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Agosto 18, 2026

Exterminio de las voces disidentes: en la Neodictadura

Los medios, la maquinaria mediática que conduce la opinión pública y crea el imaginario popular, es hoy, tal vez, la herramienta más poderosa en manos de la derecha. La pesadilla orwelliana, la manipulación de las conciencias a la manera de herr Goebbels, es un alimento diario de los ciudadanos y consumidores de nuestra singular, acotada y cristalizada democracia.

La discusión política, limitada a la traducción de una sola voz, aquel dúo destemplado y estridente que conforma El Mercurio y La Tercera, toma el aspecto del adoctrinamiento, que en este caso es la abulia, el desinterés, el conformismo y también el desprecio. Adoctrinamiento para la resignación y el miedo, para la ignorancia y la estupidez. Este coro, cuyos matices van desde la derecha a la ultraderecha –algo así como las diferencias políticas que puede tener Agustín Edwards con Alvaro Saieh- fue ensayado durante la dictadura para estrenarse en democracia.

Son muchos y posiblemente dispersos los factores que han influido en el monopolio ideológico (como le ha denominado Manuel Cabieses y algunos investigadores y académicos a esta simbiosis mediática derechista) de la prensa escrita chilena, sin embargo es posible mencionar unas cuantas aberraciones que son el producto de la gran perversión. Es una consecuencia directa, por tanto buscada, de los delitos de la dictadura, desde el asesinato y el secuestro de personas al proceso de privatizaciones. Es un efecto más de la tragedia, una construcción más a partir de la catástrofe. Si con la venta de las empresas públicas a los amigos de la dictadura el Fisco perdió varios miles de millones de dólares, el nuevo orden de la prensa se instauró tras asesinatos, secuestros, robos. Y también, vale bien  recordar, hubo un complot, articulado por Alvaro Bardón desde el entonces llamado Banco del Estado, para traspasar días antes del fin de la dictadura las millonarias deudas que El Mercurio y La Tercera tenían con esa institución. En condiciones muy favorables esa cartera la tomó la banca privada y el fisco hizo por cierto la pérdida una vez más, como con las privatizaciones, como con la deuda subordinada. El objetivo era dejar fuera de las manos de la Concertación los pasivos de los dos periódicos afines a Pinochet. Los años demostraron que no fue necesario.

La dictadura les sacó a sangre y fuego a la competencia del camino, (recordemos que sólo El Clarín vendía antes del golpe más ejemplares que El Mercurio) y les prestó millones de dólares para la renovación de los equipos, condiciones que, aun cuando habría que hacer alguna concesión a métodos y tácticas, se han mantenido durante la democracia. Y tras estas facilidades, tras estas condiciones privilegiadas, pregonan el libre mercado. Un sesgo, una mirada torcida que se reproduce no sólo en el comercio y la economía, sino en la política, la cultura, la sociedad. Transcriben, amplifican la mirada y la escritura del poder, para mantener y consolidar aquel poder.

La Concertación no sólo ha hecho lo suyo por conservar el monopolio, sino que también ha subsidiado con la publicidad del Estado a los hoy dos grandes consorcios. Como se puede observar en la demanda que ha presentado Punto Final, hay ministerios que invierten hasta el 70 por ciento de su presupuesto publicitario para la prensa escrita sólo en un consorcio: El Mercurio. Incluso Fonasa hace lo mismo, a pesar, dice el escrito presentado al Tribunal de Defensa de la Libre Competencia por PF, “que los afiliados a ese fondo de salud estatal pertenecen en su inmensa mayoría a estratos socioeconómicos medios y bajos, que no es precisamente el perfil de lectores de El Mercurio”.

El favoritismo que la Concertación ha demostrado por estos dos medios, y principalmente por El Mercurio y otros negocios de la familia Edwards, forma parte de los pliegues más oscuros y fríos de la historia de esta eterna transición. Como bien recuerda Manuel Cabieses, “es muy relevante en ese sentido la participación de ministros, parlamentarios y dirigentes de partidos de gobierno en fundaciones creadas por El Mercurio, como Paz Ciudadana”.

Bajo el discurso de un cínico laissez-faire en los campos económicos y comunicacionales, inaugurado ya en el gobierno de Patricio Aylwin por su ministro neoliberal Eugenio Tironi –la mejor política comunicacional es no tener una política comunicacional, decía entonces quien hoy es columnista de El Mercurio– en los hechos se apoyaba y se apoya sin mucha lógica de libre mercado y menos con transparencia a los dos consorcios con millonarias sumas de dinero, tal vez con el ánimo de conseguir portadas benevolentes y, como promoción, yapa o propina, una buena foto en las páginas de la vida social que adorna habitualmente la oligarquía chilena.

Esto por una parte. Aun más oscuros han sido los impulsos que han movilizado o inmovilizado, según sea el caso, a figuras de la Concertación para dejar morir o aplastar, también según la circunstancia, a la poca prensa independiente y a sus proyectos. Un proceso sórdido, mezquino y muy desagradecido con quienes lucharon contra la dictadura, que hoy comienza a conocerse. Testimonios diversos, documentos y otros relatos han comenzado a perfilar una historia de características repulsivas. Como hace unos días escribió el sociólogo Felipe Portales, la política de la Concertación hacia la prensa de izquierda y centroizquierda estuvo caracterizada por “compras de medios efectuadas con el evidente propósito de destruirlos; bloqueos de ingentes recursos financieros externos destinados a consolidarlos, amenazándose incluso a los gobiernos extranjeros dispuestos a concederlos; maniobras efectuadas con el fin de frustrar la instalación de empresas periodísticas extranjeras que afecten el duopolio; discriminación sistemática del avisaje estatal en perjuicio de aquellos medios; y la resistencia a devolver bienes de periódicos confiscados por la dictadura”.

Una tarea exitosa para sus fines. O tal vez sólo aparentemente.

PAUL WALDER

Publicado en Revista Punto Final