Son dos maneras de enfocar un hecho. Para el poder político, la frase que comienza a generalizarse en las fachadas de edificios deshonra la figura de un general a todas luces “demócrata”, situándolo como un verdugo frente a víctimas. Circunstancia nada agradable para un gobierno que no quiere verse manchado de sangre ni menos aún ver cuestionado el nombramiento de sus generales. Para evitar esta canalla, los partidos de la concertación desarrollan una estrategia. Mandan blanquear las tapias, modo y manera de silenciar la voz del pueblo. Declaran duelo nacional y despiden con honores de estado al general. La presidenta de la república asiste de riguroso negro, absorbiendo el dolor en un ritual fúnebre, mientras el féretro es levantado por los compañeros de armas dando vivas, mientras carabineros con traje de húsares disparan salvas. Ministros, ex-presidentes, oposición, iglesia, instituciones y cuerpo diplomático lloran al servidor de la patria. Las lágrimas se vierten para lavar la imagen de un cómplice de crímenes de lesa humanidad.
No hay nada equiparable entre los generales del pueblo y José Bernales. Bernales realiza su carrera durante la dictadura y asciende desde sus entrañas, muriendo en un desgraciado accidente. Los generales del Pueblo son asesinados y torturados. Dan su vida por la democracia. El nombre de José Bernales está asociado a quienes obedecen ciegamente al poder y son incapaces de cuestionar una orden. Hombres oscuros. Así lo sienten estudiantes, trabajadores, y quienes han protestado durante los años de la dictadura primero y de la concertación ahora. Son el brazo ejecutor de las políticas represivas, cómplices amparados en la ley de amnistía y un gobierno que les protege.
Bajo su mando, las fuerzas de carabineros han disparado y reprimido sin contemplación. No han respetado ni los derechos humanos ni las libertades de expresión, ni de reunión. Las balas de goma, las palizas, violaciones y torturas no denunciadas siguen siendo plato común en Chile. Los carabineros han sido acusados de tener “el gatillo fácil” y actuar sin compasión cuando se trata del pueblo mapuche, por ejemplo.
La hoja de servicios de José Bernales, jefe de carabineros de Chile, es falseada para dar la imagen de un hombre cabal. Se crea una carrera impoluta. Sin vínculos con la tiranía militar durante diecisiete años. Muertes, desapariciones y torturas cometidas por carabineros son deslindadas de la vida del personaje. Su ruta ha sido gestionada de manera tal que no existe relación entre las actuaciones de la institución y su identidad. Desde su entrada a la academia en 1970 hasta el fin de la dictadura no se conoce su itinerario, se desvanece en los años negros de la represión y en la cual Bernales participaba, escalaba puestos y ganaba puntos. Así, como premio a su eficiente labor el 11 de septiembre de 1973, recibe el nombramiento de teniente ese mismo año. Mientras otros compañeros de armas son fusilados, detenidos y desaparecidos. Sólo sabemos que fue un católico practicante, vinculado a los sectores más tradicionalistas y un paladín del proyecto pinochetista.
Si bien no se le conoce participación directa en las matanzas de carabineros, protege a los correligionarios en el caso Lonquén y en el secuestro de José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino conocido como el caso de los degollados perpetrado por la Dirección de Comunicación de Carabineros (DICOMCAR) el 29 de marzo de 1985 y que supuso la dimisión del jefe de carabineros César Mendoza. También es sabedor de los asesinos de los hermanos Vergara Toledo cometido en 1985. En el acto de homenaje a los degollados en el cual participa la presidenta Bachelet en 2006, el jefe de carabineros José Bernales no asiste ni manda delegados. El gobierno de la concertación, prefiere guardar los secretos en los crímenes de lesa humanidad compartidos con José Bernales. Ahora, al darle en las exequias el nombramiento de “general del pueblo”, carabineros se siente más seguro, el nuevo jefe descansa en paz por la senda de José Bernales.
