Obama y Clinton aceptan las doctrinas de la guerra contra el terrorismo. Ambos han votado en el Congreso en favor de la agenda Bush/Cheney en términos de los presupuestos por “la defensa” y las guerras. También han votado la línea Bush/Cheney en cuanto a la tortura, el espionaje interno y otras violaciones de derechos civiles. Sus consejeros tienen fuertes vínculos con los oficiales militares más guerreros e incluyen halcones como Zbigniew Brzezinski y Anthony Lake por Obama y Madeleine Albright, Sandy Berger y Richard Holbrooke por Clinton. Por su parte, McCain tiene de consejeros a criminales de guerra como Henry Kissinger y el general Colin Powell, autor del informe de 2004 de la Comisión para Asistir una Cuba Libre que propone un “cambio de régimen”, una verdadera declaración de guerra contra el pueblo cubano.
Aunque Obama a diferencia de McCain y Clinton está dispuesto a encontrarse con líderes cubanos, la política de los tres acerca de América Latina es casi igual. Dicen que los gobiernos de Cuba y Venezuela no son democracias sino dictaduras, y habrá que cambiarlos. Los tres candidatos están de acuerdo que los TLC son fundamentalmente buenos, aunque habrá que poner atención a las cuestiones del ambiente y derechos laborales, la misma línea del presidente Bill Clinton cuando empujó y defendió el TLC con México y Canadá. Es evidente que los políticos en Estados Unidos no tienen gran interés en América Latina, excepto la urgente necesidad de recursos petroleros, energéticos, y naturales, incluso el recurso de la mano de obra y los cerebros de los inmigrantes. Para Estados Unidos, los únicos big players al sur del “muro de vergüenza” son México, Venezuela y Brasil, debido principalmente a sus grandes fuentes de energía. En el sistema político estadunidense hay poca democracia y mucha corrupción. Ya existe una tradición de compra de votos; de computadoras que se manipulan fácilmente; de la injusta tabulación de votos en estados sin ganadores claros como Ohio y Florida; de no permitir que voten miles de personas “de color”, y de un sistema judicial que favorece la agenda conservadora y hasta decide quién es elegido presidente, como ocurrió en 2000. Potencialmente los latinos constituyen una décima parte de los votantes, pero es difícil para muchos de ellos llegar a los lugares de votación. Se dice que más de un medio millón de las aplicaciones para la ciudadanía de inmigrantes no estarán procesados a tiempo para la elección.