Se trata de un solo poema de 37 páginas en el formato del libro editado por Ediciones La Pata de Liebre, y la primera publicación de este joven y emergente poeta anclado en la primera década del siglo veintiuno.
¿Por qué Ácida Ternura, se titula este texto del poeta Juan Carlos Vergara?.
Lo ácido es, en un intento de precisar el termino, lo áspero, lo desabrido, lo acedo, lo acerbo, lo agrio, lo acre, lo avinagrado, lo fermentado, lo enmohecido, en contraposición a lo dulce o a lo azucarado.
Y el sustantivo del género femenino: ternura, que da cuenta de un sentido de la suavidad y blandura del objeto o las situaciones que se están poetizando. La ternura está referida a la afectuosidad, a la sensibilidad, a un temperamento propenso al afecto y la dulzura.
¿Por qué Ácida Ternura, se titula este texto del poeta Juan Carlos Vergara?.
Lo ácido es, en un intento de precisar el termino, lo áspero, lo desabrido, lo acedo, lo acerbo, lo agrio, lo acre, lo avinagrado, lo fermentado, lo enmohecido, en contraposición a lo dulce o a lo azucarado.
Y el sustantivo del género femenino: ternura, que da cuenta de un sentido de la suavidad y blandura del objeto o las situaciones que se están poetizando. La ternura está referida a la afectuosidad, a la sensibilidad, a un temperamento propenso al afecto y la dulzura.
Por tanto estamos de acuerdo al título del propio autor: Ácida Ternura, frente a un texto de construcción paradójica que deslinda y se desplaza a través de su lenguaje, entre una radicalidad masculina, donde el sujeto que poetiza habla desde su propia observación, y experiencia genital y sensorial, y devela los estados de animalidad de una sexualidad instintiva, que por instantes es caótica y autodestructiva, pero que no alcanza a martirizarse o inmolarse en el acto de las relaciones con los fantasmas con los que se enfrenta con vehemencia juvenil.
Por otra parte; Su ternura que se aprecia en los siguientes versos: “ que tierno es ver un tipo cualquiera mirar el sol, la cara se le desfigura, como en el parto o la muerte”. Y este otro: “ Ese moñito rubio, esos ojos tuyos tan verdes, esa boca, ese pelo que te cuelga y te roza las orejas, me sobrecogen, me hacen llorar, mientras tu sigues riendo”.
En el primer verso su ternura, es sensibilidad, grado de percepción, sutileza objetiva asociada con una estética entre lúdica y perversa, es tierno ver una cara que se desfigura en dos momentos y procesos equidistantes de la vida humana, cuando un ser es expulsado del vientre protector de una mujer hacia un infinito finito, anárquico y desconocido, con códigos inaudibles e incompresibles para la criatura, y cuando el dolor humano puede alcanzar su mayor plenitud, la perdida de la vida y por tanto su extinción y desintegración definitiva, más allá de todo eufemismo religioso o filosófico.
La muerte es lo contrario a la vida. Y el hecho concreto es simple: es difícil enfrentar la transformación del movimiento en quietud permanente y presenciar el cambio de la actividad vital de un ser humano por la desagradable presencia de un cadáver cuya temperatura se enfría progresivamente y del que ya no podemos obtener respuestas, sensaciones o impulsos fisiológicos. En resumen, se ha perdido la comunicación por completo.
¿Por qué el sol en estas imágenes de un pasaje del poema?, porque a mi juicio, la luz ilumina la conciencia del poeta estimulándolo para percibir el dolor ajeno con la sensibilidad que proviene de su ternura. Es una ternura en abstracción y por tanto epistemológica. El observa el dolor, lo caracteriza y lo asocia con la construcción arquetípica de su poesía, pero en el fondo no le duele, no lo involucra con el sufrimiento, es más, percibe ese sufrimiento como un estado necesario e ineludible de ciertos ciclos de la naturaleza.
En cambio, cuando escribe: “ ese moñito rubio, esos ojos tuyos tan verdes, esa boca, ese pelo que te cuelga y te roza las orejas, me sobrecogen, me hacen llorar, mientras tu sigues riendo”. El estado de contexto de su ternura adquiere una dimensión de interioridad que lo sobrecoge, pero que no nos sobrecoge a aquellos que somos sus lectores. Aquí el proceso se invierte, en el primer ejemplo, el guarda distancia sobre el dolor ajeno, pero en el segundo ejemplo, el dolor lo compromete existencialmente, porque se advierte una clara dependencia afectiva a un eje motivacional que es el amor no compartido entre el poeta y la mujer que se burla de una relación no compartida.
Una de las teorías más interesantes sobre el llanto la explica Ricardo Yepes Stork en su libro “Fundamentos de antropología”, quien afirma que llorar no es sino un “remedio contra la tristeza”.
Tal vez sorprenda que se hable del llanto como remedio de la tristeza, pero asimismo puede resultar obvio si se parte de que llorar es exteriorizar el sufrimiento interior. El llanto auténtico es el que expresa una pena sentida, descubriendo la impotencia y el daño.
Stork afirma que “llorar requiere una previa posesión y conciencia de la pena, y sirve para expresarla y realizarla, hacerla verdadera y manifiesta: es el lenguaje de la tristeza y el miedo, y dice que ya no podemos seguir amando, que sufrimos un mal no merecido, o no esperado […] incluso cuando no es de verdad, como sucede al llorar dentro de una película”.
Entonces, siguiendo esta línea de reflexión, podemos afirmar que el texto poético de Juan Carlos Vergara oscila entre el castigo y el daño, desde su mirada, contempla, actúa con un sesgo de desprecio hacia una realidad que crítica, rechaza, pero al mismo tiempo, recibe los embates de quienes tienen una mirada similar, y por tanto reaccionan con la misma quietud e inquietud, agrediéndolo en una atmósfera circular donde no se perciben válvulas de escape.
El contacto frecuente con las palabras, el hábito, es el mejor modo de que las fuerzas oscuras se desaten y además nos pillen trabajando. Sólo se deberían usar palabras que se hayan cargado de un sentido nuevo, y esa necesidad de “cargar de sentido” frente a la repetición; de renovar la relación con las palabras como condición necesaria para la escritura, es un antecedente de importancia en la poética de Ácida Ternura.
Juan Carlos Vergara nos propone una de las metáforas recurrentes de la escritura, la construcción, y nos describe el ánimo necesario para abordarla; la obsesión provocada, el estado de alerta.
Fernando Savater nos recomienda los juegos de palabras como trabajo de lo serio “como si la lengua se sacase la lengua a sí misma para entenderse mejor” y se refiere a “‘las personas graves” que son, entre otras, aquellas que nos explicaron la literatura ordenada en épocas y autores, disecada en tópicos que nos impedían ver el torbellino de relaciones que entraña y su festivo “laberinto verbal”.
Escribir es un acto posterior al de percibir y se basa en él. Tendremos que reaprender a mirar, para después reaprender a nombrar a “captar la extrañeza de lo cotidiano”, como nos recomendaba Cortázar. El lenguaje habla por nosotros” . “Después de escribir, releo, para ver dónde he traicionado la palabra, dónde he puesto la que no era. Un lenguaje omnipotente y autónomo que nos atraviesa y al que poco a poco aprendemos a escuchar.
Las palabras saben de nosotros lo que nosotros ignoramos de ellas. Elias Canetti sueña con “un hombre que olvida las lenguas hasta no comprender cuánto se dice en ellas” nombra el lenguaje que revindica Savater, el que perdimos con la infancia, dónde el sentido va más allá de las palabras para hacerse sonido. El oído es, sin lugar a dudas, el órgano de la escritura y escribir es también escucharse a uno mismo después de haberse hecho las preguntas correctas.
La experiencia escritural de Juan Carlos, cuyo resultado es la poética de Ácida Ternura, es sin duda una propuesta con matices posmodernos, sólida desde la concepción del texto, coherente desde su propuesta, categórica desde su reflexión, racional, pero al mismo tiempo con emociones transitorias e inconclusas, así devela el paisaje urbano en que cohabita con seres que advierte como conocidos en su descripción, pero desconocidos y latentes en las formas que van adquiriendo para hacer de las relaciones humanas un camino de infelicidad hasta el desvarío o su propia destrucción.
