient obligado y necesario de generar en una presentación de R&B y soul sacándose ese apelativo de “revelación” o “promesa”. La Stone es una cantante de estirpe, al nivel de otras más comercializadas y populares como Alicia Keys o la tromba británica del género, la insolente Amy Winehouse.
Una muestra clásica de los conciertos de sesión. Puesta en escena sobria, un coro calibrado de memoria, siete músicos de excelencia, instrumentación prodigiosa y generosa con el oído asistente al evento… Lo demás, todo para la figura central de una intérprete radiante, que sin embargo logra manejar su garbo a la perfección, sin explotarlo y conjugándolo de manera precisa para que jamás se anteponga a su mejor potencial: su voz y su manejo de “la situación”, esa que incluso supera a una audiencia idiomáticamente distinta. Joss acude a la seducción entre las partes del playlist y uno simplemente agradece. El pack es completo.
Por más que la mayoría vibrase al compás de “Fell in Love With the Boy” –el cover de los Stripes que la catapultó al estrellato-, o los mega radiales “You Had Me”, “Super Duper Love” o “Don’t Cha Wanna Ride” yo prefiero lo otro. La complicidad que logra la ex niña disléxica con su fanaticada y que nos da atisbos de una relación que recién empieza en Chile, un fenómeno en vivo que por el momento es para públicos específicos, lejos de la masa y más cercana al espectáculo de club.
Ese con la banda demostrando su capacidad en un variopinto de sonidos que aparecen como improvisados, que en ningún caso se asemejan a los acordes memorizados de las grandes giras que acostumbramos a ver, con un soporte técnico que se impone a la esencia misma.
Anoche no daba esa sensación. Más bien, había calor y olor a clásico, a los antiguos shows de música afroamericana, donde sólo faltaron las mesas y el humo bohemio interpelando las luces que bajaban del escenario. Un retorno al origen con un boleto de primera clase, una demostración de virtud de la mano de una kruner cautivante y su impecable séquito de apoyo.
