Heinrich Heine afirmaba que en el mundo de la política los alemanes habían pensado antes lo que los franceses llevarían a cabo después. El mayo del 68 francés no se explicaría sin la rebelión del Free Speech Movement de la Universidad de Berkeley (1964), cuyo teórico era Herbert Marcuse y su vocero principal Mario Savio, el líder estudiantil.
Cuando Herbert Marcuse llegó a Berlín Occidental, invitado por la Federación de Estudiantes Socialistas Alemanes para dar cuatro conferencias, el ejército de Estados Unidos lanzaba las primeras bombas de napalm incinerando el territorio de Vietnam, el general William Childs Westmoreland iniciaba su limpieza sangrienta de vietcongs –search and destroy–, 150 cadáveres de soldados estadunidenses llegaban cada semana a Washington y la revuelta de los estudiantes alemanes tocaba a la puerta.
El 10 de julio de 1967, Herbert Marcuse se presentó en el salón de conferencias de la Residencia Evangélica de Estudiantes de Berlín Occidental. Recuerdo a Rudi Dutschke, a Klaus Meschkat, a Hans Jürgen Krahl y a Daniel Cohn-Bendit en las primeras filas. El salón estaba abarrotado de estudiantes de todas las corrientes políticas, el prestigio de Marcuse se imponía entre todos los rebeldes, no importaba su filiación política. Esa tarde leyó su ensayo El fin de la utopía y lo sometió a discusión con los estudiantes.
Académico desprovisto de solemnidad y de pedantería
Aquella tarde apareció en la sala de conferencias un hombre alto, delgado, de pelo blanco, ojos pequeños y nariz aguileña, vestido con un saco blanco de lino y una camisa azul sin corbata. El profesor tenía, para sus 69 años, una apariencia juvenil. Un académico desprovisto de la solemnidad, de la pedantería y el autoritarismo de los profesores alemanes, armado de ironías contundentes y carcajadas purificadoras.
Herbert Marcuse, uno más de los intelectuales marxistas perseguidos por los nazis durante la República de Weimar, había militado muy joven en el movimiento de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, sabía de memoria la historia del espartaquismo y se había refugiado en Estados Unidos.
Marcuse nos ofreció disculpas por empezar con una tontería. Nos dijo que todos podíamos hacer del mundo un infierno, pero también podíamos convertirlo en todo lo contrario. Nos explicó que la teoría de Karl Marx estaba demasiado ligada a la idea del progreso continuo, y que tampoco su idea del socialismo representaba ya aquella negación concreta del capitalismo. Dijo también que la idea del fin de la utopía implicaba la necesidad de discutir, al menos, una nueva definición del socialismo: la pregunta de si la teoría marxista no pertenecía acaso a una etapa ya superada del desarrollo de las fuerzas de producción.
Marcuse argumentaba que cuando no existe la necesidad vital de abolir el trabajo enajenado; cuando, por el contrario, existe la necesidad de vivir y continuar con ese trabajo, sin importar que ya no sea socialmente necesario; cuando no existe la necesidad del placer y la felicidad, sino la necesidad de ganar todo en una vida que, por lo demás, es todo lo miserable que podíamos imaginar, entonces lo único que puede esperarse de las nuevas posibilidades tecnológicas es que se conviertan en nuevas posibilidades de represión. Llamaba a los estudiantes a formar una oposición libre de toda ilusión, pero libre también de toda actitud derrotista. La historia, sostenía, no era el altar de la matanza, donde se sacrifica la felicidad inmediata de los individuos en aras del progreso de la razón, sino el lugar donde podíamos rescatar nuestra verdadera memoria.
Esa tarde Herbert Marcuse habló apasionadamente de nuevas necesidades humanas, cualitativamente distintas, necesidades en un sentido biológico muy estricto. Entre ellas, dijo, sólo la imaginación es la única necesidad que nos dará una respuesta. Cuando, un año más tarde, vi escrito en los muros de París: ¡la imaginación al poder!, recordé a Marcuse.
Asistí a la primera conversación entre Rudi Dutschke y Daniel Cohn-Bendit en el Club Republicano de Berlín Occidental. Dutschke (1940-1979) era el imán del movimiento estudiantil alemán. Nadie podía compararse con su capacidad retórica ni con su conocimiento y dominio de las teorías de Marx, Lukács y Marcuse ni, mucho menos, con su gran capacidad de convocatoria. Hablaba de la larga marcha a través de las instituciones, del cambio revolucionario en una ciudad sitiada por un régimen estalinista y, por si fuese poco, defendida por el ejército estadunidense.
Vietnam, una exigencia Daniel Cohn-Bendit, hijo de judíos alemanes refugiados en Francia, era cuatro años menor que Dutschke, 24 años de edad, más pausado, aunque no menos radical, de franca tendencia anarquista. Los dos coincidieron en un punto: poner fin de inmediato a las hostilidades en Vietnam, esa carnicería provocada por Estados Unidos. Dutschke fue víctima de un atentado el 11 de abril de 1968. Josef Bachmann, un sociópata, le disparó dos veces en la cabeza. La trayectoria de esas dos balas tardó 11 años, 8 meses y 14 días en dar en el blanco. Dutschke murió ahogado en una tina, lo sorprendió un ataque de epilepsia producto de las heridas en el cerebro, mientras se bañaba en su casa de Aarhus, Dinamarca, donde se había exiliado.
A partir del 1968 parisino muchas cosas cambiaron sin darnos cuenta. Creíamos que el mundo era nuevo, porque nosotros éramos nuevos en el mundo. En primer lugar los movimientos feministas salieron reivindicados, las mujeres se integraron a la crítica más abierta y radical, se convirtieron en militantes de partidos políticos; las actitudes autoritarias en las universidades casi desaparecieron, la homofobia perdió muchísimos seguidores y adeptos, la democratización de la vida diaria, la anulación de la solemnidad era un hecho, la globalización comenzó en ese momento, el eurocentrismo perdió su eje central, la vocación de Europa fue desapareciendo; el llamado tercer mundo, a pesar de la demagogia de Luis Echeverría Álvarez, se hizo una realidad. Ernst Bloch escribe en El principio esperanza, uno de los libros que marcó a la generación del 68: “Pero aprendamos también a esperar, porque lo que deseamos es raro que llegue oportunamente. Nadie podría decir de qué se trata lo que esperamos. Así se desliza lo nuestro; todavía no existe”.
Asistí a la primera conversación entre Rudi Dutschke y Daniel Cohn-Bendit en el Club Republicano de Berlín Occidental. Dutschke (1940-1979) era el imán del movimiento estudiantil alemán. Nadie podía compararse con su capacidad retórica ni con su conocimiento y dominio de las teorías de Marx, Lukács y Marcuse ni, mucho menos, con su gran capacidad de convocatoria. Hablaba de la larga marcha a través de las instituciones, del cambio revolucionario en una ciudad sitiada por un régimen estalinista y, por si fuese poco, defendida por el ejército estadunidense.
Vietnam, una exigencia Daniel Cohn-Bendit, hijo de judíos alemanes refugiados en Francia, era cuatro años menor que Dutschke, 24 años de edad, más pausado, aunque no menos radical, de franca tendencia anarquista. Los dos coincidieron en un punto: poner fin de inmediato a las hostilidades en Vietnam, esa carnicería provocada por Estados Unidos. Dutschke fue víctima de un atentado el 11 de abril de 1968. Josef Bachmann, un sociópata, le disparó dos veces en la cabeza. La trayectoria de esas dos balas tardó 11 años, 8 meses y 14 días en dar en el blanco. Dutschke murió ahogado en una tina, lo sorprendió un ataque de epilepsia producto de las heridas en el cerebro, mientras se bañaba en su casa de Aarhus, Dinamarca, donde se había exiliado.
A partir del 1968 parisino muchas cosas cambiaron sin darnos cuenta. Creíamos que el mundo era nuevo, porque nosotros éramos nuevos en el mundo. En primer lugar los movimientos feministas salieron reivindicados, las mujeres se integraron a la crítica más abierta y radical, se convirtieron en militantes de partidos políticos; las actitudes autoritarias en las universidades casi desaparecieron, la homofobia perdió muchísimos seguidores y adeptos, la democratización de la vida diaria, la anulación de la solemnidad era un hecho, la globalización comenzó en ese momento, el eurocentrismo perdió su eje central, la vocación de Europa fue desapareciendo; el llamado tercer mundo, a pesar de la demagogia de Luis Echeverría Álvarez, se hizo una realidad. Ernst Bloch escribe en El principio esperanza, uno de los libros que marcó a la generación del 68: “Pero aprendamos también a esperar, porque lo que deseamos es raro que llegue oportunamente. Nadie podría decir de qué se trata lo que esperamos. Así se desliza lo nuestro; todavía no existe”.
