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Agosto 18, 2026

Tres cosas acerca de la posmodernidad

“La vida fue y será una porquería” cantaba alguien por allí y quizá esta frase se ha transformado de paso, en uno de los argumentos más sólidos para justificar esa hecatombe intelectual que representa la posmodernidad en nuestro tiempo. El sujeto posmoderno es tan cliché y tosco que su mera aparición provoca nauseas: enfundado en intelectualismo de pesebreras, espeta una idiotez y necedad cargada a la no-vanguardia con el tupé propio de quien puede tomar la licencia de contemplar la vida como una construcción social, amparado en una increíble mala conciencia y una burguesía detestable.

Lo que más identifica nuestro tiempo, es su enorme crisis de sentido: moral, intelectual, religiosa, jurídica, artística y científica. Enfrentado al cansancio, al dolor y al silencio, el hombre ha pretendido encontrar respuesta para tales deudas profundas, mas nuestra era está marcada por el ocaso de la búsqueda de sentido y a tal punto nos conformamos con el mero renunciamiento. De ahí justificamos el advenimiento del hombre posmoderno, cuya lógica está basada en el relativismo exacerbado, en el más-allá-del-dudar, poniendo en tela de juicio cualquier sistema moral, religioso o científico que se venda a sí mismo como “verdad” (Como si tal dogmatismo no fuese algo más allá que una pretensión de verdad, el potpurrí de idiotez que pulula la juventud enajenada por el alcohol, la ignorancia y la ramplonería).

Hay demasiado resentimiento frente a la modernidad porque el sujeto ha perdido el rigor y la disciplina. Hoy en día –dicen- es una total bufonada preocuparse por cuestiones tales como la filosofía, la ciencia y los derechos humanos ¿El motivo? El ya aburrido argumento de la naturaleza social de tales materias y por lo tanto, nulas en sí mismas porque fueron concebidas a la “medida” de algunos, diseñadas al fin y al cabo en cualquier consenso ¿Se podría hablar entonces de una fenomenología posmoderna? Por supuesto que no. Ante todo, la lamentable naturaleza intelectual de quienes espetan las pseudo verdades aprendidas de memoria a partir de lo leído en los textos de Derrida, o en el más probable de los escenarios Wikipedia,  urge una inconmensurable lástima y un análisis algo más allá que el divagar por superficies. Veamos qué resulta de temáticas importantísimas para el devenir del sujeto histórico, traspasadas por el tamiz de la posmodernidad.

Derechos Humanos: Los posmodernos repudian de manera irracional los derechos humanos; sencillamente los consideran vacíos basándose en el argumento –muy aburrido por lo demás- de su naturaleza “intrínsecamente” cristiana. Lo cierto es que Occidente efectivamente estructuró su génesis por el tiempo de la caída de Bizancio, el surgimiento de las ciudades, etc., armado de dos cuestiones fundamentales y que Marx ha sabido explicar bastante bien: el capitalismo y la religión. Si bien en un principio el cristianismo constituyó el eje central de lo que se creía era el “derecho natural del hommo”, actualmente los derechos humanos –sin decirlo, inspirados seguramente sus creadores desde el hegelianismo de izquierda- contemplan cuestiones elementales como “el derecho a la vida”, no como “el chispazo divino” otorgado por Dios, sino como la construcción histórica inspirada y enriquecida por los aportes no solamente occidentales (de tal forma queda eliminado de un plumazo el argumento que ora respecto al eurocentrismo en materia de DDHH) sino desde los 5 continentes. Pero el posmoderno, iluminado por la lógica de su bestialidad, rechaza todo lo que huela a dogma, aún cuando su pensamiento se corresponde con el peor de todos; así defiende su mala conciencia y tozudez armado de una bajeza intelectual muy particular, antaño detectable sólo en los dictadores pero ahora disfraza de inteligencia de “avanzada”. El único argumento de la lógica posmoderna es el rechazo a la veracidad de los Derechos Humanos por una supuesta naturaleza cristiana, y con dos o tres fundamentos  históricos y racionales tal desafío es desmentido en… tres líneas. Primera verdad: El posmoderno es intelectualmente mediocre.

El Deber Ser Social: Para el posmoderno está muy bien robar, violar, usurar, destruir, en síntesis, todo lo que desafíe a la “verdad” establecida. De ahí su particular pestilencia. Ve con buenos ojos el rechazo al rol en la sociedad del sujeto: “Nadie más importa que tú mismo, la sociedad apesta” según el posmoderno. El renunciamiento y el desprecio, el ocaso y el silencio se transforman en los componentes cardinales de su verdad, que en última instancia defiende con un primitivismo desenfrenado, cargado a la imbecilidad y custodiado con una valentía que sorprende hasta el paroxismo. Para un Posmoderno da igual si la situación es dictadura o democracia, derecha o izquierda: lo importante es el disfrute individual, las apetencias particulares. El deber ser del Posmoderno viene dado desde “arriba”, es decir, desde las cúpulas de poder: cualquiera entiende que la lógica de su pensamiento en sí y por sí no es nada más que el proceso regular de un paradigma que se ha desgastado por motivos fácilmente explicables, como una hilachenta intelectualidad en manos del imperialismo económico y una carrera tecnológica que se corrió demasiado velozmente como para evitar sus catastróficos resultados futuros, y que sin duda constituirían el Ethos del posmoderno, es decir, TV Satelital, Blog, Facebook, etc.-. Segunda verdad: El posmoderno es espiritual y socialmente miserable.

El Arte: La posmodernidad es una de las culpables de nuestra tragedia actual en materia de arte y en el campo insondable de la creación. Lo elevado en el ámbito musical como Bach, Britten, Mozart o Kodaly –por citar una disciplina artística prostituida por el posmoderno- ha resucitado como “clásico” y la atención ha sido focalizada en la lamentable profusión de berreos guturales y estridencia infinita ofertada en el mercado bajo nombres en inglés o en español, que aluden a animales, números naturales, insectos, porquerizas y arrabales (Los Bunkers, The Strokes, Los 3, los 4 y los 5). El posmoderno disfruta de tal grotesco espectáculo, fantaseando él mismo poder algún día coger la guitarra y cantar sus lamentos, expectativas y calenturas a los nenúfares y juncos, o a cuanto artículo pueda rimar con la frase de la primera estrofa de su canción. Algunos “avanzados” ya están empleando los canales de internet para cimentar la fama, repletando los espacios informáticos con jadeos, monsergas, pestilencia y en suma, estupidez. Así no podemos esperar un arte demasiado elevado en nuestro tiempo hecho a la medida de los mediocres –posmodernos- de tal forma sólo hay una solución: cerrar los ojos ante la guerra tácita que se ha suscitado entre quienes defendemos la razón y el intelecto, y aquellos que gozan con esos delincuentes juveniles que “salieron adelante” por rapear su pobreza intelectual y económica, su necedad y su ignorancia. Tercera verdad: No hay arte posmoderno ¡Ni siquiera tienen artesanía!

Es una verdad que os revelo: no pueden hacer juicio real los tres dicterios respecto a la modernidad que os he presentado, si lo que preciso es describir la naturaleza indigna de un determinado campo. Sin embargo, pareciera ser que una constante en nuestro tiempo tan vacía de sentido, es imposible abordarla a través de un análisis demasiado denso… La naturaleza intrínseca de la “cuestión posmoderna” lo impide, y yo como posmoderno enajenado obedezco ciegamente sus deseos…