Concebido originalmente por su fundador Jaime Guzmán como un movimiento que trascendiera los partidos políticos, el gremialismo se sintió cómodo para esparcir su semilla desde la trastienda del poder militar y en el terreno comunal, con sus consejeros políticos y económicos y sus alcaldes designados. Cuando la democracia volvió a asomarse en el país, aquél buscó acomodarse como partido político y lo hizo de la peor manera: fundiéndose con la derecha tradicional, a la que quería superar, en ese proyecto unitario que fue Renovación Nacional y que a poco andar se resquebrajó.
Sin poder ejercer en el nuevo escenario político y parlamentario su vocación centralista autoritaria, de raigambre católica, la reservó para su accionar interno. Y durante 20 años los apóstoles del Maestro asesinado detentaron por mandato mesiánico la dirección férrea del partido. Incluso dándose el lujo de poner como directivos a elementos que no pertenecían al círculo de los llamados “coroneles”. Igual a un Hernán Larraín como presidente y a un Lavín como secretario general lo controlaban estrechamente. Si alguien no cree en eso, que vea no más cómo Jovino Novoa llamó a su despacho el viernes antepasado a José Antonio Kast y lo conminó a deponer su candidatura en competencia con el “coronel” Juan Antonio Coloma. Que Kast le dijese que no y que el actual secretario general Darío Paya lo respaldara, indica que algo empezó a ocurrir dentro de la casona que sirve como sede nacional en la calle Suecia de Santiago.
Hace dos años el alcalde Las Condes, Francisco de la Maza, pidió democracia interna y se malquistó con la cúpula. Aún es posible que –después de las ofensivas, repliegues tácticos y contramarchas de los “coroneles”- se termine por designar una directiva de consenso, pese a que se aceptó que dos pingos se lanzaran a la pista. De todas maneras el partido que llegó a número uno en el ranking ya no será el mismo. Es cierto: la elección se daría dentro de ese colegio cardenalicio de 800 miembros que es el Consejo General, y no a nivel de toda la militancia, sin que se aplique el principio “cada persona, un voto”. Pero se produjo en la UDI su propio entierro de Pinochet y la extinción de los modos del régimen militar.
Es también el fin del sueño gremialista –cuyo solo nombre evocaba el corporativismo- y la apertura gradual e inevitable de las compuertas a las corrientes populistas, que Lavín alentara en sus postulaciones alcaldicias y presidenciales, y al clientelismo asistencialista que se practica a nivel municipal y con ocasión de las campañas electorales. Crisis de crecimiento como dijo el ex abanderado, sí, pero también crisis de proyecto y de liderazgos para encarnarlo. La UDI hoy es el único partido grande –si se descuenta a los radicales- que no tiene candidato presidencial.
La conducción colectiva de los “coroneles” ya no sirve para crecer y trascender. Si su única opción final es apoyar a Piñera sin entusiasmo, entonces, el relevo de aquéllos estará asegurado por una alianza eventual de alcaldes con base popular, diputados impetuosos y representantes de las nuevas generaciones, aunque por ahora elementos de todos esos surtidores apoyen al “comandante” Antonio por su experiencia en desmedro del Antonio que emerge. Lo que sugiere que, tal vez, al final todos se encuentren en el “camino propio” señalado por el fundador.
(Comentario transmitido por Universidad de Chile Noticias, radio FM 102.5)
