Estamos en la era del desencantamiento moderno y no hay modo de engañarse: la razón se ha transformado en mero acaso, en la bruma diáfana que es posible penetrar con el rayo mortal de la idiotez, y es que nuestro tiempo es la señal absoluta de un ocaso, de la imbecilidad como bandera de lucha. El hombre como siempre, es el culpable ¿Era parte del destino de la razón su actual permanencia en el crepúsculo? Por supuesto que no. Ha sido la voluntad y nada más que ella la culpable de que hoy se hable de una inexorable finitud de la razón ¡Qué cosa tan conveniente!
Es señal de alarma que en naciones aún-no-avanzadas como Chile –donde la cultura, la ciencia y los derechos humanos se miden en rating- la estupidez se presente sin adornos ni recato: a tal punto hay quienes la atesoran y tienen el alma henchida de orgullo toda vez que se declaran devotos de su santidad la estupidez; Adorate devote latens deitas. Cualquier componente de la realidad nacional se concibe “a su medida” y sencillamente no hay otra vía para justificar una política, una educación, una ciencia tan a la altura de orangutanes. Por allí pululan mala conciencia los encargados de organizar la cuestión nacional, amontonados en un congreso discutiendo temas “de avanzada” como por ejemplo, la naturaleza abortiva o no de la Píldora del día después (Se demoniza a todos quienes aprueban una legislación del aborto), el aumento en 500 pesos del sueldo mínimo o las estrategias a crear para el próximo partido de fútbol entre políticos y faranduleros. Ecce Hommo Chilensis.
Luego se ponen en agenda pública cuestiones trascendentes como la educación. Los encargados de discutir esas menesteres, son los estudiantes de liceos y universidades quienes de vez en cuando nos sorprenden con una inteligencia moderna, pero lamentablemente destruida toda vez que su ira colectiva es liberada a través de la profusión de golpes contra objetos inanimados e incapacitados para emitir respuesta, como vitrinas comerciales, semáforos, carabineros o micros. La Razón nuevamente exhibe aquí su lamentable agonía, su cariz pestilente, en la medida que el instinto ha incluido entre sus dominios asuntos cuya categoría precisaban el auxilio inmediato de la Razón. Así vivimos un mundo desencantado de la modernidad, lleno de dolor, desprecio y desconsuelo.
Europa es un continente que ha sabido desgastar muy bien la modernidad y América Latina el lugar donde sencillamente jamás existió ¿Cuándo ha habido modernidad en nuestra región? Encima hay quienes tienen el tupé de exigir en Chile una “modernización” del Estado, cuando en el país jamás ha habido ni habrá corrientes de pensamiento sistemáticas nacidas del corazón de su cultura (sin mencionar la impunidad en la que viven los máximos violadores de Derechos Humanos de la nación), y sí en cambio apenas una media docena de genios demasiado elevados para un país tan flacuchento como este, y que se vieron en la necesidad de tener que llevar su pensamiento más allá de la frontera, temerosos de que la estupidez y la ramplonería local les empezara a carcomer los sesos ¿Chile un país de poetas? No: un país de patetas.
Desde Descartes se contempló a la razón como eje fundamental de la Modernidad y cuántos no fueron los que alarmados por su inexorable ocaso, empezaron a espetar a diestra y siniestra manuales de “salvación” ante una posmodernidad que avanzaba a pasos agigantados; Jaspers concibió una obra muy pequeña llamada “La razón y sus enemigos en nuestro tiempo”, y Habermas, consciente de que el paradigma de la filosofía de la conciencia se había agotado –en palabras suyas- comenzó a redactar obras a modo de rescate de la Modernidad; Heidegger, el primer Wittgenstein, Russell. Pero ¿Ha sido Chile alguna vez un país moderno? ¿Ha triunfado alguna vez la razón como tamiz fundamental a través del cual se estudie el sujeto y su devenir? ¿Se puede hablar de Chile, como un país que construye futuro basado en su historia? Por ningún motivo.
El principal error es que las nuevas generaciones se basan en el inexistente “ahora”, en el “vivir el instante mismo en el que una cosa es causa de otra”. Tal vez como decía Nietzsche, somos devenidos, de ahí que espacios de internet como Fotolog o Facebook o las despreciables encuestas de opinión, desnuden de manera muy precisa o casi exacta el estado espiritual de un país cuya esencia está basada en la “opinión” y jamás en la verdad, o por lo menos en el intento de encontrarla. Es casi baladí explicar que nuestro ser nacional se encuentra atascado en una ciénaga de la postración, del silencio y el cansancio, pero no es un argumento tan superficial cuando la lucha por la reivindicación de cuestiones tan fundamentales para un país avanzado como el disfrute de la cultura, la igualdad o la belleza, en suma los Derechos Humanos, son puestos en el último sitial de la agenda, tratados como mera palabrería concerniente a un grupo de resentidos.
¿Qué podríamos decir de nuestro ser y de nuestra voluntad? Sólo que como tal, no valen nada y que en última instancia son los componentes cardinales para nuestra lamentable vida idiota, absolutamente carente de sentido. Nada más precisamos contemplar la forma en que demostramos un desprecio inconmensurable hacia la vitalidad, en cada segundo, en cada instante acicalándole los bucles a todos los rubicundos y arios señores que regentan el imperialismo económico e intelectual que nos tiene sumergidos en la pobreza irremediable del alma. ¿Los sentidos? Los tratamos de la peor manera, enfrentándolos a todo el desastre visual que representan los espacios urbanos, cargados al cemento, al consumismo, a un cultura que todavía-no-es-cultura: nuestra percepción del mundo sin lugar a dudas se está volviendo miserable, rebajada y así podemos concluir finalmente que vivimos en la nada para llegas hasta la nada: nihilismo de los hijos de un arrabal.
¿Debemos continuar entonces, luchando por la conservación de la razón? Pienso que no hay que cegar en la tarea, pero no debemos ser idiotas: no se puede conservar algo que jamás se ha tenido. Así es como precisamos con extrema urgencia, recoger del lodo los pedazos de un alma centenaria que alguna vez nos perteneció, para ver si todavía le queda vida útil. En el mejor de los casos algo podría mantenerse aún incólume, un ápice de sabiduría y de belleza, o bien solamente trozos degastados de un pasado que jamás verá un mañana: la respuesta, pienso, debe estar en el intento.
