Si uno está por la faena y se fija bien fijao, encuentra países en los que cada vez que hay una elección, -o en previsión de ellas-, no falta quién proponga o desentierre un mega proyecto destinado a desviar la atención de los escándalos cotidianos, poner al inventor en el mapa y, si fuese menester, financiar la inevitable campaña electoral. Los puentes forman parte de las ideas más recurrentes. Sobretodo cuando se trata de unir alguna isla a algún continente con pretextos tan alejados de los verdaderos objetivos que entender para donde van los tiros es un intríngulis cuyo busilis es un tejemaneje acojonante.
Lo peor de todo es que salvo raras excepciones los insulares prefieren conservar su insularidad. Es conocida la anécdota del rossbif que asomado a los acantilados que dan hacia Europa y constatando que una espesa niebla impide cruzar el canal de la Mancha declara hierático, trascendental, majestuoso: “el continente está aislado”.
A pesar de la orgullosa oposición de la pérfida Albión, alguien terminó por convencerla de unirse al continente por medio de una gran obra de ingeniería. Después de darle vueltas al asunto se decidió construir no un puente sino un túnel, y confiarle la financiación, la construcción y la explotación a un consorcio privado. Sin intervención financiera pública ni garantías estatales. ¡Házme esa!
Desde el día de su inauguración, el día de gracia del 6 de mayo de 1994, hasta hace media hora, el consorcio Eurotunnel no hace sino acumular los déficits y los pequeños accionistas que pusieron sus piticlines en la aventura perdieron hasta el sueño. Los bancos, ellos, no perdieron nada visto que siguen cobrando y de paso se apoderaron de la propiedad del túnel despojando a los ingenuos accionistas. Es lo que se suele llamar la “dura ley del mercado”.
Dura de verdad para un túnel que facilita el contacto entre unos 400 millones de europeos y más de 60 millones de británicos.
Pero este leve traspiés sufrido por la legendaria eficiencia de la empresa privada no es óbice, impedimento u obstáculo para los patriotas que insisten en construir puentes confiándole la delicada responsabilidad de pagar la cuenta al Estado.
El puente que debiese franquear el estrecho de Messina, uniendo Sicilia a la bota italiana en territorio calabrés, ha sido objeto de una lucha que dura ya décadas. Lucha para impedir su construcción con el argumento que pretende que en vez de gastar plata en huevadas harían mejor modernizando los ferrocarriles que llegan, vía ferry, hasta Sicilia, en vez de dejarlos en el lamentable estado que todo el mundo conoce.
El proyecto de puente acaba de ser relanzado por un tipo un pelín sospechoso de conflicto de intereses: el propio Berlusconi. ¿Su argumento? “Si un calabrés, enamorado de una siciliana, se despertase una noche hacia las cuatro de la mañana deseoso de verla, podría coger su automóvil e ir a visitarla cruzando el puente” (sic).
Los italianos normalmente constituidos ya le agradecen a Sua Emitenza el haber nombrado ministro a ese monumento llamado Mara Carfagna, pero consideran que el puente es una “schifezza”.
Sobretodo si se considera que Sicilia, cuya superficie apenas supera los 25.700 km2, alberga solo algo más de 5 millones de habitantes.
Uno se dice que a dios gracias esto no podría ocurrir en Chile, en donde no hay ningún cretino capaz de inventar un puente que va de ninguna parte a ningún sitio.
Y menos aun para pagar coimas que financien una elección presidencial. ¡Tan huevones no somos!
